Electrónica, Enzo Maqueira

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Nada tiene sentido, todos vamos a morir. Esa es la plancha de hielo que está todo el tiempo debajo de Electrónica, de Enzo Maqueira (Interzona). La juventud es una farsa, una feliz impostura que, como el amor o las drogas, puede hacernos olvidar el sinsentido de las cosas. La protagonista quiere acomodarse, quiere encontrar un lugar desde el cual mirar feliz a la vida, como si todavía no se hubiera insertado. Tiene que ver con eso de “tener una vida por delante”. ¿En qué momento se deja de tener una vida por delante?

Todos tenemos la esperanza de que en realidad nuestro estar en el mundo no sea solamente apretarnos en el subte, ir a trabajar y mirar televisión. ¿Cómo alimentamos esa esperanza? Una opción es la que propone Ricardo Piglia: el psicoanálisis. En realidad, dice Piglia, el psicoanálisis tiene gran éxito en la cultura de masas porque “nos seduce admitir que en un lugar secreto experimentamos o hemos experimentado grandes dramas, que hemos querido sacrificar a nuestros padres en el altar del deseo y que hemos seducido a nuestros hermanos y que envidiamos la belleza y la juventud de nuestros hijos”. Bajo este concepto, todos tenemos algo heroico dentro nuestro.

Otras de las vías de escape parece ser, habiendo llegado a cierta edad, corriendo algún tipo de riesgo. O al menos eso le pasa a la protagonista de Electrónica, una profesora universitaria de treinta años a quien la juventud se le escapó y tiene miedo a la rutina, la vida estática y que todo siga igual hasta que se muera. Ella se enamora de un alumno de dieciocho años, un imbécil cuya única virtud es ser joven, y todo el tiempo está la dualidad entre ir un poco más allá o quedarse con Gonzalo, su novio aburrido pero seguro. La madre de la profesora, cuyo marido de muchos años hace poco tuvo un ACV, es infiel e infeliz. Eso demuestra, de algún modo, que ir a lo seguro –quedarse con Gonzalo- en realidad no le asegura nada. Y entonces qué hacemos, plantea Maqueira. Y a la vez parece respondernos: “no tengo la más pálida idea”.

Esta gran novela, entonces, nos lleva a replantear qué se puede esperar de la vida y cuál es el costo de buscar la felicidad.

En mis quehaceres cotidianos, mientras lavo los platos o cuando tengo cara de póker en el subte, todavía me viene a la mente Electrónica, aunque la leí hace poco más de un mes y no soy de la generación que, según dicen, quiere retratar. No sé si esto fue la intención del autor, pero antes la vida se me hacía como un camino de vértigo hasta llegar a algún lugar y quedarme ahí a la espera de la muerte. Después de esta novela, no sé si existe ese lugar. Tampoco sé si la vida es un camino.