Entrevista a María Esther Vázquez, escritora

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Hablar sobre Aventuras de la palabra –el libro de ensayos sobre la poesía de Horacio Armani, su esposo– es la excusa para la entrevista con María Esther Vázquez.

Cuentista, ensayista, poeta, amiga de Borges –con el que escribió cuatro libros–, presidenta de la Fundación Victoria Ocampo: María Esther es una mujer que tiene mucho para decir y que sabe de literatura en profundidad. Es, además, una persona con la que da gusto hablar no solo por sus conocimientos, sino también por su amabilidad y por su generosidad.

Comienza la charla contándonos sobre sus conferencias en el exterior junto con su esposo, y nos recuerda una en Colombia en la que Armani habló ante setecientas personas interesadas en la poesía argentina. El estilo poco engolado y coloquial de Horacio, su pasión por la palabra poética y su humildad hacían que sus lectores o que sus oyentes se metieran de lleno en los temas que abordaba.

Aventuras de la palabra es producto de una cuidada selección, ¿qué quedó fuera del libro?

Hay muchos ensayos que quedaron fuera del libro, sobre todo de poesía italiana. Publicarlos ahora es difícil porque para hacerlo tengo que pagarlo yo, una editorial no lo haría. Más allá de eso, lo más difícil fue seleccionar el material del libro. Toda su vida Horacio fue poeta. Cuando nació, el abuelo miró las estrellas y dijo: “Pónganle Horacio que va a ser poeta”. Era el sexto de siete hermanos que lo quisieron mucho; él era una persona muy espiritual. Era el favorito de la madre. De chico mostraba que sería escritor. Cuando tenía pocos años, él escribía La prensita con lo que había pasado y la vendía por cinco centavos. Más adelante, a los dieciséis o diecisiete años, escribía cartas en endecasílabos. Sabía mucha poesía de memoria. Fue muy culto. A los dos nos gustaba la música, en especial la ópera. Yo, incluso, aprendí italiano a través de los libretos de la ópera. Tuvimos abono en el Colón más de cuarenta años y conocimos a los cantantes y a las orquestas más famosas. También conocimos a los pintores más importantes.

Horacio, además, tradujo una antología de poesía italiana del siglo XX (cincuenta y tres poetas); la Unesco se la pidió, y la publicó acá y en España.También tradujo del inglés y del francés. Su ventaja era que él mismo era poeta: la poesía solo puede traducirla alguien que sea poeta porque traducir es recrear. Su versión de “El infinito” de Leopardi, por ejemplo, se destaca entre otras.

El título Aventuras de la palabra, lo elegí yo. Horacio sabía de memoria casi todos los poemas de Neruda, de Borges, de Lugones, de los escritores de la generación del 27, de los poetas del Siglo de Oro español. Sabía muchos poemas en francés o en italiano. Nunca conocí a nadie que tuviera tanto amor por la poesía.

¿Qué libros está preparando ahora?

Alguien quiere publicar las mejores notas que redacté para La Nación durante 30 años. Un amigo nuestro quiere rescatar de allí una sección que se llamó “Instantáneas”. Además, estoy haciendo un prólogo para una edición bilingüe (la traducción es de  Horacio Martínez Celaya) de la Fundación Victoria Ocampo donde está el primer libro de El paraíso perdido de Milton junto con una biografía bien hecha del autor.

También estamos trabajando en una novela sobre el primer presidente de la República vasca, perseguido por Franco: En el corazón de la noche. Es un tal Aguirre. El cónsul de Panamá lo salva y vive en Berlín. Después de tres años lo sacan de Alemania. La autora es Gloria Guardia, la vicepresidenta del PEN Club Internacional [asociación mundial de escritores], una excelente escritora panameña muy importante y muy conocida en América, menos en Argentina, ya que este es el primer libro de ella que aparece en Buenos Aires. Su padre era cónsul y amigo del presidente vasco. Es esa gente de la que poco se sabe.

Los dos libros anteriores están en la etapa de corrección de pruebas y salen para la Feria del Libro.

María Esther recuerda una anécdota sobre Roberto Payró: “Se me ocurrió hacer una instantánea sobre los casamientos en la literatura y hablé de El casamiento de Laucha. Lo interesante es cómo hay gente de la que se sabe muy poco, como de Payró. Él vivía en Bélgica donde se hizo una especie de corresponsal o espía para los aliados. Iba en bicicleta a la frontera con un certificado médico falso de que debía usar la bicicleta por salud. En sus viajes, traía paquetes y a veces personas que tenían que escapar, y en todo momento arriesgaba la vida. Es esa gente cuya vida pasa ignorada”.

Sigo escribiendo cuentos y un libro de poemas –que ya tiene más de veinte y que empecé en julio del 2013–. También estoy trabajando con dos cuentos, uno que ya tiene el final –solo me falta escribirlo– y otro que no tiene final.

Acerca de la génesis de sus cuentos nos dice: “Hubo dos cuentos que me costó escribir, ‘La confesión’ (a Borges le gustaba mucho ese cuento), y ‘Círculo cruel’, al que no le encontraba el final tampoco. Después de cinco o seis meses, lo pude terminar y también le gustó a Borges. El que era muy crítico con mi obra era Horacio, él leía todo, pero no todo se lo mostraba a Borges”.

Volviendo a las Instantáneas, ¿cuál fue su relación con el periodismo?

