Arte y Peronismo

0
70

¿Cómo fue la relación entre el ámbito cultural y el primer y segundo gobierno peronista? ¿Existía tal hiato entre la esfera cultural y el gobierno? ¿o había matices? En sintonía con estas preguntas, se confrontarán dos posturas: Por un lado, la teoría que establece que el peronismo despreció a la “alta cultura”. Algunos autores establecen que, en materia de política cultural el gobierno fue autoritario. Por otro lado, la teoría que se ha sostenido en los últimos años postula que hubo una relación mucho más fluctuante y compleja entre el gobierno peronista y la cultura.

- Publicidad -

Para contemplar la cuestión a partir de una mirada más abarcativa, se analizará esta discusión en distintos campos del ámbito cultural: las artes plásticas, el cine y la literatura.

Pero primeramente se debería definir el fenómeno del peronismo. El sociólogo Juan Carlos Torre comienza su “Introducción a los años peronistas” con la siguiente frase: “La historia política de la Argentina en el siglo XX se divide en dos: antes y después del surgimiento del peronismo.”[1].Un fenómeno que dejó fuertes marcas por su expansión de los derechos sociales de las masas trabajadoras pero también por su clima de hostilidad política. En relación a esto último, el historiador Oscar Terán mencionará que, además de un proceso inclusivo por la ampliación de derechos sociales, se llevó a cabo la violación de derechos políticos de la oposición.[2] Para situarnos temporalmente, es necesario aclarar que en los `40, el conflicto de la Segunda Guerra Mundial se leía en términos nacionales. La confrontación entre los países del Eje (Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón autocrático) y los países Aliados (Estados Unidos, Francia, Inglaterra, etc) se trasladó también al ámbito nacional[3]. Cuando el presidente autoritario Ramón Castillo declaró neutral a Argentina, esto se interpretó como que el país no participaría de la lucha antifascista. Pronto se llevaría a cabo el 4 de Junio de 1943 la “Revolución de Junio”, golpe militar que, según Torre, reinó con suma confusión política: Rawson renunció antes de asumir. Ramirez asume y más tarde, asumirá Farrell, integrantes de la Logia secreta GOU (Grupo de Oficiales Unidos – profacistas-). En este período, se reprimiría cada vez más a grupos de izquierda y a organizaciones obreras, se intervendría las universidades, imponiendo como obligatoria la enseñanza religiosa en las escuelas. De la puja interna del GOU, finalmente saldría vencedor un coronel, que había también participado del golpe militar a Yrigoyen y que para 1944 era el jefe virtual de la Revolución: Juan Domingo Perón. En este momento, era vicepresidente de Farrell, Ministro de Guerra y Secretario de Trabajo y decidió acercarse a los dirigentes sindicales. Aunque, aclara Torre, la vieja guardia sindical aprovechó las ofertas de Perón, prefirió no comprometerse del todo. Al cabo de un tiempo de beneficios a la clase trabajadora, el coronel ya era una figura popular. En Octubre de 1945, se lo encarcelaría ya que había suscitado críticas dentro de la esfera oficial por las audaces reformas laborales, el manejo de la política exterior, etc. Como bien se sabe, el 17 de Octubre (fecha fundacional del peronismo) una gran cantidad de obreros de las periferias de Buenos Aires se reunió en Plaza de Mayo para reclamar la liberación de Perón. Tras vencer en las elecciones de 1946 frente a la Unión Democrática, Perón gozaría del apoyo de masas populares, las Fuerzas Armadas (se aumentaría el presupuesto militar) y la CGT. Sin embargo, comenzaría a implementar políticas represivas como la prohibición de agrupaciones estudiantiles, la intervención de universidades y la expulsión de académicos.

 

Pincelada negociada

“Lo cierto es que las cosas no eran muy claras y que la historia de esos años muchas veces fue escrita como si lo fueran, tanto desde los discursos gestados por el peronismo como por el antiperonismo”[4] afirma la historiadora del arte Andrea Giunta. Las relaciones que tuvo el peronismo con la cultura y el arte fueron cambiantes. Hubo negociaciones, tensiones entre el gobierno y los artistas.

Contrapuesta a otros historiadores del arte, como Jorge Lopez Anaya, Giunta desde distintas perspectivas y a partir de un interesante entrecruzamiento histórico, reconstruye de modo inteligente las discusiones y el contexto del ámbito artístico en “los márgenes del peronismo”.

