Tierra del Fuego

0
11

 Tierra del Fuego, la obra de Mario Diament este fin de semana está cumpliendo 1 año en cartel a sala llena y sus primeras 100 funciones.

- Publicidad -

Yael (Alejandra Darín) y Hazzán (Carlo Argento) se encuentran frente a frente y comienzan un diálogo conmovedor y sincero, donde ambos personajes dicen su verdad, y a partir de esta harán que el espectador reflexione acerca de conceptos tan universales como la paz, la guerra, el asesinato, la libertad, el rol de víctimas y de victimarios.

Yael, una ex azafata israelí, víctima de un atentado en el que ella resultó herida y su mejor amiga muerta, 22 años después de este hecho, decide encontrarse con Hazzán, el autor del atentado, quien está detenido en una prisión de Londres, condenado a cadena perpetua.

En la narrativa, hay una gran diferencia entre historia y relato. La primera es una serie de acontecimientos, tomados de la realidad o imaginados por un autor, que constituyen el contenido transmitido por un relato organizado de manera especial por el narrador. Lo mismo podríamos decir del teatro o, mejor dicho, de cierto teatro como el que representa Tierra del Fuego de Mario Diament. Hay un hecho real, un suceso histórico: un atentado en Londres, en 1978, y un encuentro veintidós años después. Sin embargo, este hecho particular se transforma en una ficción teatral y, entonces, adquiere connotaciones universales: no importa si los protagonistas son israelíes y palestinos, porque ellos son un símbolo, una metáfora, una imagen que trasciende una situación particular.

¿Quiénes son las víctimas? ¿Cómo se planea una invasión? ¿Se pueden justificar los asesinatos? ¿Qué nos separa del otro hasta el punto de no valorar su propia vida? ¿Por qué es más fácil odiar que amar? Estos y otros interrogantes no se resuelven en la obra, obviamente, pero se plantean para que el espectador los asuma, reflexione sobre ellos y los traslade a su propia vida. Cerca de la catarsis griega, esta obra de Diament comparte algunos elementos de la tragedia: la purificación que se produce en el espectador cuando este se identifica con los personajes y transita por las mismas emociones que están viviendo sobre la escena. En este sentido, todos somos judíos o todos somos palestinos, alternativamente, y todos necesitamos del diálogo para salir de nosotros mismos e ingresar en el mundo del otro.

Para reforzar los planteos de la obra, la puesta y la escenografía colaboran de manera impecable. Todos los personajes están en escena: en el centro los dos protagonistas; y alrededor sentados participando alternativamente, la madre de la amiga asesinada de Yael, el padre, el esposo y el abogado de Hazzán. De esta manera, las diferentes voces, los diferentes puntos de vista dialogan, exponen su verdad y confrontan sus prejuicios. Las luces y las sombras, junto con lo que se va proyectando en escena permiten que el espectador se traslade hacia diferentes épocas y lugares, y se identifique con algunos de los hechos o de los personajes.

En cuanto a las actuaciones, todas están muy bien logradas, pero evidentemente tanto Alejandra Darín como Carlo Argento consiguen dar con el tono, con los gestos, con los matices de Yael y de Hazzán. Ambos trabajan en forma impecable no solo la voz, sino las posturas, la mayor o mejor rigidez de sus cuerpos, o el mayor o menor acercamiento al otro.

Si la paz se construye a partir del diálogo, Tierra del Fuego muestra ese camino que todos debemos transitar en nuestra convivencia con el otro. Con una connotación existencialista, la obra nos habla, sobre todo, de nuestra responsabilidad porque todas nuestras elecciones comprometen a la humanidad entera: en un punto somos responsables de nosotros y de todos los hombres.

Mario Diament es periodista y dramaturgo. Reside en Miami desde hace dos décadas y se ha convertido en uno de los dramaturgos más reconocidos de habla hispana.