Todos éramos hijos, de María Rosa Lojo

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Hay que tener un deseo que se sostenga, espíritu y alguna deuda pendiente con el pasado cercano. Y hay que tener coraje. También, en lo posible, tal vez el requisito más difícil, hay que escribir del modo en que ella lo hace. Entonces nos encontraremos con una novela teatral (de hecho, los capítulos finales son tres escenas del género dramático, y hasta de tragedia griega, porque el coro glosa los diálogos de los personajes), con un pleno homenaje a Arthur Miller y su “Todos eran mis hijos”, el correspondiente juego de palabras con el título y por de trás, o casi por delante de todo esto, la historia de Frik, el alter ego de la autora, una adolescente a punto de terminar su secundaria en un colegio católico en Castelar. Por momentos enteramente testimonial, en otros tan lírica como siempre (por suerte, los momentos en que la prosa poética de María Rosa aflora pueden ser un remanso en la lectura que duele, se pone áspera, sangra).

Me distancian diez años con Lojo, y pude reconocer, hija asimismo de inmigrantes españoles, muchos de los discursos que circulaban entre 1972, la vuelta de Perón, Ezeiza, las elecciones, Cámpora, las intervenciones de la facultad, en especial la de la Filosofía y Letras (una amiga de la familia pasó lo propio y lo recuerdo perfectamente), el momento en que Perón le baja el pulgar a Montoneros (“esos imberbes”, los llamó), la muerte del General, el advenimiento de Isabel como presidenta, la presencia oscura, negra, de López Rega y todo lo demás. En el medio, adolescentes que representan la obra de Miller, compartiendo escena por primera vez los chicos de la escuela de curas con la de monjas, mezclas que no se producían por esos años. Una obra que bucea en la responsabilidad de los padres hacia los hijos y cómo puede volverse un arma de doble filo, una especie de trampa mortal. A Frik, que se ve siempre pasando desapercibida, le toca (¿le toca? Creo que estuvo muy bien elegida) el papel de la madre, Kate Keller.

Se cuela la Teología de la Liberación, el padre Mujica, los palotinos y hasta la Iglesia de Santa Cruz, allá donde desde el ’76 y hasta el ’78, yo iba, cual penitente, a misa de los domingos, la llamada “misa de la juventud”, con guitarras, canciones como “Libros sapienciales” o “Presente” y sermones que hablaban de un mundo más parejo, más equitativo. Así que me abismo en la lectura, parte también de un lugar donde quizás estuve con Gustavo Niño (el alias de Astiz infiltrado) o las monjas francesas, sin saber…Tantas cosas, sin saber, por esos años.

La justicia poética, un criterio literario o más bien dramático donde en el Siglo de Oro Español, en el teatro, al final a cada quien le tocaba lo que merecía, se ejerce en plenitud en las escenas últimas de la novela, donde un padre y un hijo se reencuentran, y las deudas de la autora se saldan con Ana, su madre.

Lo demás corre por cuenta de la lectura que hagan ustedes.

Ojalá lo disfruten.

 

Silvina Rodríguez lleva adelante el proyecto Tierra de Libros que trabaja en el fomento del hábito de la lectura en ámbitos escolares y comunitarios en general.