Universo Ronsino

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La literatura argentina es, como el mundo, ancha y ajena, propia e identitaria. En la vasta oferta de ficciones actuales pocos narradores construyen un universo tan particular como Hernán Ronsino. Con su trilogía pampeana ofrece una obra que reviste una calidad literaria excepcional, su universo está atravesado por la tradición de grandes relatos y a la vez vibra con los reflejos de la modernidad. Cruzado por el Faulkner de Yoknapatawpha, el Onetti de Santamaría o el Saer de la zona ribereña su literatura necesita un anclaje en lo real (tan conflictivo) que es su pueblo natal, Chivilcoy, y de ahí construir un mundo propio, cercano y lejano a la vez, imaginado, soñado o real.

Hernán Ronsino tiene en su haber una obra hecha a base de reconstrucciones, de memorias, de vueltas al pago. Revisar la propia historia, inventarse y reinventarse es el revés de trama de su literatura. En el 2007 escribe La descomposición donde asoma su universo, con sus personajes bamboleantes que van a perpetuarse en toda su literatura, con la cuestión del espacio no sólo físico sino simbólico. En La descomposición el mundo se despedaza, lentamente; los insectos trepan sobre los cuerpos de las cucarachas carcomiéndolas, las paredes se humedecen, las fábricas se van vaciando, el olor de la tormenta aparece tan tangible como la ausencia, como la falta, como el vacío. El pueblo, como entidad y como medida, va desapareciendo y se perpetúa en los cuerpos de esos personajes solitarios, borrachos, desganados. Bicho Souza, Pajarito Lernú, Abelardo Kieffer, el flaco Vardemann son los que observan, los que participan de las cacerías, de las muertes, de la descomposición de lo que los rodea. Ronsino pone a su narrador en un lugar complejo, es el que recuerda, el que sabe y el que oculta. También es el que devela sobre el final una muerte que tienta al lector a embarcarse en una relectura para comprobar si ese narrador la había anticipado, como un flashforward descosido. La primera novela de Ronsino se descorre de la tradición, esculpe una estructura compleja, de idas y vueltas, de develamientos aplazados, de memorias circulares, de desvíos.

En 2008 escribe Glaxo y sus personajes se ensanchan y se reestablecen en la memoria del lector, permaneciendo más en sus gestos que en sus conductas. Glaxo es la fábrica que supo ser el centro laboral, económico, vital del pueblo. Ahora es sólo un espacio de referencia, todo queda más allá o más acá de la Glaxo y la novela se inaugura con un gesto que sigue con lo iniciado en La descomposición, la destrucción de un espacio, de un pueblo: el tren desaparece; una cuadrilla de obreros trabaja levantando las vías, dejando ese lugar cada vez más anónimo, más perdido, más abandonado. Tradicionalmente, los trenes son indicios de la llegada de la modernidad (la literatura y el cine trabajan este motivo con frecuencia). Pero también, el tren es la fuerza del relato, aquello que lleva y trae información. En el caso de Glaxo la desaparición del tren es crucial. El relato, como el tren, se fragmenta en cuatro narradores y sus cuatro historias con sus cuatro tiempos. Así, la novela, como el tren, corre con desvíos, sobre vías inexactas, imaginarias, recompuestas, accidentadas. Como sucede en La descomposición, la muerte, la desaparición aparece (sintomáticamente) sobre el final de la novela, como un motor hacia atrás, que hace repensar todo lo escrito, todo lo leído.

La trilogía se completa con Lumbre, aparecida en 2013 y Hernán Ronsino vuelve al pueblo y a sus historias y a sus tradiciones. El bicho Souza vuelve por unos días a su pueblo y rememora, y los recuerdos tejen un relato agujereado, lleno de silencios, de rumores, de olvidos. Un relato típicamente pueblerino donde las voces se confunden y se funden para armar una historia que como dice el epígrafe de Cesare Pavese “Recordar una cosa significa verla –solamente ahora- por primera vez”. Souza se pierde en el pueblo que como él mismo dice “no es una cuestión de inmensidades sino de rincones, de espacios inesperados”, esos rincones y esos espacios que son las matrices del relato. Inesperados como las fotos que aparecen cada tanto, siempre las mismas y a la vez distintas, fotos hechas de reflejos, de luces y sombras, de lo que se dice y lo que se esconde.

En la literatura de Ronsino el mundo (y con él la familia, el individuo, los amigos, el trabajo) se deshace, se desintegra y el aire se hace irrespirable. La tragedia se huele, la muerte se escucha en el silencio de ese pueblo en el que solo se oyen los grillos y el ronroneo de los motores de las heladeras. Una de los mayores logros de este talentoso narrador es que hacer que la literatura recupere algo del orden de lo sensible. Una literatura que respira podredumbre, que panea la desaparición, que tiene el ritmo moroso de la memoria. En los bordes del mundo, de “su mundo”, el aire se coagula, como la sangre. Sus personajes que de tan cercanos se vuelven fantasmas, articulan su universo haciéndolo tangible. Sus tres novelas son más que una trilogía, son perfectas articulaciones que forman parte de un rompecabezas mayor. Cada novela se estructura en lo que otra calla, silencia. La realidad es complicada para Ronsino, como para nosotros, los lectores. La memoria en su trabajoso andar recupera lugares, voces y tiempos recuperando una literatura sensible, palpitante. Su trilogía es una de las mejores maneras de entender el presente, de comprender la contemporaneidad y de reinstalar a la literatura argentina – ese complejo entramado de relatos consagrados y marginales- en un lugar más que interesante.

 

Por Lumbre, Hernán Ronsino es uno de los finalistas para el IV premio Las Américas que se va a entregar en octubre del 2014.