La académica establece que el primer paso del peronismo en el campo de las artes visuales fueron los Salones Nacionales y el denominado Gran Premio “Presidente de la Nación Argentina” por escultura y pintura. Sin embargo, la autora remarca que en el salón se exhibieron estilos y temas diversos y que la plástica careció de seguidores que homenajearan y sacralizaran al gobierno.

Mientras que en el Salón Independiente (inaugurado en contra del Salón Nacional visto por diversos artistas e intelectuales como fascista) se exhibían obras antifascistas (como los cuadros celebrando el fin de la Segunda Guerra Mundial de la artista Raquel Forner), se creaba el movimiento Arte Concreto Invención[5]. Se trataba de un grupo de artistas argentinos y uruguayos (entre ellos, Tomás Maldonado, Gyula Kosice, etc) que buscaban hacer obras no figurativas, es decir, abstractas, no representar sino inventar un objeto nuevo racional, sin mensaje ni sentimiento. Hartos del surrealismo y la figuración, criticaban a artistas vanguardistas de 1930 como Berni y Pettorutti. Según Giunta, los concretos y su debate formal, no estaban contaminados por la política. Sin embargo, ciertos artistas como Tomás Maldonado o Hlito defendían el materialismo histórico, se solidarizaron con la Unión Soviética y buscaron contribuir desde el arte a la revolución “caminando a la vanguardia”, a la modernidad y al desarrollo. La revolución en el arte, según su posicionamiento, brindaría al hombre los elementos para reconciliarse con su entorno. La académica Daniela Lucena agregará que Tomás Maldonado y su grupo se afiliaron al Partido Comunista Argentino y criticaron desde el órgano oficial del PCA, Orientación, la Exposición del Arte Español, traída por este gobierno, por representar el fascismo y dejar afuera a pintores de la talla de Picasso y Miró.[6] A esta crítica se sumaron varios intelectuales de la Revista Sur.

En cuanto a la recepción oficial del arte abstracto, el ministro de Educación Oscar Ivanissevich,  criticó fuertemente al arte abstracto, tildándolo de “arte morboso (…) perverso (…)”. Bajo una mirada nacionalista postulaba que el arte abstracto “no cabe entre nosotros, en este país en plena juventud, en pleno florecimiento. No cabe en la Doctrina Peronista, porque es ésta una doctrina de amor”[7]; por este motivo, se lo debía extirpar. Aunque cabe la posibilidad de caer en la tentación de comparar estos comentarios con el “Arte Degenerado” nazi, Giunta aclara que carecían de antisemitismo y que, durante el peronismo, no hubo quemas ni proscripciones. En suma, no se trataba de una opinión generalizada entre los funcionarios ya que así como Ivanissevich criticaba fuertemente al arte abstracto, otros burócratas como Ignacio Pirovano, director del Museo de Arte Decorativo lo coleccionaba y defendía. Incluso hacia 1952, el arte abstracto ocupaba un lugar importante en exposiciones oficiales como en el Museo de Bellas Artes (adornado por retratos de Eva y Perón). Además, se enviaron obras no figurativas a la Bienal de San Pablo con la intención de demostrar apertura internacional y progreso. Por este motivo, la autora especifica que “la política del peronismo dependió más de los intereses coyunturales gestores que de un programa predeterminado”. Oscar Terán dirá al respecto que: “Se evidencia aquí que existieron manifestaciones culturales que o bien no fueron reprimidas por el estado, o bien llegaron a ser promovidas por éste, preservándose zonas donde intelectuales opositores hallaron un espacio para continuar su práctica y su producción”.[8]

 

Celulloides en movimiento  

En Cine y Peronismo, la catedrática Clara Kriger se posiciona en contra de aquellos que postulan el cine durante este período como pasatista y que asocian de manera directa el cine con la propaganda partidaria y la censura política. El cine durante este período, según Kriger, no estuvo conformado exclusivamente por documentales (donde abundó la propaganda política) sino que también se deben considerar las películas de ficción y entretenimiento.

La autora aclara: “(…) un rápido relevamiento de la política que ambos gobiernos pusieron en marcha para el sector cinematográfico demuestra que la intervención estatal no incidió de manera significativa en las formas o los contenidos de los largometrajes de ficción.”[9] Si bien el estado decretó leyes proteccionistas destinadas al sector incentivando su desarrollo, el material fílmico (400 largometrajes) producido en el primer gobierno no fue homogéneo sino que se caracterizó por su pluralidad (expresiones estéticas y culturales distintas). En suma, no hubieron mayoritariamente alusiones a Perón o Eva o a funcionarios.

