Breve ensayo sobre la barba

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La barba suele empezar a crecer a partir de los 14 o 15 años: “Recuerdo a mis compañeros del secundario, que lucían sus barbas y al menos de lejos abandonaban la infancia. Recuerdo también que era lampiño y por lo tanto no había forma de ocultar mi torpeza. Tenía una esperanza que luego resultó vana; una espera que no se materializaba y sólo quedaba oculta bajo la piel. Bueno, lo malo en realidad no era que no crecía nada, sino que unos pocos pelos locos, que oscurecían aún más aquel período, me obligaban a afeitarme. Una nada clara barbilla mediocre, con pelos separados, una barba casi tan miedosa como la del Licenciado Cabra. Una barba que era una pequeña parva de feos vellos párvulos. Era una vergüenza de aquellas que aquejan con fuerza en la edad del pavo y que en vistas de una equivocada pero floreciente dignidad, acertaba en hacer desaparecer sin siquiera necesidad de espuma. Tan floja y tan débil era que en el servicio militar, algunos años después de comenzada su fallida aventura, podía afeitar en seco, en la fila misma, antes de la obsesiva revisión del teniente de turno. Nunca entendí porque los militares tenían esa suerte de paraonia con las barbas. Aún mi horrible e indigente bozo les causaba pánico. Seguro que no me consideraban comunista (no eran las gloriosas barbas de Cuba); probablemente me consideraran socialdemócrata (al fin y al cabo era una barba timorata)  y eso encendía aún más su odio.

Salí de aquel anacrónico infierno verde y entré en la Universidad, más precisamente en la Facultad de Filosofìa y Letras. Allí el interés por la barba cobró un renovado brío. Esta vez no estaba motivado por parecer adulto. La necesidad pasaba entonces por el intelecto, como si el pelo en la cara ocupara espacio en el cerebro y al crecer liberara el aire suficiente para que cupieran allí una mayor cantidad de libros. Las barbas claramente se clasificaban en antropológicas, literarias, filosóficas e históricas. Anarkas, stalinistas, troskas, maoístas, peronistas, radicales y conservadoras. Barbas rojas y barbas azules. Barbas blancas y barbas en remojo. De todo se encontraba en aquellos claustros. Yo me esforzaba, pero nada. La misma ridícula sombra de antaño. La vergüenza quedaba deshecha en pelos rasurados. Una cara desnuda que a duras penas podía vestir, entablando locuacidades más veloces que certeras. Ametrallando con citas de barbudos famosos e ilustres. Juntando palabras agudas como barbas de monjes orientales o tupidas como barbas decimonónicas. En Filosofía y Letras, sin barba, no era lo mismo. Tuve que apelar a otros rasgos diacríticos, pullóveres peruanos y borceguíes, discos de Paco Ibañez y de sistemas operativos, libros propios y prestados de Gregory Bateson (éramos “The Bateson’s followers”) o de Boris Vian (estaba de moda en los tempranos ’90). Así pasé mi carrera, disimulando mi condición de imberbe que ya no coincidía con la edad cronológica.

En la mitad de mi vida no me acompañó Virgilio, aunque sí algún que otro héroe deportivo que promocionaba alguna que otra hoja para afeitar. Pero esta vez en lugar de abandonar toda esperanza, un hálito de ilusión renació dentro mío. En la mitad de la vida comenzaron también a crecer pelos en lugares extraños, antes completamente yermos. Pelos que podríamos calificar como subjetivos, ya que eran una pura individualidad. Tenaces sí, pero solitarios. Decidí entonces que la vergüenza era cosa del pasado y detuve la poda constante. Florecieron de a poco algunas barbas como larvas ya que el color insinuado dejó paso a una canicie dispersa. Un marmolado negro, blanco y piel cubrió la cara. Daba la sensación que a esos genes los guíaba Pollock. La madurez trajo también la paciencia del barbudo y el tiempo hizo su trabajo. Al fin podía lucir con orgullo el símbolo de la adultez como en aquel maquillaje medieval. Pero rápidamente me atacó un tic. La mano mesaba y mecía, pensaba y hacía enredada y sangrando entre aquellos alambres de púas. Mano y pelo jugaban armando rompecabezas capilares que se encendían en arcoíris peliformes, o que evocaban un crecimiento inducido por hormonas preciadas  y combativas. Rebeldes, los pelos libres al fin libraban batallas contra las cosas. Como filosos filósofos idealistas, los contumaces pelos arremetían contra la materia. La tortura era permanente, mi cara quedaba atrapada por cierres o botones a presión de camisas; se me quemaba con la lumbre prometeica de los cigarrillos o se transformaba en una red inapelable de migas de panificados, gotas de salsa o algún que otro líquido comestible. Empezaba a sentir la necesidad de usar un shampoo para barbas. Resolví darle un corte al problema y sin dudarlo me afeité. Me dí el gusto y no me gustó del todo. Ella insistió y luego de algunos escarceos llegamos a una solución aristotélica. Ella crece cuando quiere y yo la corto cuando se me antoja.”