Lengua muerta

0
8

“Me deslizo en mi sillón con rueditas y miro por la ventana catódica. Me fumo los dedos, me ahogo en café. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? Estrepitosamente desolador. Recurrentemente vivo bajo el influjo de los otros, envidiando lo que no tengo, abjurando de lo que me pertenece. Es una puja que llevo conmigo mismo. Atareado de palabras ostento mi don como virtud y por dentro de pudro. Nunca muestro mi verdadero dolor.  No podría soportar la lástima, la solidaridad y mucho menos el desprecio”.

Este es el personaje principal de Lengua muerta, un escritor frustrado atormentado por  su pasado, en el que ya era un escritor frustrado,  del que recuerda un grupo de escritores malditos que fundaron un movimiento under en los años 70.

La novela es una serie de descripciones de escritores y poetas. Una hilera de nombres y apellidos, títulos de libros y editoriales, anécdotas amatorias y sucesos sombríos conectados entre sí que van dando forma a la historia escrita por Marcos Almada, que publicó gracias a un subsidio del Fondo Metropolitano de la Cultura, las Artes y las Ciencias; y con la que inauguró su propia editorial: Alto Pogo.

Lengua muerta es uno de esos libros que pueden ser infinitos y uno no quiere parar de leer. Además, quiere que todos lean, o escuchen su lectura, como si el mundo fuera a implosionar si eso no ocurre. Fue así como en una cena literaria, tuve una experiencia vergonzosa con unos de sus personajes: Hipólito Negroni. Con diez invitados a la mesa, de los que destacaban tres señoras de Recoleta compañeras del bridge y dos profesoras de cocina un poco recatadas, me empeñé en leer el capítulo donde se narran las peripecias de Negroni, un poeta venido a menos, en el que Marcos Almada no escatimó palabras para presentar.

Encantada con el texto, comencé a leer al momento del postre. “Otro poeta integrante del grupo de los cinco fue Hipólito Negroni”… “El libro es una larga elegía sobre el suicidio de Dios”… “Los sopapos resonaron estridentes adentro del cóncavo salón”… “Hipólito escribió además de Napas, una trilogía que llamó sucesivamente: Todo, Me chupa, Un huevo”… “RAQUELITA SE ARRODILLA CLAVA SUS UÑAS EN MIS COSTILLAS /CON SUS DIENTES BAJA EL CIERRE DE LA BRAGUETA”…

Terminé de leer el capítulo en cuestión. Un silencio sepulcral inundó la sala. Todos me miraban. Avergonzada, traté de explicar que el libro realmente es bueno y sus descripciones memoriosas pero, quizás, al sacar un personaje de contexto, la lectura pueda volverse inconveniente. “Zarpadita” sugirió una comensal. Por suerte, todos comieron el postre de dulce piña con natilla.

Dulce de piña con natilla.

Quitar la cáscara a una piña grande y cortar en cuadritos. Hervir una ramita de canela en ½ taza de agua. Agregar la piña y revolver. Agregar una pizca de sal y 1 taza de azúcar. Cocinar a fuego lento revolviendo de vez en cuando hasta que la piña se caramelice. Dejar enfriar.  Aparte preparar una natilla de maicena. Enfriar en moldes individuales. Al momento de servir colocar el dulce de piña fresco sobre las natillas. Agregar un toque de leche condensada o alguna fruta fresca como frutillas o banana.