“Creo en el hecho artístico”: entrevista con el presidente de Argentores

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Miguel Ángel Diani es el autor de La leyenda del poeta que se puede ver todos los sábados a las 19.30 en el Teatro del Pueblo (Av. Roque Sáenz Peña 943). Para hablar de la obra, pero también de su labor como presidente de la Sociedad General de Autores de la Argentina charlamos en su oficina en Pacheco de Melo, en el edificio de Argentores.

A pesar de ser autor de varios programas de TV que fueron éxito: Son de 10, Detective de señoras, Aprender a volar, Mi otro yo, Vivo con un fantasma, Cada día te quiero más, y La nena, entre otros, Diani es humilde, accesible. Es alguien a quien da placer entrevistar. También recibió varios premios: Martín Fierro, Broadcasting, Prensario, Fund TV, Fundación Huésped, y dos premios Argentores. En cine escribió el guion de varios largos, entre ellos El violinista que fue Premio Fondo Nacional de las Artes en 2002.

Contame algo de La leyenda del poeta

Te puedo contar cómo nació la obra. Yo escribo tanto audiovisuales (cine, televisión) como teatro. El proceso creativo de las dos es distinto. Lo audiovisual es más técnico, tenés que tener en claro dónde vas, dónde hacer los cortes de bloques; si es una película, qué querés contar. El teatro, en cambio, a mí me nace de una imagen o de una situación, hasta de una música. Cuando empecé a escribir este material, estaba en convalecencia después de una operación de cáncer de tiroides. Al enterarme de la noticia, en un primer momento me sentí muy mal, pero después me dio impunidad: “¿Qué me importa todo ahora si me voy a morir? – pensé?. No quiero estar en lugares donde no quiero, con gente que no quiero”. Si uno pudiera sentir eso durante toda la vida…, son planteos que uno debería hacerse. Me agarró una sensación de paz grande. Descubrí que tan mal no me había ido, que si me moría tan mal no había hecho las cosas. Entonces, en un primer momento, me sentí afligido, pero en el posoperatorio en casa empezaron las primeras imágenes que tienen que ver con los planteos que me hacía en ese momento. Me aparecieron preguntas: ¿aproveché mi vida?, ¿el tiempo que viví lo viví con intensidad? En la obra yo planteo esto del tiempo muerto y del tiempo vivido. ¿Usé mi tiempo bien? ¿Qué cosas hice? ¿Qué pasó con mis vínculos? En La leyenda del poeta hay dos señores que se encuentran en una estación de trenes en un pueblito de la Provincia de Buenos Aires. Uno es poeta pero se olvida de sus poesías. Se olvida también de su vida, las palabras le desaparecen. No tiene registro de nada. El otro personaje se ofrece a escribirle su vida y, para comenzar, sus poesías. Los dos tienen, además, una historia densa de familia que la van exorcizando en esa charla, pero siempre con humor. Conscientemente, yo trabajé el grotesco con pinceladas del teatro del absurdo. El director Marcelo Mangone, a su vez, hizo un trabajo impecable: encontró el espíritu de la obra y lo potenció. También los actores. Se formó un equipo creativo que no siempre se ve. La escenógrafa Beatriz Bekerman se queda en las funciones haciendo bocetos. Yo voy prácticamente a todas las funciones y me emociono en cada caso. Eso es porque desde el escenario te están tirando verdad.

¿Vos también estuviste en los ensayos?

Mirá, yo no estuve en los ensayos porque yo confío en el director. Él fue el que convocó a la gente. Faltando diez días recién fui a uno y entonces comenté solo algunas cosas sobre una escena y Marcelo tomó eso, pero el 90 % es suyo. Esto tiene que ver con el proceso creativo del otro. El director le da su forma, y los actores también ponen su parte creativa. Después, en este caso, está la música que no estaba pensada, fue una idea de Marcelo y resultó algo estupendo. Es un personaje más que juega con los otros personajes. Es maravilloso. No siempre se da esto del proceso creativo conjunto. Acá hay magia. Estoy muy feliz de que haya pasado eso.

¿Cuándo escribís sos de hacer muchas marcaciones?

Sí, yo soy de marcar mucho en el texto. Creo que el autor tiene que poner su mirada, pero eso no implica que sea inamovible. Hay obras, por ejemplo, en que yo marco música. En una que tengo ahora en proceso, marco que tiene que haber en escena una chica que toca cello porque la veo así; cuando me apareció la imagen de la obra, me apareció así. Una vez me dijeron que uno sabe qué quiso decir con una obra de teatro recién cuando la termina. Los personajes te van llevando. Después, es interesante cuando pasás el material a otros autores. En la obra que mencioné del cello, me estoy juntando con otro director para tener otra lectura, y él de golpe me tira algo que me parece interesante. El otro te tira cosas y ahí se destraba alguna situación que te frenaba. La mirada de otro creativo te hace poder seguir adelante.

