Pablo Sala, Cóndor de Plata 2014 por música original de La vida anterior

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Ganó un Cóndor y es lógico. Los cóndores son aves que no poseen subespecie, es decir, son únicos en lo suyo. Así es Pablo. Cuando viste formalmente se pone zapatillas, por ejemplo, para un casamiento, pero en su vida cotidiana apoya su andar sobre ojotas Adidas —y si está fresco el clima las lleva con medias—. Así me recibió este amigo músico o músico amigo; da igual: él es música. Pablo Marcelo Sala, nacido en 1969 en la Ciudad de Buenos Aires, bostero, de “Piscis con ascendente en Tauro”, declarará. Y preparó el mate. No cualquier mate, claro. Un hombre que sabe de arte lo prepara con agua mineral y lo ceba con sumo cuidado.

Eran las seis de la tarde de un día de semana y él interrumpió sus largas jornadas laborales para sentarse conmigo en el patio de su casona de Villa del Parque —reciclada, decorada con objetos traídos de sus viajes, objetos llenos de significado— en la que convive con su esposa, una japonesa encantadora que dice chabón con la elocuencia de una porteña. Así, custodiados por las decenas de orquídeas que cuida y exhibe con orgullo, le propuse viajar un rato por su historia.

Pablo Sala

¿Cuál es el primer recuerdo que tenés de la música?

Muchos de los miembros importantes de mi familia: abuela, papá, segundo papá, y paquete de tíos, estaban relacionados con la música. Tengo mucho familiar músico. Por eso estuvo presente siempre. El primer recuerdo fuerte de que la música me haya llegado de una manera diferente, no como la simple banda sonora que todos tenemos en la vida, fue cuando yo tenía unos 4 años, una cosa así.

¿Y cuál es ese recuerdo?

Un tema de los Beatles, Ticket to ride, Boleto para pasear. Me hipnotizó.

No sabe por qué esa canción lo movilizó tanto, pero lo recuerda como algo presente, tangible. Incluso al cumplir los 6 años, cuando aprendió a escribir, le pidió a su padre que le escribiera la letra para ver si podía pronunciarlo en inglés. Es su recuerdo primero y el más fuerte.

Papá músico, dijiste…

Papá músico, bohemio. Abuela materna profesora de piano. Mi vieja se separó y se volvió a casar con un músico también. Lo interesante es que mi viejo tenía un acercamiento a la música más etéreo, más místico, de las musas, de lo innato, cantaba, tocaba la viola y componía; y el segundo marido de mi vieja era un laburante de la música, un obrero: un tipo de trabajar de tal hora a tal hora, tocando en teatros, orquestas, acompañando músicos. Para mí era como tener las dos puntas. Ellos me dejaron esa enorme herencia, poder hacer las dos cosas: lo más etéreo que uno puede hacer musicalmente es componer, y poder trabajar y vivir de compositor es haber logrado un poco la combinación de las dos cosas.

En tu página web dice que sos compositor y diseñador de sonido. ¿Qué implica eso?

Un compositor, tradicionalmente, es un tipo que imagina una música y la escribe en un papel. Una música que antes no existía y ahora es nueva; aparece a partir de crearla, de componerla. Un diseñador de sonido hace lo mismo con el resto de los sonidos que componen una pieza audiovisual: ambientes, diálogos ruidos, efectos especiales de sonido. Tiene que ver con diseñar todo lo que suena en una película, pensándolo desde el guión, desde la narrativa, creando climas y creando el marco de la historia con los sonidos, que no son necesariamente musicales. Digo, a la hora de hacer una película, cómo van a ser los ambientes, los ruidos, los disparos, los pasos, las voces. El desarrollo y el diseño de eso que influye estéticamente por un lado, pero también dramáticamente en lo que transmite una película o una pieza audiovisual desde el sonido, que es un narrador invisible.

Entonces, ¿hay una separación?

Yo lo separo porque formal y laboralmente hay compositores de música por un lado y diseñadores de sonido por el otro, pero mi cabeza piensa el sonido como una sola unidad y si la composición sonora pasa por un instrumento musical, compongo música; pero si pasa por algo que tiene que ver con un ambiente o con un ruido desarrollo sonido o, inclusive, las dos cosas juntas. Muchas de las cosas que compongo para las películas tienen misturas o es muy delgada la línea que separa a los instrumentos musicales de ser sonidos simples, y a los efectos sonoros de ser música. Delgada la línea que los separa y constante el cambio de roles.

Me explica, entonces, que la idea de separar las actividades es una cuestión de ofertas laborales: el que vea su página lo puede llamar para cualquiera de los dos rubros. Sin embargo, él se define como un compositor sonoro, alguien que compone abarcando desde la música hasta los ruidos.

