Se presentó el libro Efectos colaterales, de Pablo Besarón

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Son las seis y media de la tarde en Absinth, el hermoso bar que queda justo en la esquina de Bartolomé Mitre y Rodríguez Peña, en pleno centro porteño, y ya un puñado de personas pertenecientes al mundo intelectual y literario circula por allí, inquieta y expectante.Es una típica tarde de comienzos de otoño, nublada, húmeda y gris. En unos pocos minutos más, bajaremos al subsuelo de este coqueto lugar y asistiremos a la presentación de Efectos colaterales de Pablo Besarón, un intenso libro de relatos que vincula de manera exquisita el realismo y el género fantástico, un material que sorprende y conmueve, que es capaz de internarse en los oscuros recovecos de la psiquis humana.

La mesa de presentación estuvo compuesta por Ariel Idez, Licenciado en Ciencias de la Comunicación, escritor y nadador; por Hernán Bergara, Licenciado en Letras que llegó especialmente desde Puerto Madryn para esta ocasión y por el propio autor. Bergara, quien tomó en primer lugar la palabra, enmarcó la propuesta estética, conceptual y existencial del libro dentro del nivel más amplio de los pulsos, las sensaciones y los saberes de la vida contemporánea. Frente a un mundo que parece pedirnos todo el tiempo finales felices a lo Hollywood, este libro nos entrega lo opuesto, ofreciéndonos una postura innegociable, propia de los ritmos que el arte sabe imponerle a la vida. Un registro soberano en el que todo parece creíble salvo lo probable, señaló Bergara, citando al gran poeta y escritor irlandés Oscar Wilde. Efectos colaterales ofrece una anacrónica y muy bienvenida novedad: restaura el lugar del narrador, explicó Bergara, un espacio perdido en la literatura argentina contemporánea. Lo que cuenta es extraordinario porque narra historias en las que hay desesperación por restituir una normalidad. El libro de Pablo Besarón se hace fuerte allí donde se constituye en un intento desesperado por ocultar el conflicto, argumentó el escritor de Puerto Madryn. Las historias familiares incompletas y la fantasía como un decreto de necesidad y urgencia se unen para disimular una realidad que parece haberse perdido definitivamente. Efectos colaterales, señaló Bergara, se pregunta por las formas monstruosas de la felicidad. Esta normalización inducida, ¿es una victoria o una derrota? Estos cuentos son de amor, sorprendió Bergara a un cautivado auditorio, si entendemos al amor como la locura de la insistencia en el existir del otro: “Te amo porque insisto en tu existencia”. Un libro de amor inquietante, un libro para nada cursi, un libro intenso, finalizó Bergara.

Siguió luego el turno de Ariel Idez, quien comenzó ensayando una en principio extraña analogía futbolística. Se refirió extensamente a la ausencia de Carlos Tévez en la selección nacional de fútbol de nuestro país debido a su mala relación con el mejor jugador del equipo: Lionel Messi. Un libro de cuentos es como un equipo, explicó Idez, siempre hay un relato estrella, varios jugadores (léase cuentos) sacrificados, y especialmente un buen grupo. El libro de Pablo Besarón está compuesto en realidad por dos equipos: el del género fantástico y el perteneciente al realismo. En la primera parte, en la que se reconoce la influencia de la literatura fantástica, habla la tradición: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y otros tantos autores. Las generaciones posteriores de escritores, señaló Idez, abandonaron el género para escapar de esta opresiva tradición. Una huida que pronto se revelaría como infructuosa, ya que como bien señaló Ariel Idez, a los argentinos se nos da muy bien lo fantástico, seguramente por la propia matriz de la realidad en la que vivimos inmersos todos los días. Lo fantástico es el extrañamiento progresivo y sutil de la realidad cotidiana. Los cuentos de esta primera parte provocan un placer vintage en el lector. Quizás porque el virus de lo fantástico ya estaba inoculado, la segunda parte no fue leída por Idez de manera realista. Una vez que nos sumergimos en las aguas de lo maravilloso y lo extraordinario, ya no podemos retornar a lo real. Nada más alejado de la realidad que el cuento, porque como decía Borges, la causalidad del cuento es frenética. Lo fantástico ya tuvo lugar, ya aconteció, explicó Idez, y el realismo del relato es la exposición de sus consecuencias. Para el autor de La última de César Aira, el encargado de hacer el gol, la estrella del equipo, es el último relato, “Noche de reyes (Papábueno, Papámalo)”. La novela familiar, junto con la pérdida que ella trae aparejada, se releva como uno de los grandes temas del libro. Siempre que algo se quiebra, para poder seguir viviendo necesitamos restituir el equilibrio. El libro, dijo Idez, ofrece tramas distintas para esa restitución, pues admite las lecturas que suponen el realismo adulto y el fantástico infantil.

A continuación, el propio autor, Pablo Besarón, cerró la mesa de presentación con unas palabras que dieron cuenta de su forma de trabajo y de sus fantasmas personales. Afirmó que la literatura se funda en un mito original, centrado en la felicidad privada, en el placer de los relatos que nos cuentan de nenes, antes de irnos a dormir. La vida, en la infancia, asume la forma de relatos. La literatura desde la niñez se conforma como “una instancia que te escinde de la vida social a partir de lo imaginario. Uno sigue escribiendo siempre los textos que leyó. Escribir es releer”, dijo Besarón. Los cuentos asociados a lo infantil intentan recuperar ese momento iniciático, donde las historias constituían el mundo del autor. Este libro está integrado por diez cuentos escritos hace cuatro años, en un proceso de escritura que demandó dos años de corrección, reveló el autor. Cada cuento fue pensado autónomamente, no en serie. Efectos colaterales es, además del título del libro, una frase que dice el rabino protagonista del relato “Los últimos días de Daniel Knopoff”. Besarón dijo que esa frase fue la clave de la unión de todo el material. “Vi una instancia cohesionadora en ese concepto, un patrón común. La historia se desarrolla en una dirección, pero en un momento se genera un efecto disruptivo que termina siendo la trama principal. La literatura debe extrañar, debe haber un punto de fractura”.

Ante la pregunta de una persona del público, quien quiso saber si las palabras de un cuento siempre son “fijas”, es decir si el relato asume desde el principio una forma inmodificable, Besarón respondió citando al escritor, profesor y ensayista argentino Ricardo Piglia, quien afirma que el cuento es una estructura cerrada. Mencionó también la “teoría del iceberg” del autor norteamericano Ernst Hemingway, quien sostenía que el verdadero significado de un texto no debe ser evidente a partir del relato de superficie, sino que más bien lo central de una narración debe residir en lo que se encuentra por debajo de la misma, y aludir a ello sólo elusivamente. Besarón señaló también que el lector debe estar atento siempre a todo lo que ocurre y a lo que se dice en un relato, ya que nada es casual. El devenir, no obstante, gobierna el proceso de escritura. “En muchos de mis cuentos hay una imagen como disparadora. Imágenes que a veces han tenido lugar realmente en mi vida, como por ejemplo el hecho de haber visto a una señora mayor muerta en un ascensor, que dio origen al relato “Delia y la telenovela de las cinco”. Primero viene la imagen, luego fluye la imaginación, finalmente la reescritura concatena las partes, añadió Besarón, explicando su forma de trabajo, y cerrando la presentación ante el aplauso general de un público que esa altura estaba más que agradecido por las reflexiones que los autores habían compartido.