Jacques Le Goff: más que ogro, un Prometeo

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El  medievalista francés Jacques Le Goff,  un Titán de la historiografía contemporánea, murió el pasado 1 de abril a los 90 años. Aquí un homenaje al hombre que hizo del trabajo del historiador  una reflexión constante; y de la Historia una disciplina por y para todos.

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El pasado 1 de abril, a la edad de 90 años, murió Jacques Le Goff en el hospital de Saint-Louis de París. La atmósfera parisina, la de la actual, y la de la Paris medieval, en una especie de conjunción paradojal, debieron aunarse en un profundo homenaje al hombre que, entre muchas otras cosas, hizo todo lo que estuvo a su alcance para sacar de su estigma a la por siglos bastardeada Edad Media.

De físico imponente, solía vérselo en algunas ocasiones de traje estilo Príncipe de Gales, con camisas preferentemente a rayas o a cuadros, sobre las que –si el invierno francés lo exigía- usaba cardigans o suéters de apacibles tonos tierra. Su mirada era profunda,  potenciada por ojos saltones enmarcados por cejas apuntadas y no menos imponentes bolsas, el “ogro de la historia”-como lo llamaban- se dirigía a sus interlocutores con una pasión notable pero serena. Por momentos elevaba la voz pero sin estridencias, hablando –además- con las manos, cuando la derecha no se ocupaba de llevar la pipa a la boca. Instante, éste, que proporcionaba la pausa ideal, necesaria, para que se pudiese reflexionar acerca de sus palabras. Así eran sus entrevistas, sus charlas, sus conferencias.

Había nacido el 1 de enero de 1924 en la ciudad de Toulon, al sureste de Francia, en la costa del Mediterráneo, y ya desde chico tenía como pasatiempo leer a los románticos como Walter Scott y sus historias de caballeros. Wilfredo de Ivanhoe, Cedric, Juan sin tierra, serían algunos de los nombres que entre nobles, templarios y doncellas fueron conformando –muy probablemente- en la mente de ese niño que era, a los 12 años, el imaginario de una época que tenía tanto de cotidiano como de maravilloso.

La vida lo fue inclinando para ese tiempo de la historia que demandaba algún tipo de reconocimiento: “Este largo período conservó el nombre que se le dio en el Renacimiento y que tenía al comienzo un sentido peyorativo (…) incluso en la actualidad se juzga a la Edad Media como una época mala o ‘fea’, a la vez violenta, oscura e ignorante. Ahora sabemos que esta imagen es falsa, aunque hubo una Edad Media de la violencia (…) fue igualmente, y pienso que incluso ante todo, un gran período creador”. Palabras éstas que integraron la conclusión del libro de su autoría “La Edad Media explicada a los jóvenes”,  publicado en 2006.

Su primera formación medieval, allá en Toulon, ciudad famosa por el sitio que le dio la victoria a Napoleón y posibilitó su ascenso a general, fue de la mano de su profesor de historia de la secundaria, Henri Michel. Michel se especializaba en la Segunda Guerra Mundial, pero Le Goff, no obstante, lo consideraba el mayor especialista en Edad Media. Al tiempo, Le Goff se trasladó a París para formarse y luego integrar la tercera generación de la Escuela de los Annales: corriente historiográfica fundada en 1929 por Lucien Febvre y Marc Bloch, y caracterizada por buscar un abordaje de la historia incluyendo disciplinas como la sociología, la psicología, la economía y la geografía, entre otras. Rechazando, de esta forma, la construcción de una historia basada exclusivamente en los grandes acontecimientos políticos o bélicos, o en los nombres rimbombantes del pasado.

Inmerso en la Escuela de los Annales, con colegas como el también desaparecido medievalista George Duby, y bajo la influencia de Fernand Braudel –quien incorporó la economía y la geografía como importantes fuentes de la historia general-, en los años ’70 Le Goff desarrolló las bases de la Nueva Historia junto a Pierre Nora.  Con este título pasó  a definirse una corriente donde la construcción de la historia parte del estudio de fenómenos de larga duración, y de las representaciones colectivas y estructuras mentales de las sociedades, “las mentalidades”, que se suceden en ellos. Así entraron en acción, además de las disciplinas mencionadas, la literatura, la filosofía, el mundo jurídico, la vida privada y la antropología. Esta última, de particular importancia para esta generación de estudiosos, fue acortando cada vez más su distancia con la historia.

Agnóstico por propia definición, escribió más de 20 libros, la mayoría centrados en este período marcado por el cristianismo que es la Edad Media. Entre los más destacados están “Hacer la Historia”, tomos 1 y 2 con Nora (1985), “Los intelectuales en la Edad Media” (1986), “El nacimiento del purgatorio” (1989), “La civilización del occidente medieval” (1997), “Lo maravilloso y lo cotidiano en el occidente medieval” (1999), “En busca de la Edad Media” (2003), “San Francisco de Asís” (2003), y “La Edad Media explicada a los jóvenes” (2007). Títulos, éstos, que muestran que su recorrido lo llevó a tomar contacto con la mirabilia, terreno de hadas, duendes y dragones, como con la no menos fascinante concepción del Tiempo en la Edad Media o la relación de los banqueros, comerciantes y el nacimiento de las universidades.

Inquieto hasta último momento, diverso pero no disperso, fue colaborador de Umberto Eco en la adaptación de “El hombre de la rosa” al cine, y participaba del programa radial  “Lundis de l’histoire”, de la emisora France Culture. Sin ir más lejos, en febrero pasado sacó su último libro “Faut-il vraiment découper l’histoire en tranches?” (¿Es verdaderamente necesario cortar la historia en partes?”), donde se explaya en sus inquietudes historiográficas.

Le Goff no sólo investigaba, escribía, difundía, sino que también reflexionaba acerca de su propio trabajo y de cómo llegar a resultados cada vez menos parciales. Sin duda, su preocupación acerca de cómo abordar, pensar, construir la historia, era constante.

Esta honestidad histórica hizo que mi especie de fanatismo hacia él fuera poco disimulable, y en las clases tanto de Historia del Arte Medieval como de Historiografía de las Artes, me gustaba afirmar que “aún lo tenemos entre nosotros”. Sentía que de alguna forma estaba compartiendo el mismo tiempo, más allá de las distancias geográficas e indudablemente académicas, con aquel maestro que me había enseñado desde su obra, sus reportajes, sus conferencias (¡gracias Internet!) que la Edad Media era uno de los períodos más apasionantes de toda la humanidad. Con todo lo malo que siempre existió de este momento, con todo lo terrible y aborrecible, pero también con todo lo bueno y jugoso que esos 1000 años brindan a los que nos sentimos petit historiadores.

Entre sus pares lo llamaban el “Ogro”, porque lo identificaban con una frase de Marc Bloch en la que éste aseguraba que un buen historiador “se parece al ogro de la leyenda: allí donde huele carne humana, sabe que está su presa”; aunque a él le gustaba definirse como un partisano de la historia; un guerrillero capaz de enfrentarse con muy inferiores fuerzas a un absolutismo histórico e intentar vencerlo a pura táctica y estrategia. Seguro de que las clasificaciones no servían, y en una actitud prometeica hizo posible, como pocos, una historia para todos.