Si tuvieras que hablar del sonido, ¿qué dirías?

El sonido tiene una cosa maravillosa que tiene que ver con la no conciencia. El cerebro no deja de procesar la información que oímos, nunca en la vida. No solo escuchamos desde antes de nacer sino que el oído es uno de los últimos sentidos que perdemos al morir. Y fijate, por ejemplo, que la vista la podés detener, podés cerrar los ojos, podés dormir, pero los oídos no los podés apagar nunca. Mientras dormís una parte de tu cerebro, que no tiene que ver con la conciencia, está alerta todo el tiempo oyendo, analizando, procesando y enviando al consciente información solo si es necesaria. Entonces, es muy lindo lo que uno puede crear y componer desde el sonido, para que esa parte del cerebro esté entretenida, cree cosas y mande a la conciencia una historia. Si vos estás viendo una película, vos prestás atención al diálogo, a lo que pasó en la escena anterior, a jugar a adivinar lo que viene, y no estás dando bola a cómo es el ambiente o el ruido de un tren, o los pasos de ese personaje, pero lo estás escuchando y el bocho te llena de información deducida sin avisarte. Eso es lo interesante como compositor sonoro: jugar a lo que psicoacústicamente producen los sonidos en un espectador. Esto tiene algo de magia.

¿Qué lugares te permitió conocer la música? Desde lo concreto o desde lo metafórico.

Es muy difícil después de cierto momento de mi vida pensar en esto… Creo que hoy es al revés: todo, absolutamente todo, pasa por la música. Que podamos decir que me empujó y conocí, sí, hay situaciones y lugares como estar en la Antártida grabando un concierto —que es un disparate—, hasta haber estado en Portugal, que es un lugar al que siempre quise ir y me llevó un laburo. También conocer gente que nunca pensé que iba a conocer. El diseño del sonido por ejemplo, cuando hice la reapertura del Teatro Colón, me puso con una varita mágica en 25 segundos manejando una consola de sonido para 250 000 personas, cosa que jamás pensé en mi vida que iba a pasar. A todos los lugares en los que estoy hoy, me lleva la música.

A partir de lo que me contás, pienso: hace 20 años atrás, ¿soñabas estar en donde estás hoy en relación a la música? Más que soñarlo, ¿lo veías factible?

Hace 20 años atrás trabajaba como vendedor en una casa de música y en ese momento, la música en sí, era todo sueño. Si hoy es todo realidad, en ese momento era todo sueño. Y no sé si lo creía tan factible. Estudiaba mucho y trabajaba, pero la realidad me estaba carcomiendo un poco los sueños, aunque no le aflojaba… Lo que me pasó a esa edad fue darme cuenta de que no iba a llegar a la música por el camino que yo pensaba, que era el camino por el que te dicen que hay que llegar. Y me estaba sintiendo bastante mal porque veía que cada vez era más imposible llegar y cada vez era más una utopía vivir de la música. Pero al final encontré otros caminos.

Por esos años, Pablo, estudiaba para concertista de guitarra clásica, que fue “como intentar estudiar de Messi [se refiere al futbolista argentino Lionel Messi], una cosa absurda”, afirma. Y lo dice porque Argentina es un país en el que se consume muy poca música clásica y el espacio que hay para alguien que estudia ese instrumento es muy pequeño en el mundo. “Es como que un tipo abra una escuela para ‘recibirse de Messi’ y vos vayas”, agrega. Algo que a él, exagerando una autocrítica como instrumentista, hoy le parece ridículo. Pero su sueño de aquél entonces era el de tocar guitarra con una orquesta atrás, tocar Aranjuez, los grandes conciertos para guitarra y orquesta. “Lo lindo que tiene la Argentina es que acá podés estudiar cualquier cosa, aunque después no puedas ejercer lo que estudiaste. Pero es lindo, porque hay otros países en los que ni siquiera podés aprender”, reflexiona este músico mientras sigue cebando mate y la tarde empieza a oscurecerse.

Entonces, ¿cómo llegaste a la música?

Descubrí que había otros caminos: un poco descubrí y otro poco me fue como cacheteando la vida y me dejé llevar. El sonido me abrió un montón de puertas: trabajar con el sonido desde la tecnología. En el secundario yo había estudiado electrónica y en la década que yo trabajaba en la casa de música entró la electrónica de manera muy fuerte y de forma accesible a la música. Yo sabía electrónica y estaba estudiando música, entonces, fui un referente para muchos de los músicos de acá desde la educación: di clases, enseñé a manejar equipos, desculé al toque las primeras computadoras que hacían música… Fui un tipo muy consultado en esa época, siendo un pendejo.

