La cultura: ese diálogo que nunca cesa

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En el capítulo “Los libros y la conversación” de Los demasiados libros, Gabriel Zaid sostiene que la cultura es conversación. En cuanto a los libros, todos los agentes del proceso de publicación de un libro, tanto los que participan en su edición, escritura y crítica como los que forman parte del público lector forman parte de esta conversación. El editor es quien propone conversaciones para los libros que edita. Pero las conversaciones en la cultura se extienden mucho más allá de los libros, trascienden el umbral de la hoja de papel o pantalla, se inmiscuyen en la vida cotidiana, se reproducen en las aulas, en los medios, en la vida social.

Con la posmodernidad hemos asistido a la caída de los grandes relatos y de una visión unívoca de la historia. Las minorías y las subculturas han tomado la palabra y se han hecho visibles. Se podría decir que se han sumado a la conversación de la cultura quienes antes no podían participar de esta. La cultura, vista desde una perspectiva socio-antropológica ha permitido que se integren a ella expresiones culturales que antes no formaban parte de lo que se entendía por cultura. Así, lo masivo y lo popular también ha podido conversar con lo culto en sentido tradicional y las múltiples maneras de intercambio entre estas tres culturas han dado ricas formas de hibridación cultural, como bien lo analiza Néstor García Canclini en su libro Culturas híbridas.

Esta última concepción de la cultura sería mucho más dinámica que aquella que la considera como un mero agregado de libros y obras de arte; una lista que hay que conocer para considerarse culto, lo que Zaid seguramente llamaría la “letra muerta” de la cultura. Porque, lo que él denomina “el diccionario” se justifica por la conversación y no por sí mismo. No hay que olvidar que la cultura proviene de la oralidad. Como desataca Zaid, lo importante es no perder de vista qué debe estar al servicio de qué y que los libros son letra muerta, mientras no favorezcan la animación de la vida.

Si nos centramos en la noción de lo culto tradicional, pareciera que ser culto es estar familiarizado con cierto repertorio, haber leído, visto y escuchado determinadas obras, frecuentar ciertos círculos, manejar un vocabulario específico. Esto puede hacer que, como señala el texto de Zaid, el que llega tarde a una conversación que ya ha sido iniciada se sienta incómodo, fuera de lugar. Y que los supuestos poseedores del conocimiento y la cultura se cierren a las preguntas e intervenciones de quienes no comparten su repertorio, que los excluyan de la conversación. Pero no hay que olvidar que es el apetito mismo de quien llega tarde a estas conversaciones el que propulsa la adquisición de conocimientos y la iniciativa de sumarse a los múltiples diálogos que genera la cultura. Sin este apetito inicial, generado por una carencia, las personas probablemente se quedarían con un conocimiento anquilosado y muerto y se cerrarían en círculos muy pequeños para hablar siempre de lo mismo. Cuando en realidad, lo que ellos no reconocen es que lo verdaderamente culto está en este apetito, no en la acumulación de saberes. Para Zaid, el apetito por seguir una conversación que no se entiende es un síntoma de salud, no de falta de preparación. Además, a esto se podría agregar que no podemos estar al tanto de todas las conversaciones, de todos los temas al mismo tiempo; siempre habrá un área en la que no hayamos ahondado lo suficiente. Por lo que es más sano abrirse a escuchar a los demás, a descubrir nuevos horizontes, que negarse a salir de los círculos que siempre frecuentamos por miedo a quedar como ignorantes.

¿Cómo pueden los libros echar leña a la conversación de la cultura cuando son aparentemente monólogos, textos que ya están cerrados, cuyo autor ya no encontramos para debatir con él, para intercambiar ideas? A esto podemos responder que hay otras formas de seguir el diálogo. Por ejemplo, los libros que se “responden” entre sí y también la crítica. Y no sólo la crítica especializada sino las discusiones cotidianas, las clases en ámbitos educativos, los encuentros en un café con amigos: todos ellos pueden estar alimentados por lo que hemos leído en los libros. El conocimiento nunca es algo cerrado y unívoco, siempre está atravesado por varios discursos, varias voces, incluso voces que se contradicen. La cultura no sería tan rica si no estuviera compuesta por las contribuciones de diversos interlocutores. Estos, al dialogar con una tradición, al continuarla o cuestionarla, van construyendo lo que llamamos cultura, que en realidad es algo que nunca se deja definir por completo, que no se deja limitar.

