Entrevista a Fabiana Rey antes de estrenar Las muertes de Olga Orozco

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Nos encontramos con Fabiana Rey para que nos cuente acerca de su próximo espectáculo basado en el libro de Olga Orozco, Las muertes, una performance poética, teatral y sonora, donde se canta la muerte en sus múltiples posibilidades. En esta puesta, Fabiana se presenta junto con Gimena Lima, Nicolás Magnim y Cristina Piña, y la asistencia de dirección está a cargo de Alejandro Esteban Jaimes, “un lujo”, en palabras de la directora.

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¿De dónde viene tu gusto por la poesía?

En el 98 estaba en la escuela de Augusto Fernández, y en las clases de Alberto Segado aparecían Girondo y otros poetas. Siempre me llamó la atención la metáfora. Segado alentaba esto de tomar un texto poético y trabajar con él. Un día, una compañera, Mariela Berdinelli, mostró algo de Girondo en una de esas clases, algo muy fuerte, muy contundente y conceptualmente interesante. Ella venía con un piloto, un balde y un trapo de piso con agua. Estuvo un rato escurriendo el trapo y el primer texto que largó fue “Llorar a lágrima viva”, después de instalar ese sonido, esa imagen, esa metáfora. Ahí me pasó algo con la poesía.  Hice un primer espectáculo sobre poemas de Orozco, Relámpagos de lo invisible –con el que incluso fui al interior– en el Café Cultura, en el Ciclo 8 Mujeres. También, uno sobre Atahualpa Yupanqui y Tapiz Pizarnik. Restrené el de Atahualpa en el 2012.

¿Cómo trabajás los textos poéticos?

El año pasado hice Medea y Teseo. ConCierto teatro, con canto, con Olga Farías y su chelo, y Germinal Marín en el piano. Para este espectáculo de Orozco, también hicimos una experimentación de chelo y texto. Acá trabajo con la idea de sonoridad, con el universo de cada uno de los personajes. Con Olga grabamos por canales diferentes improvisaciones sobre los textos que abordamos. Yo grabé los textos en un canal; el violonchelo grabó en otro; y juntos, en otro. Tengo las tres versiones y lo voy a trabajar en la sala. La de chelo ya es un disco en sí mismo. Trabajo con estos conceptos de los quiebres, de los cortes, porque con la muerte algo se quiebra. La muerte va a otro lugar y transforma, y por eso los personajes van a evolucionar en el escenario a partir de su propia característica. Por ejemplo, el extranjero está anclado en una imagen fija, helada. Se trabaja acá el concepto de extranjería en su totalidad. Siempre está como más ausente dentro de las escenas de las tres mujeres: Cristina Piña, Gimena Lima y yo.

¿Ya habías compartido escenario con ellos?

Con Cristina ya hice Minimalas, Surrea… ¿Qué? En el 2011, en la Galería de Arte, coordinamos un ciclo de performances y la convoqué a ella. Siempre le vi una veta alucinante. También convoqué a Nicolás Magnim y a Gimena. A los dos los conocía de antes. De cada uno trato de tomar algo que potencie las características del personaje. Con Cristina estoy trabajando la mansión del anciano chambelán. Ella es una testigo de la muerte del anciano dentro de la mansión, lo de Nicolás es un pensamiento que debe morir. En este sentido, hay una imagen significativa, y es la que tiene que ver con la fruta fermentándose.

¿Preferís este teatro performance más que uno tradicional?

Me siento afin a un teatro que sea una performance. Vengo realizando hace bastante tiempo algo a lo que ahora le puedo dar una forma. Antes tomaba un poeta y empezaba de un lado más instintivo. Con el tiempo, fui adquiriendo las pautas para organizar los espectáculos así. Ahora tengo en mi cabeza todo más ordenado. Sí me gustaría transitar otro teatro, pero las cosas se fueron dando de este modo. Siempre tengo un norte, estoy pensando en lo que hago. Si no surgen otras cosas, sigo potenciando esto de las performances. Hice Alma en plena en el 2003, que era percusión con guitarra. Yo componía con un guitarrista que era Federico Duca, con el que trabajé durante ocho años. En Aguachenta también hay tangos compuestos con él. Lo que me ordenó fue haber tomado el taller con Emilio García Wehbi. Ahí entendí lo de combinar lo visual y lo sonoro. Además, siempre me gustó cantar. La perfomance es una búsqueda en la que voy fluyendo. En Las muertes hay una visual de Santiago Giralt en una pantalla. Hay una serie de citas que aparecen porque el espectador tiene que entender que los muertos son muertos literarios; de ahí esto de que son muertos “cuyos huesos no blanqueará la lluvia”. Son muertos de papel.

Entonces, de cada poema sale algo que te lleva a una búsqueda diferente.

De los 17 poemas del libro de Orozco, hago una selección. Hay un recorte primario que permite configurar una característica arquetípica. Además, este recorte está acompañado con sonoridad, imagen, y con un guiño al espectador que tiene que leer ciertas citas que aparecen. Hay también movimientos relevantes en escena y elementos que también cobran diferentes significados. Es como si tuvieras que mover todos los sentidos al ver la obra. De todos modos, tampoco habría que saber tanto antes de verla porque esto podría generar un prejuicio. Si no tenés mucha data previa, quizás vayas más abierto. Con Atahualpa me pasó lo mismo. Tomé los textos de él que me sensibilizaron. Su poesía me alucinó y a partir de ahí quise hacer algo con eso.

