El novelista ingenuo y el sentimental, Orhan Pamuk

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Así como según Michel Foucault, el objeto del cuadro Las meninas de Velázquez es el pintor pintando, se podría pensar que el objeto de este libro de Orhan Pamuk es el escritor escribiendo. Cómo es su proceso de escritura, qué pone en juego al escribir, qué despliega su texto. Para apreciar mejor este libro, lo mejor parece ser ponerlo a dialogar con la obra de otros autores. Esta reseña intenta, entonces, abrir uno de los tantos diálogos posibles, que habilita la obra para comprender el carácter de la escritura.

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Los que escriben se nutren de su experiencia y de su imaginación para crear obras ficcionales. Navegan en estas dos aguas: la de la invención y la de la realidad. Los textos que escribe un escritor pueden resultar tan convincentes y tener tanta potencia que sus lectores acaban por confundirlos con la vida real del propio autor (tomando al narrador o a un personaje por la persona física que ha escrito un libro). Le ha pasado al mismo Pamuk. Ya en La República de Platón podemos advertir una crítica a los relatos de los poetas porque podían confundir a los niños con respecto a lo que era real y lo que no. Y en pleno siglo XXI nos encontramos ante el mismo dilema: muchos lectores se ven a tal punto subyugados por el arte de la ficción que olvidan su mismo carácter ficcional. Pamuk resalta que el arte de la novela reside en nuestra capacidad para creer simultáneamente en estados contradictorios: al leer sabemos de alguna manera que lo que relata el texto es falso y verdadero al mismo tiempo; no sabemos en qué medida se entremezclan ficción y realidad. A partir de esta lectura, me pregunto: ¿se podría pensar a lo real como islotes que flotan en un mar imaginado? ¿O es lo real la tierra, surcada por los arroyos de la ficción?

El arte de la novela es el don de hablar de nosotros mismos como si fuéramos otra persona y sobre otros como si estuviéramos en su piel, sostiene el autor turco. Lo que haría pensar en la escritura como una instancia de camuflaje y enmascaramiento donde no se sabe cuáles son las máscaras y cuáles los rostros reales o si unos y otros se intercambian infinitamente. En este punto, pienso en el texto de Juan José Saer, El concepto de ficción: “La ficción no es (…) una reivindicación de lo falso. Aun aquellas ficciones que incorporan lo falso de un modo deliberado (fuentes falsas, atribuciones falsas, confusión de datos históricos con datos imaginarios) lo hacen no para confundir al lector sino para señalar el carácter doble de la ficción, que mezcla, de un modo inevitable, lo empírico y lo imaginario”. La paradoja de la ficción, leemos en Saer, reside en que, si recurre a la falso, lo hace para aumentar su credibilidad.

Esa tensión entre los dos mundos sea quizás lo que hace tan atractiva a toda obra de ficción, construida en torno a un enigma. “En la novela literaria ?nos dice Pamuk? no hay que adivinar quién es el asesino, sino averiguar cuál es el verdadero tema de la obra”. El tema o centro es fundamental para él: a menudo los escritores lo van descubriendo a medida que redactan el texto y, por su parte, los lectores también descubren el suyo que puede o no coincidir con el del escritor. Es muy probable que Pamuk no esté de acuerdo con lo que enuncia Barthes en “La muerte del autor”. La escritura como lugar neutro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la identidad del cuerpo que escribe; la muerte del autor con su historia, sus gustos y sus pasiones como origen de su obra, la anulación del concepto de autor como aquel que nutre al libro, que existe antes que él, que piensa y sufre y vive para él. Todo esto sería rechazado por Pamuk. Porque Barthes nos habla sobre el fin de la escritura como operación de registro, de representación, de pintura y por su parte, Pamuk sostiene que “escribir una novela significa pintar con palabras”. Este novelista considera que la tarea de escribir una novela consiste en imaginarse un mundo que en primer lugar existe como imagen antes de acabar transformado en palabras.

