Relatos salvajes

0
72

Como el nombre del film lo indica, Relatos Salvajes es una serie de seis narraciones breves donde el hilo conductor parecería ser la violencia. Al menos eso es lo que la mayoría rescata de manera inmediata. Sin embargo, es posible superar esa primera lectura, y analizar otras cuestiones que están en juego en la obra de Szifrón.

En primer lugar es muy claro que el film habla de la naturaleza humana. Para hacerlo, toma hechos de la vida cotidiana (asociada a sentimientos de venganza, de justicia, de protección) y a partir de ellos construye el verosímil de cada historia. Sólo que en determinado momento (los respectivos puntos de giro de los relatos) esa cotidianeidad se torna absurda, ilógica, exacerbada, delirante. Allí es donde aparece la violencia, pero lejos de verse como una solución, o algo positivo o catártico para el espectador, está puesta para denunciar las relaciones de poder asimétricas que el ser humano establece con su entorno. El dinero (otro de los grandes temas del film) y la violencia, sólo tienen cabida en este universo ficcional como la cara visible del poder. Paradójicamente, en estas relaciones asimétricas de poder, propias del ser humano, lo que se pone de manifiesto es la paulatina deshumanización. No es casual que los créditos del film asocien a cada actor con un animal salvaje (desde un halcón -Darín- a un zorro -el propio Szifrón- pasando por un cervatillo –Sbaraglia-). La locura (por definición una acción imprudente, insensata o poco razonable que realiza una persona de forma irreflexiva o temeraria) es lo que hace que los personajes pierdan realismo. El que quiera ver en Relatos salvajes una metáfora de la realidad del país, pasa por alto el hecho de que los personajes actúan desde lo irracional. Y este pequeño detalle es lo que aleja al film de convertirse en una radiografía y lo posiciona como una crítica muy ácida de la naturaleza humana.

Uno de los grandes aciertos de la película es el tono de grotesco que imprime a los relatos. El grotesco exhibe el rostro obsceno de toda realidad, devela las máscaras, evoca a la vez lo trágico y lo cómico, apela a la risa que se confunde con la angustia. En todos los episodios es claro el momento en que se da esa caída de la máscara (siempre representada por una mirada que paradójicamente enceguece al personaje). A partir de ese momento, se deja de lado la cotidianeidad, el lugar común con el que Szifrón atrapó al espectador, y se pasa a lo grotesco, a la exageración que genera una risa ante el horror y lo absurdo.

La obra de Damián Szifrón es, quizás y con razón, el estreno más esperado del año en la cartelera argentina. Esto, más allá de los méritos indudables del propio film, es interesante de analizar. Por un lado, como los mismos partícipes lo definieron en la conferencia de prensa, el elenco forma una suerte de dream-team. Szifrón convocó a los actores más potentes de la pantalla argentina (la versión criolla de un sistema de estrellas) con Ricardo Darín a la cabeza, seguido de cerca por Leonardo Sbaraglia, y otros actores que son de lo mejor de su generación como Rita Cortese, Darío Grandinetti, Oscar Martínez, Erica Rivas y, bastante más lejos que el resto, pero con algunos aciertos, Julieta Zylberberg. Por otro lado, hace ya unos años (más o menos de la mano de Campanella y su éxitosa “El secreto de sus ojos”) el cine argentino está comprendiendo que hay que pensar a las películas dentro de una industria que demanda no sólo buenas ideas y buenos actores, sino todo un aparato de marketing. En este sentido, se han mejorado los trailers de los films, se ha aprendido a generar expectativa a partir de ellos, se ha sacado provecho del estatus de estrella de los actores y se los han utilizado como verdaderos promotores del film. Si los productores capitalizan estos avances de los últimos años sin “quemar” a los directores y elencos, tal vez nuestra cinematografía genere un salto cualitativo y no sólo cuantitativo.

Lo que es claro es que Relatos salvajes lo tiene todo: un gran elenco, una buena narración comprensible para todos sin por ello caer en la chatura mental, y un aparato de producción que sostiene todo lo anterior.