Historias de Cabeza Partida

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Este miercoles a las 19 hs se presenta en el Museo de la Lengua en Buenos Aires este libro poético de Kekena Corvalán. Gabriela Pignataro escribió el texto que hoy publicamos:

Historias de Cabeza Partida: El todo se resta en la suma de sus partes hasta hallar la quintaescencia.

//En el punto más oscuro del día, se deforman los contornos de los objetos, se diluyen las paredes, se desarma la clarividencia tuerta de la rutina: el bosque lo toma todo. Una gran boca arbolada que escupe zapatitos y golondrinas, donde las lombrices devoran afanosamente llevándose a los muertos al cuarto oscuro del pensamiento. En el punto más claro de la noche se enciende el fuego primigenio. Y a su círculo se sientan lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos. Cada uno espejo en sí, cada vientre engendrando presencia, cada lengua mandrágora que habla con una misma voz//

Hay pocos instantes (por no decir, descaradamente pocos) en la existencia donde la cartografía de nuestro transcurrir se despliega en su totalidad delante de nuestros ojos, y nuestro yo disgregado pero aglutinado puede tocarse a sí, palparse , olerse.

Hay descarados pocos instantes, pero que indecible e inmenso misterio nos lame los párpados cuando aquello sucede.

Kekena Corvalán parece estar con las pestañas húmedas frente un ventanal atemporal donde el planisferio de la historia se tuerce, las raíces se enredan con la ropa, las fuerzas subterráneas emergen y rompen los cristales del mundo lineal.

Una mujer de cara lavada al indomable ejercicio  cronotópico del tiempo sobre la memoria, la memoria sobre el recuerdo, el recuerdo que vuelve sobre cruces marcadas en el piso que ya no están; la tiza lavada por la muerte de los otros el foco cenital sobre el propio eterno retorno.

El telón se descorre y la escena cruje, vacía , cruje el aire agitando las perchas con vestidos que flotan multiplicándose en el espacio; huellas radiantes que piden vestir los cuerpos desnudos que han sabido ser su carne en este mundo.

Cabeza partida es todo junto en sí: lo concreto, lo posible, lo imaginado; tríada que se sextuplica en la recién nacida, la nena-virgen, la vieja hechicera y se vuelve volumétrico en el plano  elevándose al cubo hacia abajo, hacia arriba y de costado.

Poseídas de una fuerza sobrenatural las páginas del relato se entrelazan hacia delante y hacia atrás, volviendo manto reversible el sentido de las agujas del reloj. Los (nuestros) dedos abandonan su cinética conciente y se dejan llevar embrujados por el espíritu invocado que abre la puerta de nuestra casa y nos empuja a un tren en movimiento en los ojos de una nena que se fugan hacia el centro verde  del mito y vuelve fénix niña-madre de sí y de imágenes poderosas, el escudo raíz que la templará como lanza partiendo en dos al abandono.

El opaco dolor de los olvidos esmerilados alimentan a un bebé capaz de acunarse a sí sin temor y la Vieja fortalecida en sus huesos prehistóricos enseña los pasos de baile y a su vez, reinventa para sí la música interior blasfema y purificada.

El círculo se completa, pero nunca se acaba. La tela de la memoria se vuelve cola de novia  en el pasado y cinemascope en el futuro. Recogemos la cosecha y proyectamos las semillas en nuevas viejas panorámicas, una y otra vez. Hasta recomponernos, para rompernos, sangrar y suturarnos. Hasta cicatrizar y cambiar la piel para volver a ser blanco de la guerra infinita de estar vivos.

Para hallarse, hay que perderse, profundamente perderse como diría Ray Bradbury. Ariadna solo recogió los hilos luego de enfrentar a la bestia, de nada hubiere servido volver si por un instante el  miedo a la verdad subyacente  hubiera cobrado presencia.

Cabeza partida es un universo completo en sí, con sus aristas y grietas por donde se nos permite, seductoramente entrever lo que refulge entre la miseria.

Me es preciso acotar, que comencé a leerlo abrigada a la medianoche y para su fin estaba en mi departamento rasgándome el vestido al grito de “necesitamos mitos, necesitamos ser la propia fábula que nos permita descreer de todo lo dicho”.

Partirse la cabeza es el rito de descomponerse para ser Frankenstein abrazándose a sí, sin creadores que le susurren el camino más que la propia ferviente voluntad.