Las alegrías sociales

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Las alegrías sociales son siempre muchas menos que las tristezas sociales. Lo saben aún quienes no participan de ellas. Las alegrías sociales son pocas, pero cuando aparecen el contagio y el nivel de felicidad se eleva hasta superar las expectativas individuales. Una fresca brisa sociológica nos envuelve y en cada sonrisa anónima encontramos nuestra propia sonrisa. Percibimos un verdadero sentido de la hermandad.

La aparición del nieto de Estela de Carlotto fue uno de esos momentos gloriosos. El propio concepto de “aparición” es ya una clara redención del doloroso término “desaparición”. Marechal hubiera dicho que es tanto una Victoria Celestial como Terrestre. Un paso más en la batalla. Conmovidos, tuvimos todos una alegría de gran mayoría, una hermosa alegría redundante. Porque la lucha de Abuelas y de todos los Organismos de Derechos Humanos, es hoy, a casi 40 años de su comienzo solitario y peligroso, una lucha de todos, incluso más allá de las fronteras. La emoción recorrió ese día todas las lágrimas y un llanto feliz nos bautizó en el nombre del renacimiento y de la identidad revelada.

Claro que no todos fueron generosos con sus lagrimales. Hubo gente que no participó y manifestó su sofisma en forma descalificadora, ad hominen. El consenso completo es una falacia totalitaria; en democracia lo que define es la mayoría. Majority rules. Allí están, en la cloaca global, como prueba irrefutable de una falta de humanidad escalofriante.

Las alegrías sociales no son muchas. Nunca. En nuestro país la mayor parte de ellas estuvieron siempre ligadas a lo deportivo. Seguramente, en algún momento de nuestra historia, el carnaval también despertó alegrías sociales; por si quedaban dudas la dictadura se encargó de exterminarlo, la derogación del feriado de carnaval fue apenas una muestra. Para su desgracia y como en tantas otras cosas, la memoria permaneció y fue el terreno donde se plantaron y hoy florecen esas mil flores.

Las alegrías sociales vinculadas con los derechos y la política fueron pocas a lo largo de nuestra historia. Una de las que más recuerdo fue la vuelta de la democracia, a finales de 1983. Se respiraba la esperanza y la justicia; se podía percibir el clima de fiesta comunitaria. Pero esa felicidad duró poco. Si bien se forjó un espíritu democrático, ya la mayoría comprendió que la democracia representativa era siempre mejor que cualquier dictadura, las alegrías sociales de esa magnitud debieron esperar hasta el siglo XXI para renacer.

Las luchas que se dieron durante la década del ’90 y sobre todo con la crisis del 2001, estaban cargadas de pesimismo. La presencia de la gente en la calle no mostraba alegría, sino un deseo de cambio, se percibía una esperanza necesaria, pero más que nada era la demostración palpable que el neoliberalismo no contemplaba a las mayorías.

El vuelco dado a partir del 2003 con la derogación de las leyes del olvido y la activación de los juicios a los genocidas, generó una renovada fe en la justicia y por lo tanto creó las condiciones para una nueva alegría social. La historia y quienes la pelean nos dieron nuevas alegrías. La ley del matrimonio igualitario fue una de las más importantes. Quedó claro, sobre todo frente a la minoría que refunfuñaba, que se había conseguido una ampliación de derechos. Que el país era ahora un lugar más justo para todos. El festejo del bicentenario fue el preludio. La felicidad se estaba gestando y para julio coronamos con la sanción de la ley.

Estos acontecimientos, al igual que la aparición del nieto de Estela, trascendieron las fronteras partidarias. Fueron alegrías que, en general, compartimos aún quienes pensamos diferente, pero tenemos en claro que la justicia y la democracia son posibilidades concretas y no utópicas entelequias. Hubo voces disidentes, minoritarias y está bien que existan, siempre y cuando se mantengan dentro de los límites del sistema de derecho.

Las alegrías sociales nunca son muchas. Hay que aprovecharlas. Disfrutar del momento, poder ser parte, aunque sea en forma infinitesimal, de ese héroe colectivo que Madres, Hijos y Abuelas (y un poquito el resto), supimos conseguir.