Fuga Industrial, una vorágine metálica

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Emprendedor y carismático, Luis Marte decide sentarse un momento. Está agotado pero feliz. Ha logrado organizar un festival artístico de dimensiones exorbitantes en un lugar insólito: La ex fábrica Bagley.

Mientras me cuenta que, desde 2001, los festivales de Fuga han servido como “aglomerantes” de artistas independientes, no deja de entrar gente. El arte se ha apropiado de la ex fábrica y la ha reconvertido. Por doquier, las “bofetadas sonoras” (como alguna vez las llamó Luigi Russolo), vibran y se filtran en las salas, en las conversaciones, y en mi grabador.

La temática industrial que convoca, esta vez, a artistas lugareños y extranjeros, es palpable, manifiesta. El concepto y el espacio se conjugan indisolublemente. Y los tiempos circulares, se entremezclan en una vorágine metálica.

En la sala de los toneles[1] y en los patios fabriles, cobran vida “el palpitar de las válvulas”[2], el rechinar de los motores y el zigzagueo de la electricidad, en músicos como Mika Martini y AVH (entre varios manifestantes del estruendo). Cruzando la puerta, la dupla Ximena Larrain-Nahuel Rando, ha instalado el videojuego Cosechar, hipotecas rápidas del futuro, hoy. Esta máquina, que muchos confunden con un cajero automático, es parte de un proyecto más ambicioso cuyo hilo conductor es una mirada sociológica y crítica de la sociedad de consumo. En un análisis que se debate entre deleuzeano y foucaltiano, en el videojuego se recorre, con una figura marginal (que, a su vez, es el “otro” no deseado y uno mismo), el convulsionado presente del sujeto alienado y autómata.

En otra de las salas, la artista textil Julia Pazos me explica que ha construido una trama de transparencias. Su obra, a base de elementos provenientes de la marroquinería, constituye una synécdoche de la naturaleza humana (lo que aparentamos, lo que traslucimos y lo que ocultamos). En su conjunto, su producto remite a tiempos lejanos: A un remoto momento artesanal, protoindustrial, que se deja palpar y observar. Por otro lado, la fotógrafa Diana Lebensohn, sonríe frente a su hipnótica rueda de fotogramas: una manera original de exponer su trabajo. Esta máquina rodante, semejante en formato a las máquinas de hilar inglesas del siglo XVIII, reproduce en serie el pasado descascarado de la fábrica y el porvenir de la Fundación Lebensohn. Alrededor de esta metáfora del eterno retorno, se divierten, casi como un guiño espontáneo, generaciones que son y que serán. Por último, en un cubículo difícil de encontrar, el uruguayo Omar Santiago Rosas, comparte sus creaciones tecnológicas. Con el pragmatismo y sinceridad de un inventor, admite que en el error encuentra conocimiento y que, desde pequeño, la curiosidad ha sido su leitmotiv. Esto lo ha llevado a generar dispositivos para observar su taller en vivo, hasta soluciones prácticas para la vida cotidiana.

Estos artistas son sólo un pequeño fragmento del extenso programa de Fuga Industrial, pero si hay algo que los unifica es su valorable ímpetu autodidacta y su incansable curiosidad por la experimentación. La máquina pensada como instrumento pretérito, momentáneo o ensoñación futurista (utilitaria o esclavizadora), movilizó, de manera compacta, los engranajes de este festival.

 

 

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El Festival Fuga Industrial se realizó el 15 y 16 de marzo de 2014.
En la Fundación Lebensohn (gral. Hornos 256, Barracas), ex fábrica Bagley.
Organizado por el grupo Fuga y Fundación Lebensohn.
Idea y dirección general: Luis Marte.

 

 

 


[1] Donde se almacenaba la dulce Hesperidina.

[2] Russolo, Luigi, “El arte de los ruidos”, Ediciones Alpha Decay S.A, 2012