¿Tenés tu grupo de lectores?

No siempre me leen los mismos y no todos los autores saben leer material de otros. Un gran leedor de materiales es Tito Cossa. Tiene una mirada que cuando te dice algo es clarísimo. Daniel Dalmaroni es otro tipo con una mirada muy interesante. Cristina Escofet es otra que sabe mirar muy bien. Saber leer es como ser maestro: hay gente erudita en su materia pero que no sabe transmitirlo, no sabe enseñar. En realidad, como decía Stephen King, mi primera crítica es mi mujer. Le doy las cosas en crudo. Es la que no tiene ningún filtro.

¿La elección del personaje del poeta tiene que ver con esto de poder volcar lo que uno tiene adentro?

Creo en el hecho artístico, y creo que estar conectado con el hecho artístico te hace crecer como persona y ver las cosas de otra manera. Cuando hay chicos en condición de calle, por ejemplo, enseguida los atraen con lo artístico porque eso les entra en el alma y los ayuda. Poder dedicar tu vida a un hecho artístico es ser privilegiado –yo me considero un privilegiado?. Por eso el personaje del poeta tiene que ver con esto que digo. Ese personaje no podía ser otro que un poeta.

¿Vos escribís poesía?

No, yo no escribo poesía, aunque dentro de la obra hay un par de poemas. Tampoco soy un gran lector de poesía. Me gusta el teatro, el cine. Sí, tengo en casa Veinte poemas de amor y una canción desesperada porque no puedo creer que ese tipo a los 20 años haya escrito el “Poema N° 20”. Respeto mucho la poesía. Alguna vez intenté pero me salió una porquería. Tenés que tener un don, algo especial. Requiere una sensibilidad muy extrema poder decir en pocas palabras lo que otros querrían decir. Si bien en toda escritura hay también mucha técnica, en la poesía hay una musa inspiradora que, cuando baja, produce algo diferente: una canción como “Solo le pido a Dios”, por ejemplo, donde en cinco estrofas el tipo resume todo. Esta obra mía tiene una sensibilidad especial que, por supuesto, se relaciona con la poesía.

¿Considerás que La leyenda del poeta es una obra autobiográfica?

No, para nada. Es verdad que toda obra tiene algo de uno. Por ejemplo, yo tengo una temática que tiene que ver con las madres que siempre están presentes. Mi vieja vive, tiene 93 años y con ella tengo una relación bárbara, pero a veces por contraposición me salen otras madres que son lo opuesto.

¿Qué otros temas abordás en tus textos?

Siento que me comprometo con lo que le pasa al ser humano, con el existencialismo. En Serial hay dos hermanos que fueron abusados de chicos, pero eso lo presento con humor. En Sin tiempo hay dos hombres que no supieron relacionarse con las mujeres a lo largo de su vida. Escribo desde la mirada masculina. Traté de escribir obras de mujeres pero no me salen. Me salen sin verdad o copiando otras. Mi mundo interno sale desde mi experiencia de vida. Mamita querida, que no está estrenada, tiene que ver con una madre que encierra a su hijo en un neuropsiquiátrico.

¿Escribiste cosas por encargo?

Yo empecé como actor en el teatro independiente. También hice teatro en el San Martín. En el 82, 83 comencé a escribir monólogos para un café concert que hacía. Después me vi escribiendo materiales de teatro porque me pedían mis amigos: “Mirá, ¿por qué no escribís algo porque no hay material o el que hay no se consigue?”. Después un día sin querer llegué a la televisión. Es otro mundo. Nunca me planteé ser escritor. Mi viejo me decía que en la vida hay que relajarse porque uno quiere hacer fuerza para un lado pero la vida te lleva para otro. Hay que dejarse fluir. Cuando me dejé fluir, gané premios Martín Fierro, Prensario. Volviendo a la pregunta, a pedido escribí, sí. Ahora se está ensayando en Córdoba una gran producción sobre Robin Hood que yo escribí. Tiene veinte actores en escena. Se va a estrenar en el verano. También escribí comedias para Carlos Paz, pero lo que más feliz me hace es escribir teatro cuando me nace de una necesidad interna. Para aprovechar esa necesidad, yo escribo en el teléfono porque puedo escribir en cualquier momento. Escribo mucho en los viajes. A cualquiera, se dedique o no profesionalmente, le aconsejo que escriba o que haga algo artístico. Todo lo que te permita expresarte te aleja de la locura y de la muerte. Es lo que te permite dejar algo, sentir que queda algo tuyo; es lo que te permite trascender.