La autora confronta la hipótesis del fundador de la historiografía del cine argentino, Domingo Di Núbila. Para este teórico, el gobierno de Perón fue decadente en materia cinematográfica porque hubo cierre, semiparalización de ciertas empresas y una errónea política de comercialización. Esto mismo estipulaba el escritor Leopoldo Torre Nilsson ya que intentando proteger al cine, lo que había hecho el gobierno fue anularlo y ponerlo a su servicio.

Perón, según Di Núbila, teniendo en cuenta la utilización política del cine que habían llevado a cabo Hitler, Lenin, Mussolini, “Él iba a jugar su carta al mito, a crear mediante propaganda un halo que lo endiosara y protegiera, y dentro del cual sólo habría lugar para él mismo y, eventualmente, para su esposa.”[10] Por otro lado, las películas referían a cuestiones pasatistas y se censuró a personas y películas del ambiente. Ante estas posturas, Kriger dirá que “los autores de estos trabajos llegan, habitualmente, a conclusiones teñidas de preconceptos de los que parten” además que el análisis fílmico es pobremente descriptivo.

Oscar Terán establece que sí hubo censura pero Kriger encuentra los matices. Si bien hubo filmes de propaganda política (donde se desarrollaba la conciliación de clases, el turismo social, etc), se estrenaron películas de denuncia al gobierno como Las aguas bajan turbias.

Al igual que Giunta, Kriger afirma que la política en torno al cine no fue un proceso construido de arriba hacia abajo, sino que hubo negociaciones, acuerdos y se trató de una política coyuntural y relacional.

 

¿Alpargatas sí, libros no?

La historiadora Flavia Fiorucci establece que “Los intelectuales describieron el peronismo como un régimen inhóspito para la vida cultural e intelectual”[11] ya que los censuraban y desdeñaban. No obstante, el gobierno realizó cambios en la política y administración cultural, creando la Subsecretaría de Cultura, la Junta Nacional de Intelectuales (institución que planeaba organizar las actividades intelectuales) y aumentando el gasto público en cultura. Se buscó “llevar la cultura a todos los rincones del país”, corregir asimetrías en relación a la producción y consumo cultural. Y aquí residía la novedad: “el acento en la federalización del consumo cultural” con la creación de distintos departamentos, cuyo objetivo era descentralizar la toma de decisiones culturales.

Si bien desde el gobierno hubo una intención de reorganizar el campo cultural, la autora dictamina que “los pasos seguidos resultan, sino objetables, por lo menos torpes y dejan adivinar cierto desconocimiento de las leyes que regían las dinámicas de la comunidad intelectual”[12] Ejemplos clarificadores sería la decisión de no otorgarle el Gran Premio de Honor de la Comisión Nacional de Cultura a Ricardo Rojas (seleccionado por el jurado)[13]; el reemplazo de personalidades destacadas de esta misma comisión por figuras, seleccionadas por el poder Ejecutivo, desconocidas en el ambiente y que “tenían más credenciales científicas que culturales”. La socióloga Silvia Sigal expresa que “en el plano de la cultura docta el peronismo carecía de una estrategia propia y no contaba ni siquiera con una ideología que permitiera decidir en conflictos propiamente intelectuales.”[14]

El Estado, según Fiorucci, tenía el monopolio de decidir quién era quien. Y según Ricardo Rojas “la cultura estaba dirigida por el PEN”[15]

Además, la intervención del estado en ”terrenos que eran propios del campo intelectual”[16], aunque se venía efectuando desde 1930, generaba cierta desconfianza en los intelectuales. Si bien la autora expresa que los intelectuales gozaban de cierta autonomía varios años antes de 1940 (con sus propias instituciones, espacios de sociabilidad, etc), el filósofo Oscar Terán dictamina que la autonomía de la esfera intelectual es más difícil en momentos de fuerte politización, momentos de intensas tensiones políticas y donde el Estado tiene una presencia abrumadora.

