Chicas muertas, Selva Almada

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Una voz que reconstruye tres crímenes de mujeres muy jóvenes nos permite reflexionar acerca de un tema actual y muy doloroso: la violencia de género. María Luisa Quevedo de 15 años, Andrea Danne de 19 y Sarita Mundín de 20 son asesinadas solo por ser mujeres. El abuso, el desprecio, la misoginia recorren los capítulos de Chicas muertas de Selva Almada y nos conectan con otros tantos casos de crímenes que nunca se resolvieron, siempre con un común denominador: el sometimiento.

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María Luisa, de Roque Sáenz Peña, desapareció el 8 de diciembre de 1983; la encontraron unos días después en un baldío: había sido violada y estrangulada. Andrea vivía en San José y fue asesinada en su cama de una puñalada en el corazón el 16 de noviembre de 1986. De Sarita no se supo nada desde el 12 de marzo de 1988 hasta el 29 de diciembre de ese año. Sus restos fueron encontrados a orillas del río Tcalamochita en Villa Nueva Córdoba, aunque su familia jamás aceptó que ese cuerpo fuera el suyo. Todo esto está contado a partir de una primera persona que también es mujer y que también relata su propia historia donde está presente la imposición masculina de una sociedad muy machista.

Selva Almada elige la crónica para narrar los hechos, lo que le permite entrelazar el realismo más crudo con un lenguaje más poético por momentos, con esas descripciones que son su sello: una prosa sencilla, directa, escueta pero significativa, que no necesita muchas palabras para lograr transmitir lo perturbador de una situación: “En una mesa próxima, un tipo de unos cuarenta años tomaba una cerveza, y una nena de doce comía un sánguche. No eran padre e hija. (…), los gestos, las miradas, el cuerpo del hombre que cada vez se echaba más sobre la mesa, daban a entender que, en cuanto la chiquita terminara su pebete de jamón y queso, la reunión seguiría en otra parte. En alguna pensión de mala muerte de las que rodean la terminal o allí mismo en los baños. El tipo estaba pagando por adelantado, con una comida al paso, lo que tomaría después”.

El estilo de Almada también se vale de la mezcla de registros: uno más formal con otro más coloquial, a lo que se suma también la multiplicidad de puntos de vista de los participantes –las víctimas, los padres, los amigos, los vecinos–, y de los discursos que dan cuenta de los hechos –la ley, el periodismo, los mandatos sociales–; todos sirven para una reconstrucción detallada en la que es imposible no ponerse del lado de las víctimas. En este sentido, es significativo que no haya diálogos y que la voz de los personajes esté siempre mediatizada por la de la narradora. Es como si la imposibilidad de las propias víctimas de hacer oír su testimonio inhabilitara también la presencia de la palabra directa de los otros

Como en toda crónica, además, es importante el tratamiento del tiempo. Coexisten varios planos: la narración del momento de cada uno de los crímenes –en el contexto de la vuelta a la democracia–; la narración del pasado de la voz que relata; la narración presente que es la que intenta atar los cabos sueltos, ordenar los acontecimientos y conferirles una dimensión universal. Hay, en consecuencia, un tiempo mítico que excede estos hechos puntuales a través de ciertos toques literarios que estarían demostrando que existen verdades que requieren de la ficción para ser entendidas: la presencia de videntes que colocan el texto en un terreno casi fantástico o la comparación de María Luisa Quevedo con la Ofelia de Shakespeare vienen a reafirmar –parafraseando a Hamlet– que hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que uno puede imaginar.

Chicas muertas es una excelente crónica, casi de lectura obligatoria por su contenido, pero también por su prosa que se disfruta en cada párrafo.

Ficha técnica

Chicas muertas, Selva Almada, Random House, 2014, 192 págs.