¿Ves mucho teatro?

Sí, veo mucho. Hay mucha oferta teatral, aunque no toda de calidad. El teatro del Pueblo donde estamos con la obra sigue siendo un bastión, tiene un plus. Tiene su corriente propia de gente que siempre va. Además, está bueno que los que dirigen el teatro no te presionan, te permiten quedarte hasta cuando la obra funcione, no tienen problemas con los invitados. Cuando una obra, además, les gusta le dan el apoyo boca a boca. La leyenda del poeta es un material que incluso la gente del teatro recomienda, es muy reconfortante. Me pasó de gente que salió y me abrazó llorando. Ojalá esté mucho en cartel así llega a la mayor cantidad de gente posible.

¿Escribir para cine o para televisión influye en tu escritura teatral?

Sí, la obra que te comenté antes, la del cello, la pensé como una película. Tiene cuatro ámbitos que se van prendiendo y apagando. Raúl Brambilla, el director, también se relaciona con el cine. Es una obra muy climática donde las artes se mezclan: tiene música y una mirada cinematográfica. Para escribir a mí me sirvió mucho la televisión y el ser actor. Muchos escritores de teatro terminan haciendo textos duros para la representación. Escribir un texto blando es saber cómo decir una frase, que resulte creíble, y no tiene que ver con que se cuenten cosas cotidianas.

¿Nunca escribiste una obra para actuarla vos mismo?

No, no tengo el ego tan grande. Lo que me gustaría hacer es dirigir, pero no sé si una obra mía porque creo mucho en la creatividad del otro que suma. A un tipo que lee un material de cero se le pueden disparar un montón de cosas que a mí no porque yo ya lo escribí y no tengo la mirada de afuera. Esta lectura del otro hace crecer un texto y entonces gana el espectáculo.

Pasando a tu trabajo en Argentores, ¿está difícil ahora defender al autor?

Como directivo en Argentores estoy trabajando hace diez años. Empecé como vocal con Migré, después pasé a ser vicesecretario y luego secretario de Tito Cossa. Más tarde mis compañeros creyeron que yo podría ser el presidente de la entidad. Para mí es un honor. En la secundaria, en el Otto Krause, ya era directivo estudiantil En Argentores pude desarrollar esa parte mía y desarrollar mis ideas. Como presidente es como si tu palabra valiera doble y, además, en la institución hay un consenso que hay que agradecer. Tuve grandes antes en la presidencia Roberto Cossa, Ricardo Talesnik…, pero a mí me eligieron más por mi capacidad de gestión, y no tanto por mi nombre o por mi trayectoria. Tengo clara la lucha por la defensa de los derechos, y sobre todo estamos trabajando con la televisión, con el rol del autor. Es algo que ya empezó Cossa. Los canales se apropian del material del escritor y lo transforman en un escriba y no en lo que es, el creador, el que se sienta todos los días a escribir una novela o el producto que sea. Más allá del pago, está el tema de que después ese autor se queda sin su obra porque lo obligan a ceder los derechos a perpetuidad. Desde quince años a esta parte, cambió el negocio para la televisión. Antes estaba en la venta de las latas, las novelas que se producían acá y luego se vendían. Ahora esto se ve poco o casi nada. Lo que se venden son los libros. Entonces los productores tienen que apropiarse de los libros y hacer su negocio. Antes, por cinco años los autores le daban los derechos al productor, pero después la obra pasaba otra vez al autor que lo vendía afuera: Migré, Lozano Danna lo hicieron y pudieron vivir de sus materiales. Nosotros como institución tenemos que apoyar esto. Lo que les pedimos a los productores es que sean más generosos, que reconozcan el trabajo de los autores. Queremos hacer un convenio con Capit (Cámara Argentina de Productoras Independientes de Televisión); y si no, tendremos que recurrir a la ley.

¿No pasa en todos los ámbitos que el autor está un poco relegado?

Es verdad. En cine pasa que, cuando publicitan las películas, el autor está perdido en un lugar no visible. El autor junto con el director son los que tienen derechos sobre la obra. Como los productores no pueden tocar al director, al autor lo fueron corriendo. Estamos luchando para que se ponga el nombre del autor donde corresponde. En teatro sucede que los productores de las obras comerciales, especialmente, no reconocen los derechos del autor en su totalidad.

Termina la charla cuando suena el teléfono y Miguel Ángel tiene que volver a su trabajo en Argentores. Todo lo que te permita expresarte te aleja de la locura y de la muerte, dijo un rato antes, y creo que es una buena frase para cerrar nuestra conversación.