¿Pueden las máquinas crear arte?

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fractalEsta pregunta podría considerarse como una continuación de la famosa interrogación de Alan Turing conocida mundialmente como “test de Turing”. Básicamente se cuestionaba acerca de las siguientes preocupaciones. ¿Es posible para un observador humano, distinguir si un texto fue producido por otro humano o por una máquina?. ¿Existe algún tipo de pregunta que una máquina inteligente no pueda responder y un humano sí?. La respuesta no es tan simple, ya que involucra directamente una negación. Es imposible, dada una máquina inteligente, que su respuesta puede hacernos discernir entre un humano y ella. Así de categórico como suena. No hay manera de identificar un conjunto de preguntas que determinen unívocamente que las respuestas fueron confeccionadas por un ser humano y no por cualquier otra entidad (virtual, real o ideal). Si esto es así, ¿es posible entonces que no podamos diferenciar el arte creado por un ser humano de aquel realizado por una máquina?. ¿Qué señales deberíamos descubrir en una obra, cualquiera sea, para identificar que fue hecha por un Homo sapiens?.

En general cuando se define cualquier tipo de manifestación cultural, se asume que existe siempre un propósito, que hay una voluntad teleológica por llevar a cabo el acto. Por eso el inconveniente surge cuando sólo podemos analizar el producto material de ese suceso cultural, sin posibilidad de obtener alguna información directa sobre los creadores. Algo con lo que la arqueología se enfrenta muy a menudo. También nos podemos preguntar, siguiendo esa misma línea argumentativa, si el arte es entonces una manfestación puramente humana que ni siquiera nuestros ancestros homínidos pudieron poner en práctica. El registro arqueológico parece confirmarlo, no hay arte anterior a 200.000 años que es el momento de la aparición de nuestra especie en el planeta; en la prática las manifestaciones “artísticas” más antiguas no superan los 40.000 años. Pero dado que no hay diferencias biológicas en el humano de hace 200.000 años con respecto al actual, es decir es exactamente el mismo modelo de cerebro (en su hardware), es muy probable que no encontremos manifestaciones artísticas anteriores a 40.000 años debido a que se perdieron en la noche de los tiempos y no a que no hayan existido. Del mismo modo podemos preguntarnos que pasaba con las especies que nos dieron existencia (Homo erectus por ejemplo). ¿Tenían ellos la capacidad de generar arte?. No lo sabemos a ciencia cierta, pero sí sabemos que manejaban el fuego y si alguien tiene el conocimiento para manejar el fuego, tiene seguramente la capacidad para generar arte. Si seguimos por ese camino, debemos concluir que el arte es algo que no es exclusivamente humano, otras especies, al menos de primates (que es nuestra familia sistemática), pudieron haberlo generado.

¿Podemos entonces construir nosotros máquinas que generen arte?. No si pensamos en la voluntad, entendida sí en su sentido más humano. O bueno, mejor dicho, no en las condiciones en las que nos encontramos ahora. No sabemos que logros tendrá el futuro con respecto a la Inteligencia Artificial (que de ella estamos hablando en cualquier caso). Tal vez el mundo del mañana contenga más de un Hal 9000 y más de un replicante. Dadas las capacidades actuales podemos encontrar cosas que, si bien no necesariamente deben concluirse como manifestaciones artísticas, sí van a disparar en nosotros claras percepciones estéticas. Algo así como el asombro que se expresa al contemplar un atardecer, pero sin la participación de la naturaleza, sino creado por la mano del ser humano.

Ya tenemos y usamos ecuaciones que generan hermosas figuras, como los fractales, que imitan los diseños que conforman las pieles de mamíferos como los leopardos, que ofrecen estructuras arboladas de una complejidad casi barroca, que despliegan figuras multicolores que hubieran sido las delicias de la generación psicodélica de los ’60. También hay hoy algoritmos que evolucionan solos, en un espacio virtual y que generan movimientos que nos alucinan por su plasticidad. En el colmo de la ironía encontramos en la web, a solo un click de distancia, un generador de textos posmodernos, de poesía adolescente o de nombres de bandas de rock. Estos textos, que parecen escritos por profesores universitarios e intelectuales, son generados al azar, utilizando gramáticas recursivas; gramáticas que, con otros fines, creó Noam Chomsky, quien seguramente sonríe al ver este nuevo uso de sus desarrollos. En sucesivos textos iremos presentando algunos de estos extraños fenómenos que nos llevan a reconsiderar nuestras categorías y empujan los límites de nuestra propia comprensión.