Góngora y el hermetismo

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No es que uno se levanta un día y dice así, espontáneamente: “Voy a leer Las Soledades”, el célebre y abstruso poema de Góngora. Definitivamente, así no siempre son las cosas en literatura.

Hay lecturas para hacer bajo la fresca sombra de una palmera en la playa y hay otras para descifrar en una biblioteca, en la red hipervinculada de textos que se teje alrededor de un clásico. Hay lecturas que nos resisten y otras que se entregan al consumo inmediato. Son, quizás, los extremos de una relación histérica del autor con su lector, de un flirteo intransferible: te invito, te revelo pero inmediatamente me encierro, te dejo en la incertidumbre del espacio entre una palabra y otra. En blanco, o azul, apenas una imagen fragmentada, un grupo de sonidos que sorprenden una melodía lejana.

En 2013 se cumplieron 400 años de la aparición de las Soledades y hace falta afinar el oído para escuchar su eco entre el ruido de la ciudad. El Centro Cultural de la Embajada de España en Buenos Aires organizó una exposición de varios artistas plásticos. De allí salió este librito, Alga todo y espumas, una linda reedición, ilustrada por distintos artistas, del poema que ahora leo, o al menos intento leer, pues se trata de una de esas lecturas que es preciso descifrar. No en vano dijo Lorca que a Góngora “no hay que leerlo, sino estudiarlo”. Y es que parece imposible leer Las Soledades sin acudir a los comentaristas, a los gongorólogos o gongoristas que estos 400 años han arrojado sobre su obra para esclarecernos y también para limitarnos. En efecto, como ocurre a todo clásico de la literatura, el comentario especializado sirve tanto para esclarecer como para ocultar; para impedir el acceso desprejuiciado a su obra o revelar el enigma de sus versos; para imponer una lectura o ser una simple guía: en el juego histérico de esa seducción se encuentra el gusto.

Ese gusto podría parecer masoquista, pero ¿quién puede negar que respondemos con mayor solicitud a lo difícil, a lo que no se entrega completamente? Las Soledades es, sin duda, un poema cuyo sentido no se entrega (de todas maneras, como dice Derrida, cualquier poema es un texto que está a punto de no tener sentido). Hermético, cerrado sobre su propia lírica, entre cada uno de sus versos se puede entrever la narración de la anécdota de un naufragio y de un encuentro, pero no estamos seguros, y tampoco tenemos que estarlo, pues nadie ha dicho que un poema debe ser transparente.

Sin embargo, es un lugar común la oscuridad de Góngora, incluso el mismo autor se complacía en ella: “Honra me ha causado hacerme oscuro a los ignorantes, que esa es la distinción de los hombres cultos”. Por esta concepción de la cultura como lugar cerrado a los ignorantes se levantaron voces en su contra; la Historia le acusa de oscurantismo o, mejor dicho, de culteranismo, pues se dice que su obra es de una oscuridad hiperculta, llena de latinismos desconocidos para la mayoría (si en aquella época era impenetrable, imagine lo que será ahora, 400 años después).

No obstante las acusaciones, se trata de un tema eterno de la poesía, que a lo largo de la historia ha sido formulado de diferentes maneras. La voluntad de ocultamiento, la necesidad de retener el sentido en el poema mismo para que este no se explaye y se pierda en fragmentos in-significantes: ocultar el sentido dentro del poema es protegerlo; es, además, exigir del lector un esfuerzo, no subestimarlo, pues allí se encuentra el otro extremo: abandonar el texto a una cómoda transparencia, no pedir nada del lector, entregarle un poema sin secreto, dispuesto únicamente para el consumo, completamente desechable. Un poema sin secreto es un poema insulso. Nos acercamos a la poesía como quien busca la revelación de ese secreto, diría Rafael Cadenas. Pero es cierto que nada garantiza su encuentro. Y es precisamente allí, en la incertidumbre de esa oscilación, en el verso que está a punto de tener sentido, donde algunos hallamos el gozo, más aún, la gracia. Recordemos, pues, a Góngora y su impenetrable Soledad.