Escala de grises: una lectura sobre Augusto Roa Bastos

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Hubo una época de mi vida como lector que empecé a prestarle más atención a la prosa que se caracterizaba por la economía de la palabra. Creo hasta haberme armado de un concepto no del todo erróneo, pero que sí estaba muy lejos de ser absoluto. Es más, ceñía mi propio horizonte literario.

Pensaba que la elipsis y la economía de la palabra en un texto eran un sinónimo tajante, drástico de mostrar, de sugerir algo para crear un lector activo, y que la prosa más cargada, con oraciones largas y, sobre todo, con descripciones saturadas formaba parte de una literatura algo barroca o neobarroca, que tenía como objetivo contarnos todo sin dejar el menor resquicio para que el lector se infiltrara en el relato.

Reconozco que era una visión carente de grises, y estos, más claros o más oscuros, abundan y le otorgan una riqueza invalorable a la literatura, literatura que es inabarcable y que nos demuestra día a día que las fronteras, los rótulos, los conceptos no alcanzan para definirla.

En aquel momento me hice una pregunta: “¿Quién tiene la verdad?” “¿Dónde la encuentro? Sé que era una pregunta amplia, hasta un poco tonta, quizá. Digamos que si habría que dar alguna respuesta, la única verdad —desde ya relativa— la tendría la subjetividad. Dejemos atrás este juego reflexivo y vayamos a lo concreto. En realidad, no fue casual que en ese momento me hiciera tal pregunta, estaba leyendo un cuento de un autor paraguayo nacido en 1917.

Deleguemos el misterio para los buenos escritores de policiales. Hablamos de Augusto Roa Bastos, poeta, cuentista, novelista, guionista, nacido en Asunción, Paraguay el 13 de junio del año ya mencionado. Fue testigo de la revolución de 1928, trabajó como voluntario en el servicio de enfermería durante la etapa final de la guerra del Chaco (1932-1935) contra Bolivia, y sin afiliarse a ningún partido fue acercándose a las clases oprimidas de su país. En 1947 abandonó Asunción amenazado por la represión del gobierno y se estableció en Buenos Aires donde dio a conocer buena parte de su obra. Otra dictadura lo obligó en 1976 a abandonar Argentina para trasladarse a Francia y enseñar literatura y guaraní en la Universidad de Toulouse le Mirail. En 1989 obtuvo el Premio Cervantes. Murió en el 2005 a los 87 años en Asunción, Paraguay.

Más allá de sus vastas publicaciones y de llevar una vida intensa, nos concentraremos en “Juegos nocturnos”, cuento editado en 1969 en el libro Moriencia. En realidad, el objetivo principal es focalizarnos en un fragmento del cuento con el fin de contestarme, mejor dicho, de contestarnos aquella pregunta del segundo párrafo: “¿Quién tiene la verdad?”. No sé si Roa Bastos la tenga; lo que sí tiene es una gama de grises que afloran en sus cuentos.

Vayamos al punto. El autor paraguayo posee una manera singular de abordar sus descripciones, ya que no cae en lugares comunes, por otro lado, de lo que aparenta ser un bloque compacto de imágenes por donde es imposible entrar, surge una grieta por la cual el lector queda atrapado en la historia. Entonces, podríamos decir que el uso —por momentos— de oraciones largas y la saturación de imágenes en una descripción crean un lector activo en el caso de Roa Bastos. Mi opinión —subjetiva, obvio— es que sí. Una pregunta: ¿Dónde radica el secreto de este autor?

Por lo tanto, no me queda otra opción que ejemplificar citando algunos fragmentos: “En el círculo iluminado sólo emergen el libro y la mano que lo sostiene, subiendo y bajando sobre el lento y desigual balanceo del pecho”. Sé que estoy sacando una frase de contexto, pero mi intención no es tramposa. Veamos las palabras o las frases: libro, mano, pecho, balanceo desigual. El autor podría decirnos que hay un hombre tendido leyendo un libro. ¿Por qué tendido? Creo que el “subiendo y bajando sobre un lento balanceo del pecho” nos sugiere que el personaje está de esa manera. Tomemos otra cita: “…el aire acumulado se va desagotando en la emisión de las frases con el contenido desinflarse de un suspiro, de un bostezo”. Podemos reponer que el hombre está tendido, muy relajado y leyendo. El autor no nos dice esto, y eso es lo interesante. Lo sugiere, lo muestra.

Acá quiero detenerme. Cierta parte de la respuesta se encuentra aquí, en el mostrar, en el sugerirnos y en que logremos reponer aquello sugerido. Roa Bastos en estos dos breves fragmentos nos da indicios, pistas. Si bien no es un escritor que use la economía de la palabra ni el recurso de la elipsis y hasta sature de imágenes una descripción, siempre nos otorga el placer de contribuir a crear, a reponer, a imaginarnos de qué manera estará tendido su personaje y qué tan cansado pueda estar. Para terminar, aunque suene soberbio decir “terminar” con tan breve aporte ante un escritor de la talla de Roa Bastos. De todas formas es solo un simple comentario final: Roa Bastos es un autor de esos a los que no hay que dejar de leer por el simple motivo de que escribe a lo Roa Bastos.