A partir del concepto de performance, ¿pensás que hay un nuevo teatro que configura una nueva estética?

Es difícil contestarte. En el off, seguro, pero eso fue siempre, por ejemplo el Periférico de los objetos. Hay una búsqueda y, en ese sentido, es un lugar que hay que aprovechar. No quiero hacer una formula universal porque el recorrido de cada uno tiene que ser muy personal. Sí voy a ver cosas muy novedosas, pero no me siento como la indicada para decir que hay un nuevo teatro. Lo último que fui a ver fue la obra de Daniel Veronese en el Picadero, El comité de Dios.

Las muertes

¿Qué expectativas tienen con respecto a Las muertes?

Más que expectativa, siento que el tránsito lo estamos haciendo en forma gozosa. Todos queremos que lo que uno hace guste y que la gente disfrute, pero estamos más en el aquí y ahora.

Acerca del lugar que ocupa la poesía, Fabiana cree que si bien hay gente un poco más cerrada a este tipo de textos, el gusto por su lectura fue aumentando. En cuanto a Orozco, también su expansión fue progresiva. Hoy se la conoce más.

¿Por qué te interesó el tema de la muerte?

Hay un subtítulo al espectáculo que decidí no poner porque ahí está el recorte que hago con respecto del tema. Hay un juego de Orozco con la nada, con el absoluto. Mi subtítulo interno es “Todos hemos sentido alguna vez la pavorosa y ciega soledad del planeta”. Esto da cuenta de esa universalidad que tiene de la muerte: el hecho de que todos hemos sufrido o tenemos a alguien que sufrió la muerte. Hay, además, un interrogante que plantea Orozco. Al poner la muerte en escena, esta se transforma para que no quede como algo fijo, helado. Está también la idea más general de la muerte como la conciencia de lo que se terminó, no solo la muerte física.

Fabiana me muestra Las muertes en una edición que le regala un amigo de Orozco en el 2008, una de editorial Losada, cuya tirada fue de pocos ejemplares. “En el 2009 llevé el proyecto al taller de Wehbi, pero no pude encontrarle la dramaturgia. Me costaba pensar en cómo dirigir un grupo. Terminó siendo una instalación, una tumba acuática, para llevar a una sala de arte. Me ayudó mi marido que es arquitecto, pero tampoco pude llevarlo a cabo. Tuve, además, que conseguir todos los libros que menciona Orozco en sus poemas que no son tan accesibles. Fue un camino largo. Para la obra, además, compré cincuenta y nueve fotos y cinco portarretratos en Mercado Libre de alguien que quiso deshacerse de sus ancestros. Estas fotos están en escena. Hay un trabajo con esas fotos de gente que murió pero no son familiares: trabajamos con la idea de lo familiar sin ser familiar. El espectáculo, entonces, fue cambiando, evolucionando desde el 2009, y de ese comienzo no tomé tantas cosas.

¿Cómo es esto de dirigir y actuar al mismo tiempo?

Con Atahualpa, en la que hacía todo, tuve una duda sobre qué iban a pensar, pero enseguida lo borré, no me replanteo nada sobre esto. En este momento quiero hacer Las muertes y trabajo con eso. A cada uno de los actores le doy pautas separadamente, trabajo en forma individual y después los voy a ensamblar porque todavía nunca estuvieron todos juntos, pero cada uno sabe lo que hago con los otros. Les voy tirando ideas, pero la búsqueda es de ellos. Yo doy las indicaciones, pero la composición es de cada uno desde un lugar de sensibilidad, de entender al personaje, de encontrarle su color. Por ejemplo, la tristeza es de todos, pero tiene un color diferente en cada uno. Algo para apuntar es que conozco la sala Tuñón y eso me da una ventaja. Siempre pido esa sala.

Terminamos hojeando el primer guion de Las muertes. “Cada personaje tiene su propia dramaturgia. La letra de Orozco es difícil de internalizar en el plano del cuerpo –nos dice Fabiana–. Son textos difíciles de memorizar, pero la memoria sirve para incorporar el texto y después liberarlo. En el 98 quise empezar a estudiarla y me di cuenta de que no era sencilla por el manejo de la metáfora, por la puntuación. Hay que poner mucho cuerpo, es preferible exagerar el texto al comienzo para ver en qué lugar corporal ubicás la letra. Hay que hacer ejercicios de percepción y conocerse para saber dónde resuena el texto”. El 7 de junio, el espectador tendrá oportunidad de ver dónde le resuenan a él los versos de Orozco.

ESTRENO SÁBADO 7 DE JUNIO A LAS 23
Centro Cultural de la Cooperación
SALA RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN
Av. Corrientes 1543, Ciudad de Buenos Aires
Tel: 5077-8077
Funciones: todos los sábados de junio
Entrada: $80