Era un pendejo, sí, tenía 23 años. Tuvo un programa en Cablevisión, en el canal Cable Saber de educación a distancia, en el que daba clases de cómo manejar la tecnología del momento; también en Canal 7 hizo micros sobre el tema. Para esa época editó un libro sobre los temas que enseñaba en la pantalla chica con la prestigiosa editorial musical Ricordi, y escribió notas de actualidad musical en cuanta revista del género había en el país.
Así fue como con el background de haber estudiado electrónica y trabajar en una casa de música, recibió la ayuda del momento histórico: se puso de moda la computadora para crear música. Y un lindo día de 1999 lo convocaron para hacer la banda sonora de la película Cabecita rubia. De casi no componer y tocar música de otros, pasó a hacer su primer largometraje.

Y eso fue solo el comienzo…

Sí. Con lo audiovisual empecé a componer. Y es el día de hoy que compongo muchísimo y con mucha facilidad pero solo cuando tengo una historia que contar y una imagen adelante. Creo que es un tipo de tara. No soy el tipo de la musa inspiradora, no. Me contás algo y se me empieza a ocurrir la banda sonora automáticamente.

¿Qué creés, entonces, que fue lo fundamental para que hoy estuvieras donde estás?

Todo lo que aprendí en mi vida, de todo, de cualquier cosa, lo aplico a mi trabajo. Todo lo que guardaste en la mochila te sirve. Es increíble, pero sirve todo. El otro día Aki [su esposa] estaba escuchando algo que compuse y me dijo que escuchaba los elementos y sabía de dónde yo había sacado cada uno. Que este era de cuando viajamos a tal lugar y este instrumento me lo había comprado en este otro. La emocionaba ver que miles de historias nuestras y cosas que hicimos estaban resumidas en un tema musical, que no existiría de esa forma, si no hubiésemos hecho esas cosas. Por eso digo que todo sirve y que todo se transforma en música, en sonido, en narración sonora en una peli.

¿Cómo es el proceso de hacer la música para una película?

Hay dos maneras, o extremos. Hay gente que tiene un concepto muy antiguo que es que la música decora. Esos te traen la película casi terminada. Muchas veces le pusieron músicas de otras películas para acompañar y te dicen “ahora hacele vos la música, o hacé algo parecido a esto”. La otra manera, que es la que corresponde, empieza antes: te traen el guión, lo leés y ayudás a contar la historia. La música es parte de la herramienta de narración, de la forma de contar. O sea, vos tenés una historia que tiene un marco geográfico, histórico, con situaciones y eventos que le pasan a ciertos personajes y que van a estar acompañados de una música. Pero el eje es lo que querés contar. Lo que se llama la música incidental va marcando los incidentes, te va diciendo como interpretar lo que estás viendo sin redundar, y tu cabeza forma una explicación de lo que ves, hace juicio, adivina especula o afirma. Por ejemplo: aparece un tipo en escena y depende de la música que lo acompañe, vos sospechás —o hasta afirmás— si ese tipo es bueno o malo. Es la música la que te cuenta que el personaje la pasa mal, o la que te avisa “asustate que se pudre todo”.

¿Qué lugar ocupa la música, el sonido, en una película?

La música cobra un lugar interesante porque narrativamente está empujando la historia, está contando las cosas que no están literalmente explicitadas en la imagen o en los diálogos. Con la música podés generar una tercera idea. Hay una parte de la cabeza que está fabricando cosas cuando vos escuchás. Con los sentidos redondeamos, nunca vamos a percibir la verdad ni la realidad completa. Todo lo que creemos que nos pasa es perceptual, que quiere decir que aquello que vemos está procesado por el filtro de nuestra percepción. Y esa percepción tiene que ver con nuestras condiciones físicas de percibir y también con nuestra memoria, que es lo más importante. Es decir, vos escuchás algo o ves algo, y detona automáticamente millones de informaciones que ya están en tu cabeza: en base a eso sacás una conclusión. Con el sonido, este proceso es mucho más inconsciente que con la vista. Entonces, es muy interesante, al hacer música y sonido para una película, detonar elementos de la memoria para que el espectador fabrique una idea.

¿Por ejemplo?

