El color que cayó del cielo

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“Todo empezó, dijo el viejo Ammi, con el meteorito. Antes no se habían oído leyendas de ninguna clase, e incluso en la remota época de las brujas aquellos bosques occidentales no fueron ni la mitad de temidos que la pequeña isla del Miskatonic, donde el diablo concedía audiencias al lado de un extraño altar de piedra, más antiguo que los indios. ” (de El color que cayó del cielo, cuento de  H.P. Lovecraft)

Un paraje extraño, extranjeros de paso, un hombre de mirada detectivesca que expone modelos teóricos, mitológicos, pragmáticos. Todo esto está en el cuento de Lovecraft cuyo título repite la segunda pelicula de Sergio Wolf, un documental equilibrado, intenso, inteligente.

Cuando Wolf le pregunta a a William Cassidy, un científico académico de la Universidad de Pittsburgh,  investigador que hacia fines de los años 60 de llega al Chaco argentino, más precisamente a un lugar llamado “Campo del cielo” qué literatura suele leer, Cassidy dice Lovecraft: con una lógica que es la que entona con el resto de la pelicula. Es lógico invocar a  Lovecraft, el escritor emblemático de la ciencia ficcion del siglo XX, en una pelicula sobre meteoritos, tanto como que una película de esta década del siglo XXI exponga sin pudor las estrategias de un comerciante de las rocas que caen del cielo “y que pertenecen al cielo no a los países donde se encuentran”. Justificación del meteoriteman Robert Haag un showman increíble de Tucson que no duda en comprar por un millón de dolares un pedazo de piedra y venderlo a 5, previo salir de un país sin permisos, aprovechando los huecos legales de zonas marginales como Argentina, por ejemplo.

El documental se articula en tres nucleos: el mitológico, el científico y el del mercado. El primero, sostenido en parte por imágenes del film del 2010 La Nación oculta,  realización mocoví de Juan Carlos Martínez,  va a ir dejando lugar en el transcurso de la narración a los otros dos: Cassidy, el ya maduro hombre de ciencias, no tiene problema en mostrar su archivo de películas en 16 mm sobre su experiencia en el Chaco, cuidadosamente catalogados por temas y subtemas, el descubridor de un meteorito de 37 toneladas en el paraje de Gancedo: “no importa tanto el meteorito como la grieta que deja el impacto”. Modos de  limpiar el terreno, de relacionarse con la gente del lugar, de medir, pesar. Todo extremadamente relatado y sostenido por las imágenes de las viejas filmaciones.

Después la aventura de Robert Haag, el desfachatado comerciante de meteoritos que muestra su colección única, cuenta sus tácticas de mercado: educar para generar interes, comprar barato y vender caro y relata a modo de aventura en Africa la compra ilegal del meteorito en 1989, y el infructuoso intento de sacar la enorme roca del pais. “Amo Argentina”, dirá finalmente

En el contrapunto entre ambos norteamericanos, especies de exploradores coloniales de un mundo imperfecto, el documental va construyendo un relato que, tal como en la vida de Ada Falcón (Yo no sé qué me han hecho tus ojos), va desgranando de a porciones narrativas  la historia de hallazgos de meteoritos, sus desapariciones, su lugar patrimonial oel saqueo de piezas únicas.  También como Yo no sé qué me han hecho tus ojos son las imágenes encontradas las que producen el climax de ese hallazgo genial, hacia el cual se dirige el film irremediablemente.

En el medio siempre está el cineasta, o el cine que en definitiva es el ojo que husmea, tan atraído por las seducciones de las aventuras como por poderoso un imán.