Once nuevos motivos para leer un clásico

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1. Para Roberto Bolaño, el destino de la literatura argentina después de Borges podía seguir tres caminos: el de Osvaldo Soriano, el de Roberto Arlt o el de Osvaldo Lamborghini. Los tres, explica en Derivas de la pesada, son reacciones antiborgeanas. Después de Borges, dice al fin y al cabo, es imposible pensar una literatura que siga su tradición. El mejor de todos no inauguró una era, la terminó.

2. La aparición del libro más importante de la obra de Roberto Bolaño también da la impresión de abrir el juego, y sin embargo lo clausura. “Novela total”, como la define Juan Villoro, después de la publicación de 2666 ya no tiene sentido buscar la totalidad. Como El Aleph, como Historia Universal de la Infamia, 2666 clausura un segundo acto en la literatura latinoamericana.

3. Según Bolaño, Borges se hizo cuentista porque, existiendo Neruda, sabía que no iba a poder ser el poeta más grande de Latinoamérica. Si hubiera sido capaz de extender ese argumento en el tiempo, debería haber dicho que él mismo se hizo novelista porque, existiendo Borges y Neruda, sabía que no iba a poder ser ni el mejor poeta y ni el mejor cuentista de Latinoamérica. Si hay escritores en la lista de espera, el que venga después tendrá que inventar un género o disparar preciso en la frente de uno de los reyes.

4. Según Jorge Herralde, director de Editorial Anagrama y editor de Bolaño, 2666 es “la primera obra maestra del siglo XXI”. Publicada en octubre de 2004, un año después de la muerte del escritor, se convirtió en emblema de su obra. Bodoque de más de mil páginas, inaugura el milenio y cierra la obra de Roberto Bolaño, aunque posteriormente siguieron saliendo a la luz novelas y textos que el escritor no había llegado a –o no había querido– publicar.

5. 2666 abre el siglo XXI. No hubo a nivel mundial ninguna otra obra que haya cosechado la combinación de cantidad de lectores con críticas unánimemente favorables. Es, sin lugar a dudas, una obra mayor, tal vez la única que apareció en el milenio, la única con chapa de clásico, o con el suficiente marketing espontáneo para sostener afirmaciones como ésta. En el siglo XVII, en 1605, se publicó el Quijote. Su llegada significó la invención de la novela moderna. En 1806 se publicó el Fausto de Goethe. En 1902, El corazón de las tinieblas, de Conrad. En 1813, Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen. En 1925, de manera póstuma, El proceso, de Kafka.

6. El escritor chileno había dejado instrucciones de publicar 2666 en cinco libros distintos, las cinco partes que componen la novela. Pensaba que así iba a dejar una mejor fortuna a sus dos hijos. Entre Herralde, Ignacio Echevarría (quien se encargaba de la obra del autor), y Carolina López (su viuda), decidieron publicar un solo volumen. No parece haber sido una mala decisión. En octubre de 2004 se editaron 12 mil ejemplares. Un mes después, 3 mil más. Otro mes después, 5 mil más. Dos meses después, 4 mil más. Y otros dos meses después, 6 mil más. Esto solo en español. Para el año 2008, cuando el bodoque desembarcó en Estados Unidos, el libro ya era sensación. Fue elegido en Norteamérica como el libro del año, auspiciado principalmente por Susan Sontag, que en cuanta entrevista daba recomendaba leer a Bolaño. Ni el Fausto ni el Quijote contaron con la máquina comercial que existe hoy. En ese aspecto, si el camino del libro es el de volverse un clásico, lo único que ha hecho el mercado es acelerar el proceso.

7. Marcel Proust sí pudo hacer de En busca del tiempo perdido una obra maestra en siete tomos. Llego a ver en vida la publicación de cinco. Tal vez sea la novela más importante del siglo XX. Franz Kafka no dejó hijos y en cambio pidió a su amigo Max Brod que quemara su obra. Brod no lo escuchó ni medio y, ya con el amigo muerto, publicó El Proceso y El castillo, entre otros textos fundamentales. Jane Austen, cuenta Chesterton, dejó todo cuanto poseía a su hermana Cassandra, que a su vez dejó parte de esa obra a su hermano Francis, quien, a su vez, lo trasmitió a su hija Fanny, quien lo cedió a su hermano Eduardo, padre de la Señora Sanders, a quien debemos la publicación de Love and Friendship de, por supuesto, Jane Austen. Con los derechos de la obra de Bolaño no hay ni parece que vaya a haber tal pasamanos. Su viuda, Carolina López, es la única encargada de administrar lo que quedó, y parece estar dispuesta a mostrarlo todo. Para bien o para mal de su exmarido.