Si vos tenés una escena en la que alguien dice algo y le está pasando algo, y con la música contás lo opuesto, el espectador consciente o inconscientemente busca coherencia entre las dos cosas aparentemente opuestas, y ahí forma una tercera idea en su cabeza. Eso es lo bueno de hacer el diseño de sonido. Donde el espectador se siente enganchado porque su cabeza está fabricando elementos que no están. Cuando vos decís “no sé por qué, pero vi esa escena y me puse a llorar como un hijo de puta… Lo que dijo era una boludez, pero lloré como un perro”. Bueno, ese es el logro de la tercera entidad, la diferencia entre hacer un trabajo bueno o malo, se logra cuando se le puede delegar al espectador una parte, que su cabeza trabaje, y no dar todo masticado y digerido. Lo que vos querés contar o transmitir, le llega por conclusión propia.

Algo de esto seguramente le debe haber pasado mientras componía la música original de La vida anterior, película por la que acaba de recibir un Cóndor de Plata (2014) en el rubro “música original”, premio que otorga la Asociación Cronistas Cinematográficos de la Argentina (ACCA).

Si te digo La vida anterior y te pido que me cuentes tres cosas de ella, ¿qué es lo que se te viene a la cabeza?

La cantidad de laburo que me llevó, la cantidad de cosas que aprendí y la cantidad de gente maravillosa que conocí. En esta peli compuse la música e hice el diseño de sonido, pero también hice coaching de actores. Los personajes eran estudiantes de música, o músicos y tuve el rol de enseñarles a manejar sus instrumentos. Con Sergio Surraco, el cello; con Juan José Camero, el bandoneón; con Adriana Aisenberg, los modismos de una estereotípica maestra da canto alla italiana. Además de trabajar con Esmeralda Mitre, quien canta en el film, pero su voz fue doblada por la soprano Mirta Arrua Lichi. Estuve en rodaje coordinando las escenas de músicos y compuse canciones o fragmentos en italiano, inglés y alemán, apoyándome en tres pacientes traductores. Un aprendizaje enorme y con gente tremendamente talentosa a mi alrededor. Sumado a que al grabar la música trabajé con gente de la sinfónica nacional y el maestrísimo Nestor Marconi tocó el bandoneón.

¿Qué significa el Cóndor de Plata en tu vida profesional?

¿Hoy? Todo. En primer lugar fui nominado en los dos rubros que hago, lo cual quiere decir que también los cronistas disfrutaron y oyeron el sonido del film como una sola cosa sin separar música de sonido. Eso fue para mí el premio mayor, cuando me enteré la doble nominación me puse a llorar como un pibe. Después —la verdad— no pensé que ganaría ninguno de los dos, y menos estando nominado junto a Emilio Kauderer por Metegol de Campanella, o al duo Goldstein-Tarrab por Wakolda de Lucía Puenzo, el film que nos representó en los Premios Óscar el año pasado y que arrasó con los Cóndor de Plata en esta entrega. Pero en fin, la vida te da sorpresas y a mí me las dio La vida anterior [risas].

¿Qué particularidad tiene tu trabajo para que vos lo sigas eligiendo todos los días?

Primero, que a esta altura de mi vida, con este trabajo, fluyo yo como individuo. Me permite crecer constantemente, renovar la gente con la que trabajo todo el tiempo. Yo tengo un defecto que con mi trabajo se hace virtud: soy un tipo con una tremenda capacidad de dispersión y una tremenda capacidad de aburrimiento; y este es un trabajo que se renueva todo el tiempo. Empezar de nuevo porque terminó una película y ya se estrenó, conocer gente nueva, un director nuevo, entender a otras personas, meterse en otra historia, empezar con los primeros acordes, a mí eso me renueva. Creo en la gente, creo en las historias, me encanta ayudar a los directores a contarlas. En mi trabajo yo juego a componer la música que compondría ese tipo [el director], si fuese músico. Eso me ayuda muchísimo a no repetirme, a poder salir de mí mismo; y se lo debo a mi incapacidad de componer por fuera de lo que son las escenas, a que para mí no aparece la música hasta que no vienen a contarme una historia.
Yo no cambiaría por nada este laburo porque aprendo todo el tiempo cosas de la vida de otros y de la mía, de la vida en general.

¿Cómo definirías esas “historias”?

El cine es, literalmente, sueños fuera de las cabezas. Todas las obras artísticas tienen un poco de eso, pero el cine es muy concreto, es una sala a oscuras donde mucha gente espía un sueño ajeno. Y que alguien te deje meterte en su sueño, y ser parte de él, y recrearlo, está buenísimo. A mí me desvela.

Y esto es literal. Sabemos que Pablo, quien afirma que su músico favorito es Beethoven puede trabajar durante horas y horas, pasando el día y la noche, sin dormir.

La música es un arte, vos sos un artista, no creo que la música sea el único arte que desplegás… ¿qué más hay?

