Frances Ha

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Al igual que en otras películas del director Noah Baumbach, el relato no está dirigido por una trama de fórmula, sino por cierta cadencia en el montaje y el dialogo. “Frances Ha” parece hecha por completo de las partes que en otras películas se desechan por disgresivas. Es rítmica, musical.

Frances Halladay (Greta Gerwig) es bailarina y vive con su amiga Sophie (Mickey Sumner), con quien tiene una amistad antológica, en ocasiones complicada como una relación amorosa. Juntas crecen de a saltos, en una de esas relaciones que reposa en los excesos de confianza hasta que terminan por volverse familiares. Pero Sophie un día decide mudarse con su novio, dejando a Frances sin compañera de departamento y sin plata para mantenerse sola. Así es que termina viviendo por un tiempo corto con Lev (Adam Driver, de la serie “Girls”), que vive de mujer en mujer y tiene en su habitación fotos de gente que no son sus familiares ni conocidos, solo un tema de conversación, y Benji (Michael Zegen), que termina haciendo las veces de Sophie. Frances después viaja a Sacramento, donde vive su familia, y luego hace un viaje corto a Paris y otro a Poughkeepsie, donde había estudiado, siempre esperando encontrar algo de ella misma que en verdad solo puede estar dentro suyo.

Hay una cierta ansiedad en la forma de citar de Noah Baumbach. Cuando señalan referencias, sus personajes parecen un tanto abrumados por la cultura, como si hablara en lugar de ellos y los obligara a saltear experiencias. Ya desde su primer película, “Kicking and Screaming”, es que nos hace escuchar el nombre de autores y obras como temas de conversación, llegando al extremo en su clásico independiente “The Squid and the Whale”. Y esta ola llega a “Frances Ha” primeramente a través de la música de George Delerue, un compositor favorito de la nouvelle vague francesa. También es en este sentido que la fotografía en blanco y negro parece apuntar a las películas de Jean-Luc Godard, François Truffauty Jean Eustache, y a “Manhattan” de Woody Allen (que de manera parecida usa a Gershwin en la banda sonora). Así, la fotografía iguala a esta Nueva York con la Paris de los ’60.

Como resultado, Frances hace un viaje rápido a Paris de dos días, solo para trasladar su confusión de un punto a otro, con la diferencia de que en Francia aprovecha para leer a Proust.

En ese viaje se encuentra con el mismo caos existencial de su vida en Nueva York, extrañando su relación con Sophie, a la que sentía como su verdadero hogar, donde el mosaico inacabable de relaciones sentimentales encontraba lugar en el anecdotario de lo cotidiano, donde su mejor compañía era a quien contarle estas cosas y no con quien las hacía.

En su vuelta a Nueva York enfrena un dilema, seguir aspirando a hacer una vida como bailarina o aceptar la realidad de su condiciones y convertirse en coreógrafa. ¿Pero cómo Frances, que entra por el agujero del conejo y sale por el mismo lado, va a coreografiar su vida?

La banda sonora toca un montón de canciones pop, y tiene un momento perfecto con “Modern Love” de David Bowie mientras Frances corre por las calles neoyorkinas. Es en esta y en otras escenas en donde el encanto de Greta Gerwig parece milagroso. Ella no solo protagonizo memorablemente la película sino que también la coescribió junto a Baumbach. Su influencia se hace notar, ya que Baumbach no utiliza su típica crudeza y mordacidad con que supo atacar cuestiones de la niñez y la adolescencia a un nivel escatológico-existencial, como en “Margot at the wedding” y “The Squid and the Whale”.