Un mundo conectado, de Terry Gilliam

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Terry Gilliam es siempre un creador de imágenes originales, construidas sobre el puente entre la fantasía y la ciencia ficción. Esta vez, con “The Zero Theorem”, aborda el tema del sujeto y el caos. Como otros trabajos del director, este podría haber sido el resultado si Fellini hubiera hecho una ciencia ficción orwelliana escrita por Samuel Beckett, aunque sin un gran resultado.
Con una llamativaa representación de la tecnología, que flirtea entre la de los videojuegos de los ’80 y aquella que estos imaginaban como el futuro que ya es presente (entonces: desactualizada, con pantallas menos inteligentes que las nuestras, por ejemplo), “The Zero Theorem” comparte intereses con el documental “Particle Fever” que tambien se estreno este año, sobre el Gran Colisionador de Hadrones que busca descubrir el bosón de Higgs. De esta forma, la película se mantiene alejada de una pretensión visionaria, como lo suponían otras películas de Gilliam (Brazil), para ser algo más cercano a una pesadilla alternativa de nuestro presente.
Su protagonista Qohen Leth (Christoph Waltz), que se refiere a sí mismo en vos plural por recomendación terapéutica, es un genio informático que a pedido de la Administración (Matt Damon), una autoridad distópica, trabaja en el “zero theorem”, una formula matemática que puede revelar si la vida tiene sentido. Esta ocupación sucede en un cruce de mundos, las matemáticas y el esoterismo, que producen unidades más complejas que los números. Haciendo de este el elemento más interesante de la película, ya que permite que las posibilidades se expandan ahí donde películas como “Pi”, de Darren Aronofsky, se quedan cortas en explicaciones. Porque el problema central no puede ser la respuesta, sino la interrogación constante que es la crisis de la existencia de Quohen.
Como sabremos después de las conversaciones que mantiene con el adolescente Bob (Lucas Hedges) su vida no fue siempre está de encierro y calculo que hoy lo atormenta, sino una de amores y desamores, sobre la que siente el deber de promediar con el resultado de su trabajo. Darle sentido a la existencia pasada para sentir que está vivo en el presente.
Pero el problema de este desequilibrado guion es como repentinamente intenta humanizar personajes que en un primer momento eran modelo, perdiendo tiempo de construcción en hacer que ciertas cosas parezcan lo que no son, confundiendo sus propios objetivos, para después explicar el cambio y poner un pie delante del espectador. Parece tan concentrada en tomar la forma de una alegoría que termina por perder el foco de aquello que representa.
De esta forma ordena un casting inmejorable – Waltz, David Thewlis, Tilda Swinton, Ben Whishaw, Matt Damon – en una serie de personajes bidimensionales que solo sirven como símbolos. Hay una playa también, que parece aguardar al protagonista como aquella de “Barton Fink” o “La Dolce Vita”.
“The Zero Theorem” habría tenido un mejor lugar en la filmografía de Terry Gilliam de haber estado entre “Brazil” (1985) y “12 monos” (1995). En el presente del director de 73 años parece ser una reflexión sobre sus propias hazañas cinematográficas (sobre las que se hizo el documental “Lost in la Mancha”), esas que lo han hecho una leyenda viva sobre como todo puede salir mal en una producción, sobre cómo lidiar con el caos siendo su mayor exponente.