El Bar Británico

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Los bares necesitan vivir, pero hay una legión de hombres grises que detestan y pretenden exterminar todo lo que no tenga un chip o un micro chip. El 23 de junio se cerró el Bar Británico de Buenos Aires.La Ñata contra el vidrio

El viernes 23 no llovía ni era una mañana triste. Era 23 de junio, vísperas de la Tragedia de Medellín muchos años ha. Ese viernes 23 de junio desalojaron el Bar El Británico.

Ya nunca me verás como me vieras, pensó el gallego Manuel.

El último exquisito de crudo, queso, pan francés con manteca ya no va a reconciliar con el mundo a nadie. Los viejos ajedrecistas migrarán buscando otras palideces que la esquina de enfrente no da. Qué decir de las lágrimas y seis medialunas con que mis hijos están aprendiendo del mundo de los bares viejos y de la vida de los bares viejos.

Los bares necesitan vivir, pero hay una legión de hombres grises que detestan y pretenden exterminar todo lo que no tenga un chip o un micro chip. Demás está decirlo: detestan a los que usan mochila, morral o andan con un libro por todas partes. El mundo está en una palm y si tenés un celular con todos los chiches?el nirvana te llegó? Oh! señor de los fetiches tecnológicos!!

Entonces los grises-posmodernos se enseñorean sobre los osarios: fábricas desmanteladas, viejos almacenes y despensas, atendidos por sus propios dueños, desplazados por tanta góndola y bares cerrados, cerrados.

Vienen los no lugares. Sitios del anonimato. Como un shopping, como un aeropuerto, como un vagón del subte en la hora pico, como un mac. Todo es fugaz. Nada es mejor.

Entonces lo bares viejos que resisten, las librerías de usados adonde iría a vivir mi amigo Ernesto, el almacén de la esquina, los cines donde la pantalla fascina e invita a vivir otras vidas, sin pochocho ni balde de gaseosa, esos lugares se transforman en verdaderos fortines. Resisten.

Siempre se resiste desde un lugar.
Y un lugar es todo lo que tiene sentido, significado.
Si usted, querido lector, se pone a pensar, verá que los bares tuvieron que ver con amores ?correspondidos y de los otros-, con materias para la facu y materiales para la vida misma. No quiero decir que aprendí filosofía, pero sí que le encontré sentido y placer al discurso, a la plática y el pensar sin ataduras.

El bar es un sitio de encuentro. Una encrucijada de tiempo detenido (afuera todo fluye y pasa) y espacio extendido (no hay fronteras aunque todo parezca acotado). En el bar mis ojos te besaron antes de volverme caníbal. En el bar forjé, como en el taller de Vulcano, los cimientos y las herramientas de mi ser. Me ayudaron y ayudé.
Cuando pienso en los bares recuerdo ciudades, amigos, rescato historias y una centella atraviesa la noche.

Mi padre nunca me llevó a los bares. Creo que no tuvo necesidad porque en los pueblos chicos todo es encuentro, todo es cerca y todo va con todo. En los pueblos chicos los bares son para los forasteros, o para mostrarse los fines de semana porque uno anda de cacería y ellas también.

El bar es un invento por eso es cultura pero también hace parte del ADN, ahí se vuelve vital, como respirar. Todo lo lleva a ser un escondite para los sueños, refugios de amistad, libertad, creatividad y salir de nuevo, alimentados con todo eso, a pelear el mundo, la vida, las utopías. Eso. En los bares la utopía se vuelve noria del pensar para programar otro mundo. Mejor.

En los bares a veces los ángeles lloran y los chamanes beben más de la cuenta porque las estrellas se mezclan con el polvo y no cuentan.
Las pupilas se dilatan y ciertos detalles de la imagen del mundo de la vida se pueden descifrar sin lenguaraces o voceros oficiales. Es que en los territorios del ser, los instantes son una eternidad y el café sabe mejor. O la ginebra. Brandy para mí.

El 23 de junio los pájaros del Parque Lezama volaron para atrás como el fabuloso Goofus Bird de JLB. La lección es que no importa tanto hacia donde vamos, sino saber dónde estuvimos. En qué bares impulsamos el mundo y lo echamos a rodar y a girar.

Es una lástima que los bares no tengan hijos.
Pero inaugure con los suyos una semblanza mitopoética, que es otra manera de conocer, donde el borde pase a ser centro, la orilla se vuelve filigrana y se sale de los folios del libro de la historia oficial, la de los ganadores, para embarcarse en una travesía de símbolos, gestos, códigos y mundos paralelos.

Hay otros bares. Siempre habrá bares viejos. Adóptelos, mímelos, conozca su gente. Déjeles propinas o una sonrisa o un afecto. Pida fiado. Hágase habitué y que le vendan el café cincuenta centavos más barato que a los otros. Léales el diario, haga los crucigramas y que se enojen. Busque los hinchas de Racing, siempre hay uno agazapado en esos bares, a veces se disfrazan de dueños, otros dicen que son mozos. La mayoría se hace pasar por sociólogos. Encuéntrelos, disfrútelos y piense que las zonas erógenas de la ciudad están en los bares.

En los bares viejos nadie usa máscara. Está prohibido. De esa manera el amor dura una eternidad. La cinta de Moebius se instala en el cerebro de los de siempre. La dicha está en saber que la placa tectónica tiene que ver con el vuelo de la mariposa, el croar de la rana en la cuneta y este delicioso café y vasito de soda.
No nos derrotaran.

Dos cafés? Dejá que yo te invito.

Nota al lector: Se me ocurrió que usted puede buscar para una exposición o para mandar como una cápsula del tiempo en otra nave Voyager las cosas, objetos, lugares, sensaciones que nos muestren y nos expliquen. Haga una lista y verá que los bares son insustituibles.

Te recomendamos el Fotoreportaje de la página del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires

Publicado en Leedor el 24-6-2006