Con Internet y las nuevas formas de interacción generadas en la era digital esta concepción de la cultura como conversación se hace más evidente. A nadie se le ocurriría pensar que la cultura en tiempos de Internet, el mail, las redes sociales es un conjunto de saberes muertos y estáticos. Salvo que se piense a la cultura exclusivamente como algo que se construyó en épocas pasadas y que hoy solo asistimos a su decadencia o que hay ciertos actores legitimados para producir cultura y otros que no lo están.

En todo caso, se reavivaría el debate de los apocalípticos e integrados, como los definió Umberto Eco: aquellos que ven en los medios una fuente de degradación de la cultura, y quienes creen que los medios masivos ejercen una influencia positiva en la cultura posibilitando que la sociedad pueda acceder a esta. Como vemos, este debate que nació con el surgimiento de los mass media, hoy, lejos de resolverse, no hace más que profundizarse y volverse más complejo.

Zaid nos recuerda que Sócrates desconfiaba de los libros: los comparaba con la conversación, y le parecían deficientes. Si se hiciera una encuesta de lectura ?recalca Zaid? Sócrates quedaría en los niveles más bajos. Lo cual confirmaría su crítica de la letra: los simulacros y credenciales del saber han llegado a pesar más que el saber. Pero la letra, planta seca del habla, puede no suplantarla. Puede servirle como rodrigón o fertilizante. Puede ser algo muerto que sofoca la vida o que la favorece: letra que mata o vivifica. Lo importante es no perder de vista qué debe estar al servicio de qué. En este sentido, los libros pueden ser grandes abridores de mundos y nos instan a no quedarnos sólo en ellos, a utilizarlos como puertas y puentes. Somos nosotros quienes podemos regar esa planta seca para hacerla brotar en florecientes ramas. Como lectores en varios soportes, somos quienes podemos hacer que estas letras presas del papel o de la pantalla, cobren vida y nos inspiren para animar nuevas conversaciones.

Todo esto recuerda también al pensamiento de Marshall McLuhan cuando en su libro Comprender los medios de comunicación cita las palabras del Príncipe Modupe: “Gradualmente comprendí que los signos en las páginas eran palabras atrapadas. Cualquiera podía aprender a descifrar los símbolos y liberar las palabras atrapadas”. Según McLuhan, en esta era tecnológica o eléctrica estamos volviendo a ser una aldea (global) y con esta retribalización, estamos volviendo a la etapa de la oralidad, que había sido dejada atrás con la creación del alfabeto y del libro, en una era donde predominaba la ordenación lógica y lineal, la uniformidad, la homogeneidad y la continuidad, también la excesiva autoconciencia del individuo aislado de su comunidad, la introspección. Con la vuelta a la etapa oral, en esta era donde las tecnologías nos reconectan aunque de un modo distinto al de las tribus originales, predomina la simultaneidad, el rol activo de los miembros de la comunidad, la participación, la conciencia de grupo. Como hemos extendido nuestro sistema nervioso central (con las tecnologías), en la edad eléctrica llevamos a toda la humanidad como nuestra piel.

Quizás de esto nos hable también el texto de Zaid, de una palabra hablada, aquella que no puede ser leída solamente en soledad o en el interior de la mente de cada uno. Una palabra que habite los libros, pero también las lenguas y los oídos, las manos, la piel. Una palabra que no debería vivir en aislamiento sino que podría servir para acercarnos a un prójimo y conocerlo, y ser el motor de la cultura como ese diálogo que nunca cesa.