Música, Gramática, Gimnasia, corto de Fabian Ramos

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“Mucho habremos ganado para la ciencia estética cuando hayamos llegado no sólo al discernimiento lógico, sino a la intuición inmediata de que el desarrollo del arte está ligado a la duplicidad de lo apolíneo y lo dionisíaco”. Así más o menos comienza Nietzsche el Nacimiento de la Tragedia, ese portentoso primer libro que le valió un doctorado a los veintitantos años. La frase regresa a mi mente cada cierto tiempo. En esta ocasión, regresa a propósito de un inusual corto que vi hace poco: Música, Gramática, Gimnacia, de Fabián Ramos.

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Fue la única función del Bafici que pude ver este año: una muestra de cortos de todo tipo, que iba de lo que parecía el proyecto de un estudiante no muy aventajado de secundaria hasta severas piezas de gente avezada no sólo en el campo cinematográfico sino también en el crítico. Todo bien: así es el Bafici, uno se puede encontrar de todo, y eso es lo que más me gusta.

Ahora, de entre la muestra, Música, Gramática, Gimnasia me llamó la atención, en primer lugar, porque se separaba bastante de la norma. Fue el corto que menos aplausos recibió, cosa que, lejos de hablar mal de la película, me puso en guardia sobre su inusual extranjería dentro de la selección. Música, Gramática… no es una película para la muchedumbre, eso queda claro desde el comienzo. No es una película con actores ni historia ni guión. No puede decirse que sea documental ni tampoco ficción. Quizás lo más cercano a una definición sea lo que ha dado en llamarse video-arte, pero la experiencia cinematográfica de asistir a un teatro y acomodarse en una butaca contradice una afirmación semejante: no es una pieza para exponer en el museo.

Música, Gramática, Gimnasia es, más bien, una pieza audiovisual apolínea, solar. Una afirmación del propio autor me dio la pista: la arquitectura como un guión cinematográfico. La composición de una serie de espacios y líneas, de objetos y movimientos y colores, todos cerrados siempre sobre un plano fijo: la forma guía la sucesión de imágenes; la forma es, justamente, el guion de esta película. Diría Nietzsche que en este corto la mirada serena y luminosa de Apolo vigila los contornos desde las alturas; su ojo: el propio lente de la cámara. Una placa de vidrio cuidadosamente ubicada en la intersección entre las líneas de una cancha deportiva compone, por ejemplo, la experiencia plástica de una imagen fija, casi una pintura abstracta. Un tubo de plástico que se mueve a lo largo de una franja azul bajo un cielo intenso y apacible también. Diversos objetos son cuidadosamente dispuestos, intervienen en el espacio, de tal manera que la conjunción de éste y aquellos origina la experiencia plástica. Al fondo de cada una de estas imágenes se ven y se escuchan adolescentes de una secundaria. De hecho, casi todas las imágenes fueron capturadas en las instalaciones de lo que parece una secundaria. Por eso su nombre, el nombre de tres asignaturas: Música, Gramática, Gimnasia.

No obstante la mirada serena de Apolo, no obstante la tranquilizadora luz solar que dispone los objetos a la vista, transparentes, sin secretos ni sobresaltos; no obstante la apariencia apolínea de la película, algo parece agitarse en el fondo, esa fue literalmente mi primera impresión: una vibración en el mismísimo comienzo del cortometraje rompe el tono apolíneo que exhiben el resto de las imágenes. Luego de unas frases sueltas sobre un fondo negro, aparece esta primera y enigmática imagen que destaca sobre todas las demás, pues ésta no parece estimulada por la luz sino por el sonido, diría Nietzsche: por la música. Apenas dura unos segundos, pero su presencia resulta inquietante, tanto más por cuanto que funciona (luego de ver toda la película uno se da cuenta) como algo que no encaja, como una ruptura. Es el plano de un tupido bosque agujereado por unos círculos negros, un bosque cuyas ramas se agitan ante la sobrecogedora vibración del viento. En este plano inicial, la vibración del sonido no parece ser simplemente un agregado que acompaña a la imagen, sino al contrario: la imagen parece acompañar en este caso al sonido. De hecho, el tránsito hacia la segunda imagen (una red de balones de voleibol) se produce a través del sonido: la vibración del viento y las moscas en la primera imagen pasa a ser, en la segunda, el eco constante producido por el choque de los balones contra el suelo en un lugar cerrado.

El sonido, lo que vibra al fondo de la imagen pertenece, según Nietzsche, al abismo de lo dionisíaco. La imagen como forma dispuesta ante la mirada solar de Apolo se erige sobre un fondo vibrante, musical, territorio insondable de Dionisos. La vibración del viento y el plano cerrado sobre el bosque que abre el corto justamente representa, según palabras del propio Fabián Ramos, un agujero en la imagen, el punto ciego o la ruptura de la apariencia. Es decir: representa el misterio, aquello que siempre burla o rompe la mirada solar del dios Apolo y su control sobre las bellas formas. Esos huecos negros están allí dispuestos en el bosque como zonas incontrolables, como una mirada que penetra en la apariencia de la imagen y nos muestra un atisbo de lo en sí. Esto queda igualmente representado (de manera un poco más recatada) más adelante, en el tercer o cuarto plano de la película, donde aparece una cortina en medio de una cancha. Una cortina que vela o cubre, que quizás viene a representar la imposibilidad inexorable del propio ojo apolíneo, de la cámara cinematográfica.

Allí donde la imagen se quiebra, allí suena, quizás, la Música de la Gramática, la Música que agita los cuerpos que se tuercen para la Gimnasia. Y eso es lo que nunca podremos leer.