8. No hace falta googlear demasiado para encontrar autores que hayan copiado el estilo de Jane Austen, ni obras deudoras de la escritora inglesa. Alcanza con pensar en El diario de Bridget Jones, por citar un ejemplo, para ver cuán lejos llegó su influencia. Con Roberto Bolaño el entusiasmo no es menor. Si Austen, que firmó Orgullo y prejuicio como “A Lady” (una mujer), provocó semejante estallido en la literatura, poniendo a las mujeres en el centro de la escena literaria victoriana, Roberto Bolaño pareciera allanar el camino para el millón de poetas marginados que quieren vivir de su oficio. Escritor que genera ganas de escribir, el mismo Jorge Herralde dice que desde su aparición en la escena literaria ha recibido cientos de manuscritos al estilo Bolaño. “Es lo mismo que pasó con la aparición de Bukowski”, explica. Pero, si bien es cierto que cada escritor escoge y provoca sus precursores, no se pueden culpar a Bolaño por el florecimiento de epígonos lúmpenes que –escogiéndolo a él como si fuera Dios, Alá y Yahveh–, pretenden ser el tercer detective salvaje. Las obras maestras, otra vez, tienen forma de ventana, pero son la persiana que viene a clausurarlo todo. Como sea, hay una entrevista en la que Bolaño fuma un cigarrillo cinematográficamente y dice que no es responsable del estado en que queden las caras de sus lectores luego de leerlo. Tiene la voz gastada por el tabaco, por la costumbre del tabaco, y con el tono de los fumadores dice que quiere ser un escritor que abre puertas y ventanas y después se va, como las volutas de humo que, tampoco responsables del estado de la cara de Bolaño –o sí, o tal vez un poco–, van desapareciendo por sobre su frente.

9. La novela comienza con la parte de los críticos. Cuando la leí, ya conocía el repertorio de entrevistas a Bolaño en las que, con sus típicas palabras pausadas, iba fundando el mito. Sabía que él, de no haber sido escritor, hubiera querido ser detective de homicidios. No es extraño entonces ver cómo los críticos literarios en busca de Archimboldi se vuelven de pronto hombres de acción. Es un acto de justicia poética. O de revancha, en verdad es la más mera revancha. Espinoza, Pelletier y Norton van en un taxi por la ciudad de Londres. Norton es la mujer que todos, por puro fetiche, queremos enamorar y coger mientras leemos poemas Apollinaire o de Rimbaud impostando algún tipo de fatalidad. Espinoza y Pelletier, secretamente –o no tanto– comparten el fetiche. Van hablando sobre los celos y el amor. El taxista es un paquistaní que en un momento se pierde y dice que la ciudad es como un laberinto. Pelletier dice que el paquistaní, sin saberlo, está citando a Borges. O tal vez Espinoza es el que lo dice, y Norton responde que lo mismo podría estar citando a Dickens o a Stevenson, y el taxista, en un giro más bien porteño, le dice que no sabe a quién carajo está citando pero que ella es un puta, o una perra, o una puta perra. Dicho esto, todos acuerdan en que lo mejor es terminar el viaje ahí y entonces, y esto sí es inesperado, la ambición de ser un detective de homicidios de Bolaño se cristaliza cuando sus queridos críticos bajan al paquistaní del taxi y empiezan a darle patadas en la cabeza hasta dejarlo inconsciente mientras le gritan que ésta, y ésta, y ésta otra son todas patadas en nombre de las infinitas células feministas que andan por el mundo. Y el paquistaní queda muriendo en pleno parque mientras Norton grita desesperada y los críticos –hombres de acción de pronto, intelectuales con pelotas en serio–, sienten algo así como un orgasmo.

10. En una librería de la calle Thames hay un ejemplar de 2666 acomodado en la vidriera. Sobre su vértice superior izquierdo cuelga un papelito con otro número: 375. En el año 2007, el libro salía no más de 110 pesos. Menos de diez años después –y exactamente 10 años después de la primera tirada de 12 mil ejemplares–, el libro triplicó su valor. La inflación, en este caso, pongamos que tiene razón. Tendrán que pasar al menos 50 años más para que su condición de obra maestra mute gentilmente a la de clásico. Entonces sí, si aún existen, su precio se acomodará al de las mesas de saldos. Solo ahí, cuando valga dos mangos en Corrientes, 2666 va a ser el primer gran libro del siglo XXI.

11. Pocos años antes de su muerte, Roberto Bolaño recibió un mail del escritor argentino Sergio Olguin, en el que éste le pedía un relato sobre fútbol para una antología que finalmente nunca se publicó. Quedó, sin embargo, un cuento epistolar perfecto. En el intercambio, Olguín y Bolaño discuten sobre su selección de fútbol perfecta, esa que sería conformada por los mejores escritores. “Para mí el portero ideal de la albiceleste es Fogwill y el zaguero izquierdo, que se marcha al ataque a la más mínima ocasión (aunque deje el carril abierto y desguarnecido en caso de un contrataque rival) es Aira. O Alan Pauls de 6. En fin, ya se sabe que una alineación nunca deja satisfecho a todos”, escribe Bolaño. Olguín responde que no está de acuerdo con la inclusión de Pauls ni con la de Aira, y que él haría un equipo bilardista. No sabía ninguno de los dos que en el 2014, mientras se cumplían 10 años de la publicación de 2666 –y 11 exactos de la muerte de Roberto, el 15 de julio del 2003–, el mundial de Brasil tendría una sorpresa futbolística más literaria que cualquier cuento: la cenicienta del grupo de la muerte, Costa Rica, compitiendo con Inglaterra, Italia y Uruguay, saldría primera en su grupo con un juego exquisito, un entrenador que se llama Jorge Luis (Pinto), y dos jugadores en mitad de cancha que no paran de tirar paredes: ahí, en el campo de juego, Borges y Bolaño. Un dupla, vaya paradoja, muy estilo realismo mágico.