Sobre El perseguidor

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“El perseguidor”, cuento bisagra para Julio Cortázar, cuenta la historia Johnny Carter, un jazzista inspirado en la figura de Charlie Parker. Músico en la era del bebop, con problemas de drogas, abruptos cambios de ánimo, inestabilidad, compañías que solo contribuían al descontrol y una curiosa percepción del tiempo.

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“Esto lo estoy tocando mañana” le dice una y otra vez a la banda. Johnny cree que la música ayuda a comprender la cuestión del tiempo un poco mejor que las lecturas sobre el tema. Criado en una casa donde la discusión era constante, encontró en la música una forma de salirse de ese tiempo continuo para entrar en el tiempo. De esta manera se escapaba hacia otro espacio, donde los problemas quedaban suspendidos en su lugar hasta que eran traídos de vuelta.

“Me empiezo a dar cuenta poco a poco de que el tiempo no es como una bolsa que se rellena” para él el tiempo es algo elástico, todas las cosas duras tienen una “elasticidad retardada”, y así es como dice meter la música en el tiempo, fuera de nosotros. Johnny cuenta al narrador, Bruno, que durante un viaje en metro, entre estación y estación, se encontró pensando en una cantidad de cosas que solo se podrían reproducirse en un cuarto de hora, mientras que el tramo del viaje duro un minuto y medio. Como si el tiempo se detuviera y en lugar de ver las cosas sucesivamente se pudiera aplicar la subjetividad para ver las cosas que se quieren ver, al detalle que se necesita para realizar una evocación certera del momento recordado. Como si se tratase de las paradojas de Zenón, Johnny puede contar el tiempo entre los segundos. Las pinturas se mueven ante sus ojos.

Pero Johnny empieza a perder el tino, empieza a disparar sin dirección dentro de su inmersión en el tiempo. No escapa de nada, está en la búsqueda constante. Lo que para Borges es “la permanencia en lo fugaz”, para Johnny es la precariedad de la existencia. Le cuenta a Bruno un recuerdo sobre un campo lleno de urnas con las que se va tropezando, en todas, supone, se encuentran las cenizas de un muerto. Finalmente cava con las manos y desentierra una urna, se dice que esta va a estar vacía porque es la que le toca a él, pero, premonitoriamente, encuentra “polvo gris”, al que no sabe reconocer como sus propias cenizas.

Johnny, que lee compulsivamente a Dylan Thomas como lo hacía Bob Dylan, también comparte con este último la noción de que la música llega hasta él. Como en los arquetipos platónicos, y como para la memoria en San Agustín, en donde son las imágenes las que están a disposición, pero no el arquetipo real, la música está ahí antes que ellos, que solo la bajan al tiempo sucesivo, a la realidad perceptible. Borges, en su conferencia sobre el tiempo imagina un ser sin más sentidos que el del oído, y dice: “Allí tendríamos un mundo posible que podría prescindir del espacio. Un mundo de individuos. De individuos que pueden comunicarse entre ellos, pueden ser millares, pueden ser millones, y se comunican por medio de palabras. Nada nos impide imaginar un lenguaje tan complejo o más complejo que el nuestro -y por medio de la música. Es decir, podríamos tener un mundo en el que no hubiera otra cosa sino conciencias y música”.

Johnny pierde sus instrumentos al punto de que ya no puede contar con ellos para hacer música. Estos solo sirven para bajarla, pero no para escucharla. “Se dilata la mente con la espera de los sonidos futuros y la memoria de los pasados” dice San Agustín. Los sonidos futuros. Ahí esperan a Johnny, como en la concepción de James Bradley que cita Borges, “el tiempo fluye del porvenir hacia el presente”. Esto lo estoy tocando mañana.

Bruno, el crítico de Jazz, el biógrafo, el amigo, es el receptor de todo el galimatías metafísico, cargado de una ingenuidad mortal, que es el hablar de Johnny. Pasando de un tema a otro, confundiendo, pero siempre volviendo para empezar otra vez a perseguir. Lo deja a Bruno abrumado. “Hay tres tiempos, el presente de las cosas pasadas, el presente de las presentes y el presente de las futuras”, dice San Agustín. Para Johnny el presente parece estar abolido en las tres instancias. Bruno queda abrumado, se retira de donde esta Johnny y, más calmo, reflexiona, “me he puesto a pensar en pasado mañana y era como una tranquilidad, como un puente bien tendido del mostrador hacia delante.”

Astuto Cortázar, no pretende solucionar esa pregunta sobre el tiempo que hacia arder el alma de San Agustín y para esta historia elige a un músico de jazz en la era del bebop. ¿Qué otra podía ser? Una época en que la totalidad de los músicos no era más que sus partes. Así como Bruno detecta en la Marquesa una forma de hablar contagiada por Dizzy (Gillespie), los músicos se influenciaban unos a otros, día a día. Art Tatum, Max Roach, Miles Davis, Monk. La música pasaba de un intérprete en otro, los locales quedaban hechizados por los tunes de una noche, también el público. Jack Kerouac y los escritores beat iban por la ruta, los músicos de jazz iban de gig en gig. Discriminados por su color, insultados también por como su talento se juzgaba como una rareza especial, compensativa, el tema de la identidad era una cuestión de importancia. Y ahí, en esa época donde todos los músicos vivían bajo un mismo halo, se construyó una intuición colectiva, una conciencia expandida. La valija elástica de Johnny, el viaje en metro de Johnny.