Mary Shelley: la mamá de Frankenstein

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En otro texto, publicado en este mismo medio, hicimos referencia a Mary Wollstonecraft, la madre de Mary Shelley, una de las primeras feministas de las que se tiene registro y una escritora formidable. Hoy es el turno de la creadora de una de las obras más famosas y menos leídas de la humanidad. Una obra que en su vasta trayectoria, conlleva una clásica cadena de errores de la cultura popular. Típicamente identificamos al monstruo con Frankenstein, como si ese fuera su nombre. Pero todos sabemos, aún quien no leyó la novela, que ese nombre es el apellido de Víctor, su demiurgo. En la extrema difusión que sufrió la ficción en diferentes formatos (cine, tv, comic, etc.), esa es una de las pocas cosas que sobrevivieron del original. Caímos en un juego lingüístico propio de un mito que ya tiene vida propia, como el mismísimo monstruo.

Mary Shelley tenía 19 años cuando escribió su obra más famosa. Era la pareja de Percey Shelley, uno de los más importantes escritores del romanticismo inglés y amiga de Lord Byron, otro importantísimo representante de ese movimiento. El ambiente donde la filosofía política radical, el arte y la ciencia reinaban, le era familiar a Mary, ya que desde la infancia, la casa de su padre, William Goldwin, funcionaba como un centro de reunión de la intelectualidad de su tiempo. La desconfianza en el sistema social, la fe en el cambio y la certeza de la Razón, eran los pilares sobre los que descansaban sus ideales y sobre los que desarrolló toda su obra. Pero no la guíaba una fe ciega, como a sus padres iluministas. Todo lo contrario. Ella era la nueva generación. (Shelley is a punk rocker). La que frente al optimismo desbordante, oponía una realidad cruda. Quitando toda intensidad a su pasión decimonónica, hoy diríamos que poseía un sano escepticismo.

Pero es que tal vez la idea central del “Nuevo Prometeo” sea justamente esa: la ciencia puede ser tanto un instrumento de liberación como una condena para todo el género humano. En el relato la posibilidad de cambiar el destino está siempre presente. Son nuestras decisiones las que determinan el futuro y los sacrficios forman parte de la tragedia de la vida. La felicidad es sólo un frágil pasaje en la existencia; el dolor, como la tristeza, no tienen fin.

Todos los condimentos de la moderna tradición romanticista se dan cita. La naturaleza como alimento del alma. La naturaleza como desafío. La naturaleza como destino trágico. La pasión puesta en todo, en el amor, en la ciencia, en la fraternidad, en el honor, en cada sístole y en cada diástole, en la tragedia que late y en la deseperanza que yace constante e irremediable. En el éxito y en el fracaso. Todo es intenso. Todo es vertiginoso. El tiempo se acelera o se detiene en seco. Hay un anticipo claro de los que van a ser los temas clásicos de la ciencia ficción y fundamentalmente de la Inteligencia Artificial. El nuevo prometeo es mucho más que la caricatura que el cine nos mostró. Es una mirada profunda sobre la naturaleza y la cultura del ser humano.

La generación de Mary Shelley tiene varios puntos de contacto con la llamada Generación X del siglo XX. No por nada a mediados de la década del ’80 apareció una tribu urbana denominada “New Romantics”; ni es casual que Iron Maiden (una de las bandas de heavy metal preferidas por esa generación) le haya puesto música (y haya modificado un poco la letra) al poema de Coleridge, “La rima del anciano marinero”. Otro punto de contacto es que, salvando las obvias distancias, ambas generaciones son hijas de revoluciones que no fueron lo que prometieron. El romanticismo es hijo de los ideales del ’89 del siglo XVIII; la generación X es hija de los ideales de los ’60 del siglo XX. En ambos casos se percibe un cierto descreimiento o, desde otra perspectiva, una mirada más distante de las posibilidades concretas de las utopías.

En cualquier caso pienso que Mary Shelley podía haber sido mi amiga. Siento que tenemos puntos en común. No sé. Tal vez sea sólo el derecho que me asiste como su lector. (Uno siempre se hace amigo de los escritores. Los siente cercanos. Son nuestros amigos porque somos sus cómplices. Y uno tiene la libertad de imaginar…). Me veo debatiendo ideas sobre política, ciencia y arte, escuchando a Deep Purple cuando juega con Beethoven y compartiendo curiosidades de lo más diversas. Leyendo a Byron y a Bukowski. Tal vez hablé con ella alguna tarde de la década del ’80. Tal vez compartimos un jarabe y algunas risas. Tal vez también ahí dimos a luz a algunos monstruos.