De Viles romances, Fangos y Vikingos: un cine que nos entra por el hueco

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José Campusano filma historias de hombres. Quizás porque filma mundos de hombres. Los últimos hombres de la cadena, los que están más lejos del centro. No quiero decir más abajo, así, porque no quiero que se entienda que no son hombres. Este punto es fundamental. Son los hombres más básicamente hombres, en realidad, deberían ser los primeros porque son hombres con códigos casi cavernarios.

Pensé mucho en esto cuando ví Vil Romance en el Pantalla Pinamar de marzo 2010, el festival playero donde la crítica sonríe, es feliz, come , levanta su copa y dice. Hoy, cuatro años después, lo retomo. Fue fuerte ir al cine en Pinamar, ver Vikingo, salir a la superficie nuevamente y observar presumibles integrantes de la chetura porteña que vacaciona en marzo buscar a su director, José Campusano, para darle la mano con tanto respeto y tan emocionados. Mezclas. Clases en sí y clases para sí, sintiendo que lo que vieron se parece de manera demasiado ominosa a eso que falta.

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Lo que falta tampoco es sencillo. Al cine de Campusano, según decía entonces la crítica, todavía le faltaba mucho. En un criterio centrado en el concepto de inversión, a él se lo ha tratado siempre como una promesa. Hay que invertir en él, simbólicamente, y eso se materializa. Campusano gana entonces el premio en Mar del Plata que le permite pasar sus películas hechas en dvd a 35 mm. Más allá de que esto es la misma condición de existencia de los cánones artísticos y de la pretendida ilustración que subyace (tiene que aprender todavía, pero cuando lo haga va a llegar lejos) el cine de Campusano es justamente por lo que le falta.

Los huecos de sus películas: Vil Romance, Vikingo, Fango y Fantasmas de la ruta son estéticos, ideológica y formalmente y como tales, como cuencas, son ojos que nos miran.

Cine Bruto ya es. Ya está listo. No tiene que completar nada. Porque es un cine hecho de huecos.

Tres son los huecos en los que ahora pienso, y que se entienda, son formales pues están anclados en imágenes que funcionan en lo narrativo como significantes estéticos. Y destaquemos que se marcan en el cuerpo (el problema del cine y del arte contemporáneo por excelencia): el hueco que nos deja el balazo o el cuchillo, el hueco de la falta de dientes, el hueco de la falta de palabras.

Huecos en las sonrisas de sus personajes, cuyas ausencias nos miran desde un interior que no podríamos imaginar de ninguna otra manera. Bocas que son parcas, que dicen poco, que dicen lo justo, bocas para quienes ese intercambio lingüístico es tan terrible como cualquier otro. Bocas, agujeros al fin, que puestos en algunas caras, que puestas en algunas casas, que puestos en algunos barrios, señalan nuevamente lo que no está.

Todos los huecos, el hueco, por supuesto. Ni que citar tendría, lo que es huecamente obvio: como dijo el divino Bataille, el culo es un ojo. El hueco ojo por donde vemos desfilar la homofobia propia y ajena, nodo múltiple, infinito, exquisito, del decir para, por del, contra, sin, según, sobre, tras, del Otro. Todas las preposiciones. Y la contracara del hueco del culo, el del tiro, el del plomo, el del tajo, el que hace escapar la vida, que tiene una contundencia evidente en ambas películas.

El ojo de lo obsceno. Y nuestro ojo es lo fundamental en el cine. Por ahí nos ve. Somos nosotros quizás los obscenos. Somos obscenos para el cine. Pobre cine. Por eso Cine Bruto. Como escribimos hace un par de años, hablando de él: Cine Bruto desde el hacer, desde lo performático que tiene emprender toda película como si fuera una práctica social, política, un reconstruir saberes del otro hecha de puros jirones del otro,  por la misma estética del riesgo que implica componerse con el otro en toda su alteridad, sin dejarla afuera, en una práctica cinematográfica descarnada (que no quiere decir desprolija, que se entienda),  más viva que académica y teórica.

Quiero pensar que a este director le va a seguir faltando mucho, siempre, que va a construir sobre la vacancia, que va a producir oquedades indefinitorias, agujeros que no nos alivien, puertas a lo que se está yendo todo el tiempo, rastros de lo obsceno, cine que nos entra por los que no hay.