Patria o muerte, una aproximación a la autoayuda

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Se lo preguntaron a Aquiles antes que a nadie: ¿prefiere una vida larga y serena de la mano de la autoayuda, o quiere gloria eterna a cambio de morir joven pero sin venderle el alma al diablo? Y Aquiles, que odiaba la prosa lavada de los oráculos, eligió quedar en la historia. De ese entonces a hoy, los maestros espirituales han aceitado el truco poniéndonos en encrucijadas cada vez más complejas. Ya no se trata de vivir mucho en poco o poco en mucho sino, dicen, de vivir bajo el paradigma de la felicidad.

En lo personal, la encrucijada me llegó, por supuesto, vestida de cordero. Hace poco menos de un año mi chica me regaló un libro de autoayuda para mi cumpleaños. Recién empezábamos a salir y me pareció un signo de alerta: si ella, en la cresta de la fascinación, pensaba que yo iba a disfrutar un libro de esos, significaba que no nos estábamos entendiendo. El libro era El Poder del Ahora, de Eckhart Tolle, y si bien leí algunos pasajes, hoy está perdido en los anaqueles de mi biblioteca.

La verdad es que nunca fui amigo de la autoayuda. De chico me llamaba la atención El caballero de la armadura oxidada, me parecía, a simple vista, un libro profundo, pero un día intenté leerlo y era como hablar con una máquina sosa que pronuncia palabras suaves para personas tristes. Más tarde, a los catorce, me confundía a Saramago con Paolo Coehlo. Y un día, de nuevo, los leí y aprendí a distinguirlos. No terminé ninguno de los dos, pero a uno lo abandoné por desagrado y al otro por pesado. Lo pesado, sin embargo, se revistió de valor, era aquello a lo que iba a llegar con los años. Lo desagradable siguió siempre la misma línea.

No sé qué piensa la gente cuando abre un libro de autoayuda. Sus lectores son millones y en las librerías ocupan cada vez más espacio. Sin embargo, en la colonia de lectores verdaderos, aquellos que leen libros pesados, nunca está bien visto tener un ejemplar de esos en las manos.

Mi chica por supuesto pensaba distinto. Para ella un libro que te hace feliz por su calidad y uno que te hace feliz por sus resultados son básicamente lo mismo: experiencias positivas. Yo le decía que no, que un libro que produce resultados positivos es un libro negativo, porque en defensa de la salud mental se degrada la salud literaria. Las charlas eran lindas porque no había ningún punto de contacto, y ese abismo nos conducía siempre al ejercicio del sexo. Después yo me ponía cariñoso por demás y empezaba a tratar de entender qué éramos. Perdí meses intentando conquistar ese pequeño pronombre posesivo que tanto me significaba, no sé por qué. Podíamos pasar horas discutiendo sobre la naturaleza de ese mí…amor o tu…pareja…, todas palabritas que nunca quiso entregarme, estimo, porque eran igual de valiosas para ella. Finalmente dejamos de hablar del tema para impostar la madurez y la modernidad de nuestras mentes, y en esa ausencia dialéctica las cosas terminaron para siempre. Ya no éramos dos extraños peleando por entender el conjunto que formábamos, sino dos individuos sin deudas para con nadie. Ese, según dice Pema Chödrön, es un excelente lugar para empezar…

Autora del best seller Cuando todo se derrumba, esta monja budista americana llegó a mis manos por pura buena voluntad de una amiga que me vio triste. El gesto me pareció generoso y más por respeto que otra cosa me puse a leerlo. Dice una y otra vez que sentirse entre escombros es lo mejor que nos puede pasar para iniciar la reconstrucción. Habla de respirar profundo, de dejar entrar la angustia y de exhalar serenidad. Por supuesto, intenté llevar a cabo la práctica –eso que ella llama lojong–, pero no tuve mayores resultados. A menudo me acordaba del capítulo de Seinfeld en el que George Constanza se jacta de aprender una técnica de auto control basada en decir serenity now cada vez que es tomado por la ira, pero por más que lo aplica y lo aplica sigue tan iracundo como siempre, con la salvedad de que se escapa de las situaciones gritando serenity now como un enajenado. Algo parecido pasa cuando alguien poco afecto a las técnicas budistas trata de entender el mundo de la meditación.

No puedo negar, sin embargo, que muchas de las emociones que describe Pema son exactamente las que me atraviesan. Habla de los tres venenos: la pasión, la aversión y la indiferencia. La pasión, dice, es la ansiedad, la necesidad desesperada por resolver algo ya resuelto. La aversión es la furia porque las cosas no resulten como esperábamos, y la indiferencia… bueno, lo mismo da. Dice que esos tres venenos pueden funcionar como medicina. Solo es cuestión de desdoblarse, alcanzar un nivel de autocompasión nivel cinco, mirar nuestra existencia como un largo romance ególatra y dejar que todo sentimiento oscuro se desvanezca en nuestra precisión shaolin para el olvido. Pero a no desesperar, advierte, que el camino es largo. Y probablemente necesitemos de la lectura de un próximo libro. Ahí ya empecé a desconfiar. ¿Por qué, en vez de darte una solución definitiva, palo y a la bolsa, punch a la mandíbula, intentan desviarte hacia el largo camino del autoconocimiento? En ese aspecto, probablemente por ser el origen, la autoayuda funciona como religión.

