Juramento Athanasiano de la Linterna Mágica

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En 1986, en San Antonio de los Baños, un pequeño pueblo a 35 kilómetros de La Habana se fundó una Escuela de cine para formar, técnica y artísticamente, a profesionales en cine, televisión y video provenientes de América Latina y el Caribe, África y Asia. Su primer director fue el argentino Fernando Birri, quien en la inauguración convocó a los estudiantes alrededor de un “Juramento athanasiano” –por Athanasius Kircher, inventor de la linterna mágica en el siglo XVII– que expresa el espíritu de la escuela de filmar, ante todo, las realidades propias en los que viven los futuros cineastas. Aquí estas palabras fundamentales para todo aquel que amamos al cine, que “como semillas al voleo para los jóvenes cineteleastas”

En 1993, el Festival de Cannes nombró la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de Cuba como la mejor del mundo.

Juramento Athanasiano

“Si un ingeniero construye mal un puente, ese puente se cae; si un médico cura mal una enfermedad, ese enfermo se muere; si un cineasta, un videasta, un teleasta, hace un mal film, un mal video, una mala televisión, aparentemente no pasa nada, no muere nadie. Tibetanos, cabalistas, Jean Cocteau repitieron: “Desconfiad de los espejos”. Yo os digo, desconfiad de la impunidad de las imágenes. ¿Pues qué son estas imágenes audovisivas sino el más efímero de los espejos, el más peligroso de los espejos, un espejo capaz de reflejar los sueños, capaz de evocar en el blanco de una pantalla el mundo universo, y hacerlo desaparecer de nuevo en una nada blanca, sin trizarse siquiera?

Os pido ojos, orejas. Las imágenes pueden también matar desmoronando secretas arquitecturas de la imaginación, sepultando neuronas de conciencia bajo escombros de insensibilidad, venalidad, mediocridad.

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Jean Cocteau dijo: “Desconfiad de los espejos”. Yo os digo, desconfiad de la impunidad de las imágenes.

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Conscientes de su responsabilidad para con el cuerpo físico del hombre, los médicos, desde hace cientos de años, en un momento como éste, hacen su juramento hipocrático de iniciación, en nombre del saludable proto-médico Hipócrates.

Yo les propongo este anochecer, para la salud de la imaginería audiovisual, este nuevo juramento, en nombre del padre Athanasius Kircher, siglo XVII, inventor de la Linterna Mágica (Que nadie responda en voz alta, me basta con que cada uno lo haga escuchándose a sí mismo):

¿Juráis que no filmaréis un solo fotograma que no sea como el pan fresco, que no grabaréis un solo milímetro de cinta magnética que no sea como el agua limpia?

¿Juráis que no desviaréis vuestros ojos, que no os taparéis vuestros oídos, frente a lo real maravilloso y lo real horrible, de la tierra de América Latina y el Caribe, África y Asia de la cual estáis hechos, y de la cual sóis fatalmente expresión?
¿Juráis que fieles a un sentimiento irrenunciable de liberación de la justicia, la verdad, la belleza, no retrodeceréis frente a la amenaza de los fantasmas de la angustia, de la soledad, de la locura y seréis fieles antes que a nadie a vuestra voz interior?

Si así no lo hiciéreis, que el tigre y el águila devoren el hígado de vuestros sueños, que la serpiente se enrosque en el chasís de vuestra cámara, que ejércitos de luciérnagas chisporroteen cortocircuitos e interferencias en vuestras grabadoras electrónicas.

Si así lo hiciéreis, como confiamos, que el colibrí os proteja blindandos con la delicada coraza de un arco-iris que dure tanto como vuestra vida y más allá, en vuestras obras.