La Sociedad Argentina de Escritores (SADE), sitio donde se congregaban varios intelectuales, aunque se fundó como una entidad apolítica, a partir de la Segunda Guerra Mundial le fue cada vez más complicado sostener su neutralidad. Se manifestó comprometida con la lucha antifascista de la Unión Democrática en las elecciones de 1946. Sus miembros se autopercibían como actores sociales con autoridad para cuestionar al poder, es decir, figurando al intelectual como “censor público”. Además, esta institución veía a Perón como un miembro central del gobierno militar de 1943[17] que deploraban por la intervención en universidades, la censura, la represión a comunistas y la prohibición de partidos políticos. Sin embargo, la aparición de Perón en escena produjo, en palabras de la autora: “la despolitización en función de la supervivencia institucional”[18] tanto en la SADE como en la Revista Sur. La SADE, en particular, participaría en la esfera pública pero sólo cuando sus intereses se viesen afectados, en defensa de la libertad intelectual. A partir de 1953, siendo Jorge Luis Borges presidente de la SADE, en un contexto de mayor polarización, se encarceló a varios escritores (entre ellos a la directora de Sur Victoria Ocampo y a Ernesto Sábato) y SADE, paradójicamente, decidió no involucrarse. Por “razones de seguridad pública” se prohibirían las reuniones y actividades culturales de la institución.

Otro sitio importante de congregación intelectual fue la Revista Sur, la revista cultural más importante del momento. Con tinte liberal, se manifestaron a favor de la Unión Democrática, y su posición antifascista mutó rápidamente en antiperonismo. Al igual que la SADE, “evitaron la confrontación directa con el régimen y moderaron el tono de sus intervenciones en la esfera pública (…)”[19] para sobrevivir institucionalmente. Además, de igual manera que la SADE, su apoliticismo tenía límites ya que defenderían los valores de la vida intelectual si eran amenazados. Poniendo en discusión cuestiones culturales, Sur discrepó con el gobierno. Denunció el nacionalismo cultural (representado a través del ser nacional, el folcklore, lo autóctono), el consumo masivo de cultura y la mediocridad en la que estaba imbuida. Paradójicamente, no se publicó ninguna nota o artículo sobre la situación complicada de la SADE ni sobre el encarcelamiento de su directora, Victoria Ocampo.

Respecto a las universidades, la académica Silvia Sigal explica que desde que asume Perón como presidente, aumentaron los despidos de docentes, las intervenciones de universidades (aunque se estaba llevando a cabo desde el gobierno de Farell), expulsiones y suspensiones de alumnos para lograr una universidad sin política. Por otro lado, las organizaciones estudiantiles fueron declaradas ilegales y los rectores nombrados por el Poder Ejecutivo. Además, se demandaba a los alumnos un certificado policial de “buena conducta”.

Sin embargo, la autora señala que el gobierno peronista sí tenía un programa para la Universidad: Aumentó la cantidad de institutos, la enseñanza fue gratuita, se creó la Universidad Tecnológica Nacional y promocionó la investigación científica. Sin embargo, la penetración de la propaganda política fue menor que en las escuelas primarias y secundarias[20] y las exigencias acerca del contenido de las cátedras fueron escasas aunque hubo una tendencia a abrirse al pensamiento católico reaccionario. Según la autora: “La mediocridad reinó en la Universidad reticente a la innovación (…) articulado a ese control autoritario que hacía las veces de política cultural, el catolicismo tradicional expresaba las opciones efectivas del peronismo.”[21]

En conclusión, la autora Silvia Sigal establece que el gobierno de Perón fomentó la cultura popular (tango, la música folcklórica) y desdeñó la “alta cultura”. La socióloga dictamina que el peronismo se caracterizó por un “antiintelectualismo” (“Alpargatas sí, libros no”) mientras que la historiadora Flavia Fiorucci opina que el régimen peronista tuvo dificultades para relacionarse con los intelectuales ya que la posición de los intelectuales frente al peronismo se había tomado previamente. Además, habría que tener en cuenta el intento (fracasado) de acercamiento del gobierno, del cual desconfiaban los letrados. La polarización entre intelectuales peronistas y antiperonistas era inminente. Ambas autoras coinciden en que el campo intelectual estaba dominado por el antiperonismo. Sin embargo, el historiador Oscar Terán dirá que a pesar de la polarización, habían matices en el ámbito intelectual.[22] En esto coincidirá con Flavia Fiorucci, aunque la autora menciona brevemente esta voz discordante. Se trata de la revista Contorno, fundada en 1953 que, aunque de corta duración, estuvo integrada por los “denuncialistas” (David Viñas, Tulio Halperin Donghi, Noé Jitrik, Oscar Masotta) de la Facultad de Filosofía y Letras. Sus miembros, influenciados por el marxismo y el existencialismo, criticaban al peronismo como al antiperonismo. Reprochaban la visión maniquea que se tenía de la realidad y el silencio “cobarde”, la falta de compromiso de los intelectuales. Para ellos, el intelectual debía comprometerse con la realidad, responsable de todo lo que dice y lo que no, pero desde su condición de intelectual, o sea, independiente.

