Una respuesta en torno a “Esperando la carroza”

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Hace poco, esta semana precisamente, recibí una suerte de desafío loco, extraño, un poco fuera de lo común (al menos para lo que es lo habitual en mi vida). Alejandro Trejo Villarreal, amigo de mi esposa, Miriam Castañeda, mexicano él, publicó en su muro de Facebook que había visto la película “Esperando la carroza”, que le había gustado mucho y que quería una crítica lúcida mía sobre la misma. Estimo que el pedido radicaba en que como soy argentino, habría ciertos elementos locales que me sería más fácil de interpretar. La realidad es que de cine no sé nada, al menos no desde un punto de vista de estudio y teoría. Mi conocimiento de cine es nulo en términos de crítica (soy, tal vez, un espectador ingenuo) y la lucidez solicitada no aparece ni siquiera con dedicación. Desde ese lugar trataremos de dar una respuesta.

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Antes que nada debo aclarar que he visto la película muchas veces. Completa al menos tres, por partes  muchísimas más. No revelo nada si digo que es una peli que siempre me atrapa, que sus escenas son fácilmente reconocibles y que si el zapping me lleva hasta allí, seguro me detengo, al menos unos minutos hasta que termine la acción y la risa o la sonrisa coronen el acto. Declaro también que no he vuelto a ver la película antes de escribir este libelo, que sólo flagela a quien amontonó estas letras.

Podríamos decir lo obvio, que es una comedia de enredos, que tiene vinculaciones con el “sainete crillo”, aquel estilo teatral cirquero que brillara en la década del ’20 y que describiera las vicisitudes, desventuras y contratiempos de la población de bajos recursos de la Buenos Aires de los años locos. La rara mezcla de criollos e inmigrantes (de múltiples países y lenguas) en los márgenes pobres de una sociedad cruel. El conventillo convertido en el escenario de las risas, las lágrimas, lo grotesco y lo trágico. Los estereotipos en su punto cúlmine como fundamento del entretenimiento. Pero no. Decir todo esto sería lo obvio y no creo que sea eso lo que se me está exigiendo.

Tampoco tiene sentido mencionar que en su elenco se encontraron los mejores actores de la época o que el origen de la peli es una obra de teatro uruguaya, del autor Jacobo Langsner y que vista desde donde se la mire, tiene una clara identidad rioplatense. Podría suceder tanto en Montevideo como en Rosario o en Buenos Aires. Ni que hablar de la confusión que ocurre y que ocupa toda la trama y que dirige como un ventarrón toda la historia. O la clara denuncia del papel que ocupa la tercera edad en nuestro sistema capitalista, donde la importancia se adquiere recién cuando sucede algún hecho grave. Todo esto sin mencionar las hipocrecías que se suscitan al interior de la familia, en donde, en la versión cinematográfica, claramente los “ricos” están vinculados con la dictadura militar. No hay que señalar, a esta altura, que la peli es un claro producto de la primavera democrática de la década del ’80, cuando una explosión cultural (música, teatro, danza, artes plásticas, etc.) sacudió las estructuras permidas del ya depuesto gobierno de facto.

Lo único que puedo decir es que siempre que la vuelvo a ver, me da risa. Que hay escenas memorables como la de las “tres empanadas, qué miseria!”, mientras deglute una de las tres con conmiseración y sorna. O la de el teléfono que queda descolgado y la vecina escucha como hablan mal de ella (“yo hago puchero, ella hace puchero”) y la Doña la culpa a la hija por la indiscreción, aunque ella misma lleva puesto un vestido del mismo color que su cuñada concheta (fresa sería para el resto de Latinoamérica). También, me parece, podemos recordar y expresar aquí algunas actuaciones que son memorables. Empezando por Mamá Cora (que incluso tuvo, luego de esa película, su propio protagónico en la TV) interpretado por Antonio Gasalla, siguiendo por la inolvidable China Zorrilla haciendo de la dueña de la casa donde sucede el velorio, hasta llegar al personaje que interpreta Enrique Pinti, el borrachín, que es uno de los nietos de la abuela y que tiene la famosa escena donde declara “no tomo más…” luego de ver a la difunta caminando.

Para finalizar simplemente mencionemos el final y que ¡valga la redundancia!. Todos los viejitos caminando primero y corriendo luego al ritmo de esa canción popular “tengo una vaca lechera…”, yendo al velorio de “la húngara”, poniendo el moño al tragicómico enredo. Como puede verse la crítica no fue ni crítica ni lúcida, apenas un manojo de retazos de algunos recuerdos felices.