BAFICI y el cine de terror

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Con el título La producción del cine de terror en la Argentina, ¿un nuevo desafío?, se presentó el viernes 11, en el Centro Cultural Recoleta, la mesa APIMA dentro de la serie de Charlas y Presentaciones de la 16ta edición del BAFICI. Con la coordinación de Hernán Finding (productor del Festival Buenos Aires Rojo Sangre, BARS) se discutieron los avances y retrocesos con que se encuentran los directores y productores a la hora de realizar un cine de género considerado, por muchos, como menor.

Del encuentro, participaron Javier Fernández (Ventana Sur – Blood Window), Ariana Bouzón (ejecutiva del BARS), Martín Desalvo (director de El día que trajo la oscuridad) y Daniel de la Vega, un muy entusiasmado realizador independiente que demostró su alegría por ser este el primer año en que el género de terror se incorpora al BAFICI en forma oficial a través del estreno de varios filmes y una mesa para debatirlo.

Ahora bien, ¿qué es el terror? Según las definiciones académicas, es una sensación de miedo muy intensa, una perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo real o imaginario, cuando, en definitiva, este supera los controles cerebrales y el sujeto no puede pensar en forma racional. De eso se trata. Los realizadores de películas de terror intentan provocar en el espectador esas dosis de catarsis colectiva que ya intentaban las tragedias griegas con las obras de teatro de Sófocles, Eurípides y Esquilo. Una especie de purificación del alma, como anunciaba Aristóteles, donde el espectador sublima sus pasiones básicas en el personaje de la obra. Su castigo está proyectado en el representante y no en él.

¿Vamos a ver cine de terror por una necesidad de hacer catarsis? Es muy probable. Es más, muchos psicólogos dicen que hasta es saludable. Luego de eso viene la liberación, el alivio, la percepción de haber sufrido una tensión extrema y que, a pesar de eso, nuestra psiquis queda indemne. La salida hacia un mundo habitual y predecible nos tranquiliza, pero cada tanto parecemos necesitar de un sobresalto en nuestra vida rutinaria. Todos los entretenimientos apuntan, de alguna manera, a eso: saltar la barrera de una existencia predecible mediante emociones límites, como puede hacerlo el cine policial; de saturarnos de adrenalina, como en el cine de acción, o simplemente provocarnos el miedo más ancestral y primitivo del que tenemos memoria: el terror a lo desconocido, a lo extraño, a lo amenazador, a lo que, en definitiva, nos hizo evolucionar como especie. Sin miedo, la raza humana hubiese desaparecido sin dejar huellas. El miedo nos brinda los elementos para identificar el peligro y protegernos, para enfrentarlo y vencerlo. Hoy, esos miedos atávicos quedaron atrás, pero en nuestro cerebro aún navegan los últimos vestigios de que todavía podemos ser víctimas de alguna amenaza terrible. Un cine hecho únicamente para provocarnos ese estado de indefensión y luego arrojarnos a la tranquilidad de nuestros hogares es el medio más plausible para lograrlo.

Si bien en la mesa se trataron los temas coyunturales que atañen a este tipo de cine conviene, a manera de historiar un poco el género, echar un vistazo a lo que se produjo en nuestro país en forma pionera.

La primera película argentina que tuvo elementos de terror es una arqueológica pieza independiente llamada El caso del Capitán Richard (1935) de Soprani. Un filme que visto hoy tiene las mismas condiciones para convertirse en una realización de culto a la altura de las del director Ed Wood (quién tiene el “honor” de haber realizado Plan 9 del Espacio Exterior, la peor película de todos los tiempos). Hubo que esperar hasta 1942 para asistir a la que está considerada como la primera película de neto corte terrorífico: Una luz en la ventana, donde hace su debut actoral Narciso Ibáñez Menta. Luego de eso vinieron adaptaciones literarias como El hombre y la Bestia (1951) de Soffici, Si muero antes de despertar (1952) de Christensen y El vampiro negro (1953) de Román Barreto. Esto desembocó en lo que podría llamarse la Época dorada con las Obras Maestras del Terror (1960) de Enrique Carreras, que filmó tres cuentos de Edgar A. Poe, tal como lo había hecho Roger Corman en Estados Unidos. Por último, están las producciones que hizo Narciso Ibáñez Menta para la televisión con su antológica El hombre que volvió de la muerte.

Ha pasado mucha agua bajo el puente desde entonces y este tipo de cine no pudo mantener la preferencia ni de la crítica ni de la audiencia. Hubo que esperar hasta las ediciones del Buenos Aires Rojo Sangre para que, luego de quince años ininterrumpidos (el BARS comenzó en el año 2000), el cine de género empezara a tener una nueva época de apertura tanto a nivel de industria como de público.

El panel coincidió en que nuestro país es el que más producciones presenta en cualquier festival que se realice en Latinoamérica y que esto puede ser posible debido a la impresionante cantidad de cortos que se presentan en la convocatoria que hace anualmente el BARS. Esto comenzó a generar la atención a dichos proyectos por parte del Instituto Nacional de Cinematografía (INCA), el que comenzó a brindar subsidios a un círculo que, hasta ese momento, era marginal y amateur. Daniel de la Vega dijo con elocuencia que “el crédito del INCA cambió el paradigma para hacerlo más profesional y masivo, a la vez que le aporta seguridad legal y una dinámica de trabajo”.

Otros de los temas fundamentales que se trataron –y en esto todos aportaron sus críticas– es el de la distribución una vez que la cinta está finalizada. Los participantes mencionaron a España como uno de los países que abrió sus puertas a este género mediante la subvención y la distribución masiva en salas. Hoy por hoy, España tiene una gran industria del cine de terror y a eso apuntan los realizadores de nuestro país: a generar mercado, tanto nacional como internacional. Hubo una sentencia muy acertada de Martín de Salvo cuando dijo: “No hay película argentina que haya sido exhibida en 80 salas y que haya fracasado. Por eso la distribución en los cines, sea el género que sea, es fundamental”.

Por último, se hizo hincapié en la importancia de las diferentes plataformas de distribución que ofrece hoy la tecnología. Una de ellas es el llamado VOD (video ondemand) en el que el usuario paga por la película elegida para verla on line en su computadora, sin olvidar las películas subidas a YouTube o comercializadas directamente en DVD. Como propuesta final estimaron que para que el género siga creciendo hay que incentivar la coproducción con otros países y optimizar los canales de distribución.

Tal parece que el terror dejó de ser una mala palabra para el BAFICI (que siempre se lo consideró como promotor de un cine intelectual y de vanguardia) y, en esta edición, ocupó por primera vez el sitial que siempre le fue vedado. El terror, una de las más primitivas emociones del género humano, ha comenzado a resurgir como un nuevo fenómeno industrial. El BAFICI se dio el lujo de haber cortado definitivamente el cordón que ataba este tipo de producciones al mercado marginal y promoverlo a un estatus mayor, al nivel de las grandes obras de autor y de vanguardia. Películas como Hermanos de sangre, La mirada del muerto y Diablo no solo han tenido buena audiencia de público, sino también de crítica.

Una última sentencia sobrevoló el panel: “Uno puede hacer cine de autor en cualquier género, incluso en el gore”. Todos aplaudieron y se entusiasmaron con la idea de una nueva era dorada. Habrá que esperar. El terror está golpeando la puerta.