En conclusión, en palabras del historiador de las ideas, Oscar Terán: “(…) la historia es más matizada de lo que suele suponerse, puesto que ellos (intelectuales y artistas opositores) encontraron espacios de resistencia y producción cultural desde donde se editaron revistas como Realidad, Imago Mundi o Ver y Estimar (dirigida por Jorge Romero Brest, expulsado de su cátedra en la Universidad de La Plata), mientras que Sur configuraba aún el principal medio de la intelectualidad liberal.”[23] Cabe destacar que tanto en las artes plásticas, como en el cine y la literatura, según los autores tratados aquí, la política gubernamental no fue programada sino más bien coyuntural. En el caso del cine y las artes, hubo una relación más fluctuante, compleja y cambiante con el gobierno. En estos campos se llevaron a cabo negociaciones, mientras que en la literatura hubo una relación más difícil entre el gobierno y los letrados. No se puede negar que hubo censura, expulsión de académicos, arrestos, intervención a universidades, pero, retomando a Terán, hubo matices: Los intelectuales y los artistas encontraron espacios de resistencia.


[1] Torre, Juan Carlos. “Introducción a los años peronistas”, página 13,  Nueva Historia Argentina, volumen VIII. Editorial Sudamericana, Buenos Aires.

[2] Terán, Oscar. Historia de las Ideas en Argentina. Diez lecciones iniciales 1810 – 1980. Página 252. Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2008.

[3] El movimiento político- cultural antifascista fue sumamente relevante en el período de entreguerras y durante la Segunda Guerra Mundial.

[4] Andrea Giunta, Vanguardia, internacionalismo y política (Arte argentino en los años sesenta), Paidós, Buenos Aires, 2001, página 45.

[5] Proveniente del grupo editor de la revista Arturo. También de allí se formará el Grupo Madí (conformado, entre muchos, por Rhod Rothfuss quien romperá el concepto de “ventana abierta al mundo” realizando Marcos Recortados).

[6] Lucena, Daniela. “El Gobierno peronista y las Artes visuales”. [en línea: http://www.perio.unlp.edu.ar/ojs/index.php/question/article/viewFile/719/622 ]

[7] Ibid, página 67.

[8] Terán, Oscar. Historia de las Ideas en Argentina. Diez lecciones iniciales 1810 – 1980. Página 263. Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2008.

[9] Kriger, Clara. Cine y Peronismo, página 10. Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2009.

[10] Ibid, página 13.

[11] Fiorucci, Flavia. “La administración cultural del peronismo. Políticas, intelectuales y Estado”, Working Paper no. 20, Latin American Studies Center, University of Maryland, Collage Park, 2007.

[12] Ibid,

[13]La Sociedad Argentina de Escritores interpretó este suceso como una ofensa al gremio y le otorgó su premio mayor. Además de demostrar autoridad, este premio se entregó a personalidades con un accionar “democrático”. Este premio se transformaría en símbolo de resistencia al gobierno peronista.

[14] Sigal, Silvia. “Intelectuales y peronismo”, página 516, en Nueva Historia Argentin, vol. VIII, Editorial Sudamericana.

[15] Fiorucci, Flavia. “La administración cultural del peronismo. Políticas, intelectuales y Estado”, Working Paper no. 20, Latin American Studies Center, University of Maryland, Collage Park, 2007.

[16] Ibid.

[17] Según la académica Silvia Sigal Perón, para los intelectuales, no existía como lider de masas antes del 17 de Octubre, sino como un heredero del gobierno militar de Revolución de Junio. Por estar en contra de Revolución de Junio de 1945, la autora argumenta que el antiperonismo existía antes (Nueva Historia Argentina, volumen VIII…)

[18] Fiorucci, Flavio. Intelectuales y peronismo. Página 71, Editorial Biblo/La Argentina Contemporánea.

[19] Ibid, página 123.

[20] Vale remarcar que en el nivel primario y secundario, se impuso como obligatoria la enseñanza católica.

[21] Sigal, Silvia. “Intelectuales y peronismo”, página 510, en Nueva Historia Argentin, vol. VIII.

[22] Terán, Oscar. Historia de las Ideas en Argentina. Diez lecciones iniciales 1810 – 1980. Página 264 Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2008.

[23] Ibid, página 263.