Recuerdos del futuro: a Cortázar en el mes de su modesta celebración centenaria

0
9

Fue a mediados de los sesenta cuando por primera vez tuve un encuentro cercano con un texto del Divino Julio. Fue con una historia de cronopios y famas que me divirtió mucho, me encantaron los cronopios e inmediatamente me consideré uno de ellos, pero con los y las famas me sucedió que me interesaron muchísimo y al poco tiempo caí en cuenta de que -desgraciadamente- me rodeaban por todas partes.

- Publicidad -

Luego vinieron unos poemas de Alejandra Pizarnik, que el Divino comentaba a raíz de su temprana desaparición y luego vino el libro que me abrió el mundo: Rayuela (1963). Siguieron entonces todos sus cuentos y libros, desordenadamente, desorden autorizado por la estructura de Rayuela. Ya el orden de los capítulos y de sus lecturas dejaba de ser importante y se establecían nuevas relaciones entre todos sus textos, o mejor dicho, se transcendían sus textos para construir el mundo, de nuevo y completo, un mundo donde nos encontrábamos ahora, en un ahora y un mundo nuevo después de Rayuela.

Desde ese nuevo mundo, donde imaginé, conocí y caminé tres ciudades conocidas y ahora desconocidas -París, Montevideo y Buenos Aires- escapaba con frecuencia a mundos satélites que orbitaban Rayuela ofreciendo otros lugares únicos: el velorio, la casa donde una criada eterna prestaba sus buenos servicios, el lugar nocturno donde tocaba Charlie Parker, la película donde un fotógrafo fue testigo de un crimen, y la casa donde dos hermanos se encierran y tiran la llave a la alcantarilla para sellar uno de los encierros más importantes de mi vida.

No podía en ese momento saber que exactamente diez años más tarde recorrería la Rue de Seine y llegaría al arco que da al Quai de Conti, para ver la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río. ¿Qué me había pasado en diez años? ¿Cómo era que estaba yo ahora en París, leyendo Rayuela por enésima vez, otra vez haciendo el recorrido de la Maga y soñando con Oliveira y pensando en Rocamadour? Porque ya nunca más podría ver el Pont des Arts sino a través de las palabras del Divino… El gueto del Marais, el Boulevard de Sebastopol, el Parc de Montsouris eran mis recorridos diarios. No porque deliberadamente yo los recorriera como fiel y tonto rito literario, sino porque mi vida estaba entramada en esos recorridos de manera misteriosa e incomprensible. Yo no hacía nada para ir a ninguno de esos sitios pero esos sitios, los del Divino, me conducían a ellos magnéticamente. Especialmente a un lugar en Rue du Cherche-Midi, donde fui a parar para mi desgracia y de donde pude salir viva.

Sucedió entonces con mi vida que durante más de diez años todo era Cortázar y su palabra exegética del mundo, de mi mundo, todo era sus textos, todo era Rayuela. No recuerdo en mi vida lectora otro encuentro con ningún libro como el encuentro con Rayuela. Ni los libros de la locura de leer de mi infancia ni en mi adolescencia hubo un secuestro total de mi vida por una obra de literatura… ¿Cómo llamar esto? ¿Fanatismo? ¿Cooptación? ¿Abducción? El autor no se enteró nunca de lo que me pasó con su obra, pero soy testigo de que eso pasa. Es decir, me sucedió a mí, es verdad, sucede, créanlo.