La mejor oferta: escondido detrás del símbolo

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Cuidado con La mejor oferta, de Giuseppe Tornatore porque aunque tiene algunos puntos atractivos nos puede hacer caer en un trampa de osos. Se estrena el 10 de julio en Buenos Aires.

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Por empezar, su titulo de alguna manera suena como el de La grande belleza: es verdad: articulo, adjetivo y sustantivo, en lo posible en italiano. Pero La migliore offerta no es La grande bellezza. Película distinta y desafiante la de Sorrentino, la de Tornatore no.

Veamos: Virgil Oldman (Geoffrey Rush) es un prestigioso subastador de arte. Dirige su propia negocio, una especie de Sothebys o Christies de la ficción. Por sus subastas pasan los precios más exhorbitantes del mercado del arte, y en su mayoría, las obras provienen de herencias familiares devenidas cuyos objetos son algunos malogrados por una tasacion voluntariamente “defectuosa”.

Aunque filmada en Italia, pero sin aclarar nunca en qué ciudad, la historia empieza a perder puntos por el idioma original que elige. Quizas el italiano, en lugar del inglés, hubiese correspondido mejor con esa aura temática que aborda: el mundo de las pinturas del renacimiento italiano o flamenco, refinamiento de palazzos y vedutas o mujeres salidas de retratos etéreos del siglo XV, como querrá mostrarse a través de su actriz protagonista (la holandesa Sylvia Hoecks) que practicamente no se muestra durante mas de la mitad de la pelicula. El inglés le da un internacionalismo, es verdad, obligado por la coproducción tal vez por la distribución pero es  uno de las tantos elementos que la desmerecen.

Las mujeres para Virgil son inalcanzables como las de los retratos que atesora en una bóveda detrás de su closet de guantes, cuadros adquiridos de manera tramposa, claro. Las fobias al sexo contrario y la soledad del hombre exitoso y refinado cenando solo en el restaurant momentos antes de su cumpleaños terminan siendo dos obviedades que Tornatore se ocupa de marcar de modo constante a lo largo de las más de dos horas,a lo cual se le suma inmediatamente el tema de lo falso y lo verdadero, primero en el arte, despues en el amor. Esas insistencias siempre se harán desde el diálogo, cargado de sobreexplicaciones que el guión presenta casi con desparpajo triangulando tres tópicos bien cinematograficos pero mal usados: el mercado del arte, las mujeres y el engaño.

Oldman (viejo señor por si queda alguna duda) es un tipo hosco que logicamente solo puede rendirse a los pies del amor pero que necesita del consejo del joven “arreglatuti” que irá armando un autómata del siglo XVIII con algunas piezas encontradas que va trayendo Virgil de la casa de la misteriosa y joven Claire, cosa de no perder de vista hacer otro negocio. Lugares en donde la película no sólo pierde credibilidad sino se torna cuasi infantil, no puedo dejar de relacionarlo con el autómata que se arma en La invención de Hugo Cabred, de Scorsese.

Claire es una heredera que sufre una extraña forma de fobia social y va a complicar la vida de Oldman hasta transformarla.

Tornatore presenta una obra que simula misterio, acumulando un conjunto de símbolos tan literales (el voyeurismo detras de la escultura de los amantes, los guantes, el cabello teñido, la pared con trompe loeil que separa a Virgil de Claire, la enana que lista una serie interminable de numeros, etc etc) que pierden su sentido último y todo el refinamiento de la puesta en escena o la ajustada actuación de Rush, y hasta la de Sutherland caen en una bolsa algo insalvable.