Primero hice periodismo radial. Era muy joven y estaba con Borges en la Biblioteca Nacional vieja con un tapado verde largo. Hacía mucho frío. Vino Eduardo Constantino, que era profesor en la Universidad del Salvador –un hombre muy culto y fino–. Me ofreció hacer reportajes y me dijo una frase surrealista “Una persona que sabe llevar un tapado como ese es capaz de hacer reportajes”. Yo tenía poco dinero, vivía con mamá y mi papá había muerto cuando tenía yo 11 años. Borges me dijo: “Sí, hacelo que lo vas a hacer bien”. Borges hacía periodismo en Critica, escribía cuentos, reseñas de libros y de películas. Me prometió: “Yo te ayudo”, pero nunca lo hizo (María Esther sonríe). En esa época yo había leído la obra de Jean Cassou y me pidieron que lo entrevistara. Cuando lo tuve enfrente, no me salía la voz. Entonces me vio don Salvador de Madariaga que vivía en Oxford, me vio desesperada y le dijo a Cassou que había una chica que le quería hacer la nota, pero yo seguía sin hablar. Don Salvador me sacó el papel de la mano y le hizo él la nota. Volví destruida a la radio. Conté lo que había pasado y quedé como una heroína por haber conseguido que Madariaga entrevistara a Cassou.

También publiqué un libro que se llamaba Diálogos donde confrontaba dos personas que pensaban diferente. Uno interesante fue entre Borges y Raymundo Lida. Hice entrevistas sobre música, literatura, pintura, por ejemplo, Roberto Mondolfo enfrentado con el doctor Antonio López Farré, Luis Federico Leloir con Alfredo Lanari, Enzo Valenti Ferro, director del teatro Colón durante trece años, con Miguel Ángel Estrella.

¿Lee a los escritores jóvenes?

Es difícil conocer a todos. Ahora soy jurado de los Premios Konex y tengo que votar a los tres mejores en los últimos diez años. La Fundación Victoria Ocampo, además, hace dos concursos por año: uno de poesías y uno de cuentos. No todo lo que se presenta es bueno. Hay un primer premio y una antología con los diez o quince mejores, y a veces cuesta encontrarlos. Este año vamos a dar los premios en la Feria del Libro. Yo reviso, además, las pruebas de página y redacto los prólogos.

Con respecto a la edición de libros, en otra entrevista usted afirmó que si hoy Borges viviera y buscara un editor, no lo encontraría.

Es así. El lenguaje de Borges es un lenguaje que sale fuera de lo común. En este momento, los editores, en general, buscan vender el libro ya porque los nuevos libros tapan a los del mes anterior. Borges no es accesible como tampoco es accesible la poesía, y por eso no se publica. ¿Quién publicaría hoy “Las ruinas circulares”? Tampoco conseguiría un editor Ricardo Molinari, menos Alberto Girri o Roberto Juárroz.

Entonces, ¿ya no se leen tantos clásicos?

Siempre hay una franja de la sociedad que lee. A principios del XX leía la burguesía alta que tenía la vida asegurada. El obrero que tenía que deslomarse no podía leer. Incluso los que se dedicaban a la escritura eran los escritores que tenían asegurado el pan y tenían el tiempo de ocio para escribir. Cuando la gente se fue alfabetizando, empezó a leer más, pero no siempre buena literatura. La gente está más informada pero no menos educada. Se leen menos clásicos.

Hablar de los clásicos la lleva a María Esther a recordar sus épocas en la Facultad de Filosofía y Letras: “Cuando entré en la facultad, daba clases de literatura italiana Gerardo Marone. Una de las primeras cosas que nos dijo fue ‘Para tal fecha quiero un trabajo de I promessi sposi de Manzoni’. Tuve que leerlo en italiano y en español. Marone y otros eran profesores que te exigían desde el comienzo con trabajos bien escritos”.

¿Recuerda a algún otro profesor?

También lo tuve de profesor a Claudio Sánchez Albornoz que nos hizo estudiar la España musulmana, un período fascinante incluso en lo que respecta a la poesía. De diez alumnos, aplazaba nueve y medio. Uno no sacaba bolilla, él elegía el tema y al hacer la última pregunta nos daba treinta segundos para contestar mientras balanceaba el reloj, y eso nos ponía nerviosos. En el examen, yo sabía la respuesta, pero me animé a tomar el reloj con mis manos porque necesitaba tiempo. Pasaron años, y en La nación lo encontré cuando se iba a España. Le recordé que había sido su alumna, y él dijo que se acordaba porque había sido la única que se animó a tomar el reloj y detenerlo. Teníamos profesores de primera línea. Tuve a Battistesa, en Introducción a la literatura. Eligió a Goethe, Wilhelm Meister. A partir de este profesor decidí aprender alemán también. Era uno de esos profesores que obligaban al alumno a investigar, a querer aprender, a tener amor por el conocimiento. Hoy en día con Internet, si uno no sabe del tema, no puede darse cuenta si lo que buscó tiene errores o no. Hay datos que terminan solo encontrándose en un libro en papel. Los medios audiovisuales son poco profundos. En Internet busco el conocimiento inmediato, pero deseché algunas cosas, por ejemplo, el celular. No hay momentos de ocio de descanso total para uno, tampoco se busca ese momento.

Seguimos nuestra conversación sobre los viajes de María Esther, sobre los clásicos a los que ella vuelve cada tanto –como Ramón del Valle Inclán–, sobre la literatura y la música como dos grandes consuelos. Y siempre de Borges, su entrañable amigo.

La entrevista va llegando a su final. Recorremos la casa, me muestra fotos de sus viajes, de Horacio y de ella, admiro su biblioteca. Para despedirnos, me regala dos libros de su esposo: El sueño de la poesía y La poesía que queda. El primero es una antología temática en la que faltan tres o cuatro poemas que el poeta escribió durante los cinco años de su enfermedad. María Esther piensa publicarlos en un pequeño libro que va a regalar. Cierre a toda poesía como no podía ser de otra manera.