Volviendo a Barthes, para Pamuk el lector es imprescindible pero también lo es el autor. No tendría que morir uno para que nazca el otro. Descifrar un texto a partir de su autor sería una posibilidad, buscar ese centro oculto de la novela que su autor ha sembrado aquí y allá para ser descubierto. Otra posibilidad sería la de un lector que encuentre su propio centro en la novela, ese que tiene sentido para él. Y allí es donde habría una apertura: la lectura como una instancia que no ofrece significados últimos, que no se cierra. La unidad de un texto estaría, entonces, tanto en su origen como en su destino. Pamuk piensa el centro de la novela como una luz de origen ambiguo pero que ilumina todo el bosque; quizás cabría responderle al autor con la noción de verdad heideggeriana: una verdad que se presenta como un claro en el bosque, una luz que oculta y desoculta a la vez. Este centro de la novela, por momentos se nos muestra, por momentos permanece oscuro dentro del bosque. Quizás podría pensarse que este centro nunca se llega a revelar o que lo hace de modo distinto para cada uno. Para Pamuk, escribir una novela es como atravesar ese bosque. Leerla también lo es.

El escritor nos dice que sabemos que el paisaje oculta algo más misterioso en su interior, el centro se hallaría en algún lugar bajo la superficie, bajo la maleza: por momentos lo sentimos de forma clara y otras veces sentimos una fascinante sensación de desasosiego, apunta el autor. No obstante, una buena novela también permite vencer este mismo desasosiego al despertar una sensación de saber esencial de lo que significa existir en este mundo.

El título del libro alude a la distinción de Schiller en su ensayo “Sobre poesía ingenua y sentimental”. Un escritor ingenuo es el que escribe poesía de forma espontánea, casi sin pensarlo, fruto de un impulso. El sentimental o reflexivo es más consciente de los recursos que utiliza, está fascinado por la artificiosidad de un texto.

La obra de un autor es para Pamuk comparable a un museo, porque tiene una capacidad archivística: conserva costumbres, actitudes y formas de vida, construye un archivo humano de sentimientos y percepciones. Y en este sentido, el autor puede ser concebido como aquel testigo privilegiado de vivencias y circunstancias que luego volcará por escrito para evitar que se pierdan. A pesar de esta capacidad de conservar, Pamuk sostiene que las novelas también caerán en el olvido, ya que su durabilidad y la inmortalidad de los escritores están arraigadas en la vanidad humana.

Habría que repensar esta idea de inmortalidad de los escritores y de sus obras. Podríamos hacerlo a partir del texto “No existen los poetas, existen los hablados por la poesía”, de Lucas Soares. En él, el Doctor en Filosofía y poeta cita un texto de Borges, “The unending gift” y se refiere a la siguiente frase: “(Sólo los dioses pueden prometer, porque son inmortales)”. Reelabora este enunciado, planteando lo siguiente: “Pero si ya no son los dioses inmortales, ¿quiénes son hoy los que pueden prometer? Los poetas, quienes a través de la promesa incumplida de su decir alcanzan una suerte de inmortalidad”. Porque si para Pamuk la fuerza de un texto, aquella que asegura cierta trascendencia, estaría en lo que puede registrar de una época, de un mundo, para Soares la potencia de un texto (en este caso poético) estriba, más que en lo dicho, en la promesa de su decir. La función poética del lenguaje anida en esa promesa que no se cumple y que así como el deseo, sigue existiendo y asumiendo formas diversas, nos dice. Quizás sea el novelista a la vez ingenuo y sentimental que logre despertar la función poética del lenguaje ?consciente del camino que ha trazado pero también dejando abiertos otros caminos por trazarse ?, quien perdure a través de esa descendencia curiosa y prometedora, de destino incierto, que son sus palabras.
Orhan Pamuk nació en Estambul, Turquía, en 1952 y ganó el Premio Nobel de Literatura en 2006. Es autor de La casa del silencio, El castillo blanco, El libro negro, Me llamo rojo, El museo de la inocencia, Estambul. Ciudad y recuerdos, Nieve.
Ha obtenido numerosos reconocimientos internacionales: el premio al Mejor Libro Extranjero en Francia, el premio Grinzane Cavour en Italia y el IMPAC de Irlanda, entre ellos.

Ficha técnica: Pamuk, Orhan (2011) El novelista ingenuo y el sentimental, Buenos Aires, Mondadori. 162 págs.