Como sea, si bien me sentí comprendido por Pema, el problema seguía ahí. Mi ego herido, mi chica evanescente, mi súbita caída en la autoayuda. Decidí hablarlo con mi padre, que desde que tengo quince años me recomienda escuchar “Hero” de Mariah Carey y sentirme fuerte. Su respuesta, luego de una larga y coherente militancia en el género, vino en forma de libro: La nueva masculinidad, de Robert Bly. “Es un poeta que analiza la forma de la hombría en la modernidad”, me explicó. En él, Bly plantea que ya no tiene sentido aferrarse a la idea de macho, que el hombre en estos tiempos es aquel que acepta su humanidad, ese que se funda a sí mismo a partir de las heridas y se permite sentir dolor. No parece equivocado.

En otro momento más feliz mi viejo me había recomendado La llama doble, de Octavio Paz. Es curioso el pasaje de uno a otro. Cuando estaba entero me acercó uno de los libros más importantes que he leído, un ensayo fabuloso que bien serviría de autoayuda para el género autoayuda. Hoy en cambio me ve deprimido y me recomienda un libro cuya tapa ya me produce náuseas. Y para peor, lo leo. La vulnerabilidad, descubro, es la última estación del buen gusto, como si la experiencia del dolor nos hiciera olvidar las bases de la persona que somos. Supongo que creemos estar hechos de forma tal que nada nos va a lastimar. Supongo que al construir nuestro camino procuramos tener armas para defendernos. Pero la caída, sea cual fuera el motivo, indefectiblemente nos hace dudar. Ahí es cuando la serpiente de la autoayuda mete la cola. Lo hace, estimo, con buena intención, pero de vuelta, no intenta devolvernos a aquel que fuimos, sino llevarnos hasta otro paradigma, convertirnos en uno que no rechace este tipo de libros.

Saben los autores que el prejuicio es el peor enemigo de este mercado. No me explico, justamente por esto, por qué diseñan tapas tan desagradables. Nadie puede ir en el subte leyendo autoayuda sin que el resto se dé cuenta. El libro de Pema, por caso, tiene una flor blanca en la tapa. El de Bly la figura de un hombre que sostiene el mundo. Es como si el mercado, cruel porque sí, no quisiera ahorrarnos la vergüenza a los prejuiciosos, como si intentara mostrarnos cuan cerca está la degradación última.

La encrucijada de todos modos sigue estando. Muchas veces, en defensa de nuestra intelectualidad, pasamos meses olvidando nuestra felicidad. Es absurdo. El conocimiento o la cultura nunca fueron fieles proveedores de la dicha –más allá, claro, del placer endogámico de la pedantería. Por eso iniciar el viaje hacia el género fluorescente es más parecido a una renuncia que otra cosa. La tristeza, cuando es profunda, nos hace renunciar a la gloria de Aquiles y aceptar el pasaje a la armonía. ¿Por qué, sino, leeríamos algo que siempre rechazamos? Que rechazamos por prejuicio, sin duda, ¿pero hay algún rechazo más profundo?

En lo personal, siempre creí que la verdadera superación estaba en los libros importantes, aquellos que nos pueden hacer pensar en el problema e incluso hundirnos en una depresión más severa, pero todo en búsqueda de la verdad. “El camino es largo y requiere atención y aprendizaje continuos. Buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”, dice Italo Calvino al final de Las ciudades invisibles. Es el paradigma de la intelectualidad responsable: alcanzar el conocimiento cuesta, duele, y requiere tremendo esfuerzo y compromiso. La autoayuda propone otro camino: poner la atención no en la verdad de las cosas, sino en la necesidad de nuestro espíritu. Son, como para Aquiles, como para Calvino, dos caminos: el pedregoso recorrido de la cultura, con su culpa judeocristiana y su intelecto neurótico; y el somier de plumas de la respiración, los ejercicios en tres pasos y la elongación zen. Los réditos de uno y de otro, como siempre, se facturan hacia dentro del mismo paradigma. En lo personal, habiendo recorrido ambos, creo que el truco está en ser un doble agente y, en tiempos de crisis, no casarse ni con uno mismo. Aun así, no dejo de sentir que es paradójico verme leer, con la armadura oxidada puesta, este tipo de libros. Todo, siguiendo la tesis Dolina, se reduce a lo mismo. Mientras mi chica deja cada vez más de ser mi chica, yo me hundo con fe, con necesidad, en los únicos textos que estoy soportando leer. Pongo en ellos toda la esperanza de recuperarme y volver a ser, de nuevo, uno que rechaza la autoayuda, uno que no la necesita.

Tengo fe en que voy a llegar, el poder del hombre es inagotable y nadie más lo puede hacer por mí. Hay que reconciliarse con las zonas erróneas, hay que entender a la enfermedad como camino. Vamos bien. Por lo pronto, con el poquito de claridad que me regaló Pema, veo que regalarme El poder del ahora nunca fue un gesto de desconocimiento. Era mucho más oscuro y elocuente. Astuta como solo son las mujeres, preparaba el terreno para los libros que vendrían. Sabía, después de todo, que de Aquiles solo tengo el talón.