Si vamos a poner títulos, como dijimos antes, soy diseñador de sonido, compositor, creo que de alguna manera también soy guionista… No quiero exagerar, pero casi todo lo que me gusta lo tomo como un arte. Considero el arte como nada especial. Hacer arte es, simplemente, buscar la belleza en las cosas que uno está haciendo, y las cosas bellas están contando algo más allá de lo que son a simple vista. Es hacer una metáfora, un resumen, una traducción a otro lenguaje, al lenguaje de embellecer a través de nuestra subjetiva mirada. Todo lo que hagamos que implique un desperdicio de material en la búsqueda de hacerlo bello, que no haya economía de recursos sino que haya un pequeño despilfarro aunque sea simplemente de tiempo o trabajo, como para que aparezca la belleza más allá de la necesidad, de lo que tiene que funcionar, de lo que tiene que existir, de lo que se debe hacer o no hacer… Cuando uno tira un poquito de más al aire, buscando otra lectura, eso es arte. Entonces, creo que lo intento en todo, en todo lo que puedo aplico eso.

Tus asados son arte… Tienen ese despilfarro en búsqueda de la belleza…

Y nos reímos al unísono. Pablo suele invitar asados a sus amigos. Las mesas que prepara podrían ser exhibidas en una muestra de “placeres carnales”. Vinos, ensaladas, la infaltable salsa criolla que hace su esposa y sus manjares: desde provoletas y ajíes asados, hasta bondiola ahumada. Todo en abundancia. Y sí, es de los que sirven más aun cuando los comensales declaran que están a punto de explotar.

“Tener una receta, hacer una buena comida, pensar en los comensales mientras la hacés, y después ver sus caras de alegría al comer no difiere mucho de tener un guión, filmarlo, montarlo, ponerle música y sonido pensando en los espectadores y luego ver sus caras en la proyección. Yo siempre digo que el peor enemigo del arte es la miseria, la miseria desde lo tacaño, no desde la falta obviamente. El tipo que mezquina, que busca no gastar, no laburar, no perder tiempo, está atentando contra el arte. Porque el arte no tiene otro sentido más que embellecer, mostrar cosas que aparentemente sobran porque no son pa´ comer, ni pa´ sobrevivir, ni pa´ nada; son pa´ ser bellas noma´”, comenta Pablo, con voz queda, como cerrando.

Así cerramos la entrevista. Le agradezco por su amabilidad —su mayor virtud y, también, su mayor defecto—, nos reímos de esa característica y apago el grabador. Propone hacer otras mates y acepto encantada. Lo que resta del encuentro será un compartir sin preguntas preestablecidas, pero con la misma pasión. Me contará de sus proyectos nuevos, me hará preguntas interesantes, se reirá de mis ocurrencias y también de las suyas, me contagiará entusiasmos, se permitirá repensarse… Pablo es un amigo músico, porque sabe ser amigo y trabaja con la música. Pero es más que eso: él le canta a la vida, la celebra, la disfruta, la hace canción; así que el loco Sala es, por sobre todo, un músico amigo.

Sin repetir y sin soplar

¿Cuál es para vos el colmo de la miseria?
Los bancos.

¿Dónde te gustaría vivir?
Ahora, acá. En el futuro, en Tailandia.

¿Cuál es tu ideal de felicidad en la Tierra?
Amar.

¿Para qué errores tenés más indulgencia?
Soy indulgente con todo lo que no tenga intencionalidad pura, cualquier error que sea un error en sí concretamente.

¿Tu virtud preferida?
El humor.

Si no fueses vos, ¿quién te gustaría ser?
Buda.

¿Cuál es el principal rasgo de tu carácter?
Yo creo que la amabilidad.

¿Cuál es tu principal defecto?
La amabilidad.

¿Cuál sería tu mayor desgracia?
La infelicidad de los que amo.

¿Qué es lo que más detestás?
La miseria por sobre todas las cosas.

¿Qué don de la naturaleza querrías tener?
La luz.

¿Cómo te gustaría morir?
Durmiendo.

Trabajos

Desde 1999 ha compuesto la música original y ha realizado el diseño de la banda sonora de numerosas películas, documentales y mini series. Entre las últimas:
La vida anterior (2013) – Director: Ariel Broitman
Industria Argentina (2012) – Director: Ricardo Díaz Iacoponi
Las puertas del cielo (2012) – Director: Jaime Lozano
El mar del sauce (2012) – Director: Sebastián Sarquís
Esperando la carroza II (2009) – Director: Gabriel Condrón
Ecos (miniserie, 2012) – Directores: Sebastián Elichiri y Fernando Szurman
Backyard Sessions (documental, 2012) – Director: Santiago Charri