Vivan las feas: otra cama para la mujer, Mariela Asensio

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Con su mirada mordaz sobre nuestra cultura y el universo de la mujer, Mariela Asensio ?autora de Malditos Todos mis ex, Mujeres en el baño, Hotel Melancólico y Lisboa, el viaje etílico? vuelve a dar pruebas de su talento en Vivan las feas, la obra que se presenta en el marco del festejo por los treinta años del Centro Cultural Rojas.

Es preferible ser una mujer deseante que ser una mujer deseada, esto es lo que propone Vivan las feas, respondiendo a una cultura que dice que si no te desean, no existís. La obra nos hace reflexionar, entre otras cosas, sobre aquellos calificativos que suelen usarse como elogios al cuerpo femenino: “está buena, está fuerte”, dicen. “¿Acaso una mujer fea es débil?”, se pregunta una de las actrices.

Esta pieza puede ser experimentada como una carrera, una competencia por ver cuál de las protagonistas es más feliz o más infeliz en este conflictivo mundo femenino. Y de hecho la idea de la carrera está presente desde el momento en que la directora está toda la obra pedaleando en una bicicleta fija. Imagen simbólica si las hay: una mujer que hace un esfuerzo ciclópeo por ir, en definitiva, a ningún lado. Como la mujer contemporánea, enredada en dietas sin sentido, para lograr ese cuerpo que garantizaría el éxito en la vida. Algo que finalmente nunca la llena porque, como Tántalo, parece estar rodeada de agua que no puede beber y de frutos que no puede comer. Quizás porque reveló los secretos divinos a los mortales. ¿Será esa la gran falta que ha cometido la mujer para estar condenada a vivir entre modelos ideales que nunca podrá alcanzar?

Con su experiencia de vida, la de cuarenta nos dice que si no estás buena, más vale que te esfuerces por ser exitosa en otros planos. Mientras que la de setenta reniega de su rol de ama de casa, típico de su generación y la de veinte exhibe su escultural cuerpo, dejando en evidencia que de fea no tiene nada, aunque esto tampoco le garantiza sentirse bien consigo misma. Esta obra cuenta con una representante de cada generación que encarnan juventud, adultez, tercera edad, respectivamente. La de cuarenta ve la realidad con crudeza, sabe que las mujeres somos juzgadas por el tamaño y la forma de nuestro culo y se pregunta qué hubiera ocurrido si en lugar de pasar tantos años leyendo libros los hubiera dedicado a hacer gimnasia. La mayor tiene los ovarios por el piso de cocinar y limpiar para los demás, es intercambiable con un electrodoméstico y se revela ante esta realidad, pero no logra escapar del molde que le han impuesto: dice que quiere estudiar Trabajo Social (una gran ironía), prolongando una vida al servicio de los demás. La menor, la del cuerpo perfecto, tiene otros problemas: necesita acumular infinitos “me gusta” en facebook para sentirse segura.

¿Somos esclavas de los estereotipos que pretenden encasillarnos o podemos liberarnos del libreto que nos adjudicaron y escribir una letra propia? Porque, al ver y escuchar a muchas mujeres en los medios, da la sensación de que su letra viene dictada de otro lado, de que no son del todo conscientes de ser la encarnación de un estereotipo o quizás lo son y no les importa. Los hombres hacen lo suyo para alimentarlo; no obstante esta obra no los tiene como protagonistas (salvo por el maniquí de Arjona): se centra en la mirada de la mujer sobre sí misma, una mirada que indaga con agudo humor en la imagen y el discurso femeninos. Las mujeres de esta obra instalan una pregunta, varias preguntas y allí está la audacia de la directora y dramaturga en animarse a postularlas.

La figura de Arjona (un maniquí atado y amordazado por los personajes femeninos) sirve para ilustrar el punto de vista masculino. Las mujeres lo atacan porque si dieran vuelta sus cintas, seguramente diría “te odio, mujer”. La obra está atravesada por algunas reflexiones sobre la misma pieza teatral y su directora, que sirven para desacralizar el lugar del arte y del artista; los vuelven más terrenales, muestran que ellos tampoco son perfectos.

En Vivan las feas, lo feo sería lo diferente, lo que escapa a la norma e incomoda, lo que hace ruido, como una mujer que cuestiona los valores establecidos. Como la chica que está saliendo de su etapa teenager y se asusta cuando tiene una idea propia por miedo a ser marginada: “Prefiero estandarizarme pero ocupar un lugar, ¿puede ser?”, se dice. Es que vivimos en la sociedad de Procusto: aquel personaje mitológico que hospedaba a los viajeros en dos camas que nunca se ajustaban a sus cuerpos. Si el viajero era alto, lo obligaba a tenderse en la cama corta ?para adaptarlo a la cama le cortaba los pies? y si era bajo, lo ponía en la cama larga para luego estirarlo violentamente hasta llenar la cama. Esto es lo que sucede hoy con la mujer: nunca hay una cama adecuada para ella; siempre hay que ponerle o sacarle algo para hacerla encajar. Nunca el cuerpo se va a ajustar a esas imágenes de perfección que pregona el photoshop alegremente en las revistas de moda. Pero Vivan las feas muestra que puede haber otro tipo de cama para las mujeres. Una cama inventada por ellas mismas con lugar para pies y cabeza; sobre todo eso: espacio para una cabeza pensante y un cuerpo que se niega a quedar en un lugar pasivo, un cuerpo que desea.
Vivan las feas, de Mariela Asensio
Centro Cultural Rojas
Viernes 3, 10, 17 y 24 de octubre a las 22.30hs
Viernes 7, 14, 21 y 28 de noviembre
Sala Cancha
Entrada: $40
Capacidad: 30 localidades

Ficha técnica: Con: Ana María Castel, Federica Presa, Paola Luttini, Josefina Pittelli y Melina Milone. Producción ejecutiva:Barbara Majnemer. Asistente de dirección: Paola Luttini. Dramaturgia y dirección: Mariela Asensio.