El idiota y la fiebre: acerca de una novela de Dostoyevski

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Hoy se cumplen aproximadamente 146 años de la publicación de El idiota, una de las cuatro novelas mayores de Dostoyevski, el escritor epiléptico más importante (después de Mahoma) de la historia de la literatura universal. No es una cifra redonda, ni tampoco es probable que exactamente hoy se cumplan 146 años, pues la Wikipedia se limita a indicar tan sólo que El idiota fue publicado entre 1868 y 1869.

Seguramente el dato exacto permanecerá en los anales de alguna revista rusa, en algún estudio minucioso o biografía especializada, pero en la Wikipedia no lo dice, de modo que tenemos la posibilidad entre 365 de acertar y así permanecer, digamos, en la novedad literaria, al día, alertas ante el flujo incesante de información efímera que circula aceleradamente en esa falsa línea de tiempo que es la pantalla de nuestro “ordenador”.

Se puede encontrar un torrent con una selección de algunas de sus obras en esa base de datos inagotables que es la web. Pesa 10,8 MB. Data, una hilera combinada de ceros y unos compendia el trabajo y la vida de un hombre que vivió tan intensamente como cualquiera de sus personajes. ¿C1uántos MB pesa el alma humana, cualquiera sea el significado de esa palabra? Dostoyevski parece haber penetrado como ningún otro en las llagas y esplendores del corazón de su pueblo, y por eso novelas como El idiota permanecen quietas, monumentalmente inmóviles en medio de la avalancha de información que nos arrastra hacia ningún lado.

Escribir una nota sobre Dostoyevski hoy no sólo es innecesario, sino además es prácticamente un acto estúpido, digno de un idiota que, como el príncipe Myshkin, héroe de la mencionada novela, llega al mundo con varios siglos de retraso, como quien roza por primera vez los trazos de la cultura, en un estado de absoluta ingenuidad. ¡Y nada se paga más caro en los círculos de intelectuales que la ingenuidad! Para hablar con un mínimo de suficiencia sobre Dostoyevski habría que ser un especialista en literatura rusa, habría que tener maestrías, doctorados, habría que atravesar la gruesa e inextricable bibliografía sobre su vida y su obra. Las notas, conferencias, biografías y estudios abundan en todas partes hasta el hartazgo. Es muy poco o nada, en realidad, lo que queda para decir sobre el escritor ruso. ¿Para qué empeñarse entonces en conmemorar novelas y escritores ya inmortales?

La respuesta obvia no me interesa: no se trata de insistir en la memoria, no se trata de celebrar el genio humano (aunque sí, por supuesto que Dostoyevski fue un genio, y por supuesto que merece honores). Quizás lo que intento decir es que la vida sería insoportable sin la posibilidad de volver cada a tanto a alguna de sus novelas, sin la posibilidad de entregarse genuinamente, como un idiota, a ese exceso extravagante que es cada una de sus obras. Releer a Dostoyevski a estas alturas del partido es algo irremediablemente cursi, zalamero, gratuito, incluso masoquista. Amarrarse un nudo en la garganta durante 500 páginas y caer postrado, temblando, ante la fuerza inaudita de alguna de sus escenas es olvidarse de la literatura para volver, “humillado y ofendido”, a celebrar la vida. Olvidarse de la literatura en tanto forma, en tanto mecanismo artificial e incluso frívolo; olvidarse de los trucos de la novela realista, de las estructuras, del estilo y el canon y los intelectuales y sus mierdas raras. Dostoyevski no es literatura, es el pulso de la vida misma. O mejor: es la tensión, la vida llevada a un extremo casi insoportable, como si ésta pidiera su límite una y otra vez para sentirse plena.

Por eso los personajes de Dostoyevski están llevados al extremo de su carácter, a un extremo que se asemeja a la enfermedad. No sólo son epilépticos o idiotas, como el príncipe Lev Nikolayevich Myshkin, sino que también se hallan constantemente asediados por estados febriles. Fiebre en el hielo de Petersburgo, bajo cero, en una oscura y húmeda buhardilla, como aquella en la que alucina y se retuerce el célebre Raskolnikof en Crimen y Castigo. Fiebres raras, inesperadas, que de pronto se apoderan de alguno de sus personajes y en vez de restarles fuerza les insufla un extravagante ánimo que incluso alienta encendidos monólogos, como el de Ippolit, el joven tísico y moribundo que, presa de un orgullo endemoniado, intenta suicidarse en El Idiota. ¿Qué clase de fiebre es esa que en vez de debilitar fortalece, que en vez de inmovilizar anima? Habría que hacer un rastreo riguroso de esas fiebres en toda su obra, o quizás ya existe algún trabajo especializado a este respecto. En todo caso, me parece claro que la compresión de tales estados patológicos en su obra no se reduce a una dimensión clínica o científica. Dudo mucho que algún antipirético pudiera curar la fiebre de alguno de esos desgraciados. Dudo, además, que algún sesudo estudio académico sea de utilidad para expresar el sentido completo de esas calenturas.

No obstante podríamos decir, para regocijo de nuestros académicos e intelectuales, que la fiebre dostoyevskiana es sólo una figura, alguna clase de recurso o truco literario recurrente usado para acentuar el ánimo extremo de sus personajes, como el alcohol ¿Qué otra cosa es el alcohol sino un recurso poético? Incluso puede que el tema de la fiebre se resuma en una simple cuestión de traducción; que, por ejemplo, la palabra rusa traducida como “fiebre” al castellano tenga otra serie de connotaciones para nosotros desconocidas, y que por tanto cuando Dostoyevski escribe fiebre no está exactamente hablando de la temperatura y la debilidad del cuerpo sino de un estado emocional, psíquico o incluso moral. Y es que el sentido más exacto de la fiebre dostoyevskiana tendría que buscarse en lo que ésta tiene de dolencia espiritual o metafísica. Así como la fiebre es, científicamente hablando, la reacción del cuerpo ante una infección, la forma en la que éste combate un agente patógeno; así mismo la fiebre dostoyevskiana es una reacción al orden habitual de la vida, una rebelión no ya del cuerpo sino del espíritu en contra de la normalidad aplastante de la cotidianidad. Una reacción literaria y por tanto fraudulenta, pero que sin embargo pone de manifiesto el extremo anormal de la vida, su límite auténtico, el clímax de su contradicción fundamental.

El desarrollo cotidiano de la vida tiende al extremo dado en la literatura, y la literatura siempre ha pretendido la autenticidad de la vida. No se sorprenda, pues, si luego de leer El Idiota termina usted involucradx en una situación extravagante, de rodillas humilladx o con lágrimas en los ojos, gritando eufóricx de orgullo o gimiendo lastimeramente. Entonces sabrá que la fiebre dostoyevskiana es mucho más que un juego literario.