¿La ropa habla por nosotras?

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Una nota publicada en la revista Harper’s Bazaar de Argentina sirve de disparador para cuestionar el lugar de la moda en nuestra cultura.

Si buscamos a Suzy Menkes por Internet, encontraremos que ella es definida como  una de las plumas más influyentes del mundo de la moda, periodista británica que ha desarrollado su carrera en el International Herald Tribune, un gurú de la moda (en una época signada por la aparición de gurús de todo tipo: del sexo, de la economía, de la vida espiritual, etcétera).

La primera vez que encontré su nombre fue en un artículo publicado en la edición de febrero de Harper’s Bazaar de Argentina. Y mi reacción ante su texto no fue la mejor. La nota a la que me refiero se llama: “¿Qué dice tu ropa de vos?”. Ya por empezar me resultó chocante el título que pone a un objeto en el lugar de un sujeto y, a la inversa, a un sujeto en el lugar de un objeto. Parecería que es la ropa la que habla mientras la mujer calla y deja que sus prendas hablen por ella. Después nos quejamos de la “cosificación” de la mujer.  Si bien, desde la premisa que nos dice que todo comunica, la posibilidad de que la ropa diga algo de quien la lleva no es descabellada, parece mucho más interesante qué tiene que decir el sujeto de la ropa y no lo que ésta expresa del sujeto. Me parece que este “decir” de la indumentaria permite que los objetos creados por una industria tomen la palabra y dejen al ser humano desdibujado. En otras palabras, según esta visión, la mujer adopta el papel de fashion victim (víctima de la moda) y deja que los diseñadores decidan qué imagen de sí transmitirá al mundo.

El artículo de Menkes comienza con una cita de la diseñadora de moda Diane von Furstenberg que dice: “Sé la mujer que quieras ser”. Ante esto, la periodista agrega: “Ella (…) sabe qué significa vestirse para el éxito, en el trabajo o  para seducir. ‘¿Quién soy hoy?’ es el modo de abordaje moderno para decidir qué ponerse”.  Quién soy hoy parece lo más angustiante de estas palabras. Como si cada día fuéramos una mujer completamente distinta acorde con lo que pide el mercado. Lo multifacético de la mujer actual no es otra cosa que una creación de una industria que se vale del imperio de lo efímero para crear infinitos modelos de mujer que incentivan el consumo, como si la mujer fuera absolutamente transparente y su vestimenta lograra plasmar el 100% de su personalidad; como si se pudiera juzgar a la mujer sólo por medio de lo que tiene puesto: dime cómo te vistes y te diré quién eres.

Con esta crítica no pretendo decir que la moda deba extinguirse de la sociedad o que las mujeres inteligentes no deban prestar atención al modo en que se visten. Pero, más allá de la importancia que cada una quiera dar a la moda en su vida (una decisión personal), vale la pena decir que el espacio que se le da a la moda en la imagen que los medios transmiten de la mujer es totalmente desmedido. Esta hegemonía de la moda es lo que preocupa, esta falta de modelos en los medios que, a la hora de presentar una imagen de mujer, se nutren de un estereotipo: la mujer sexy, exitosa profesional y excelente madre que encuentra el outfit perfecto para cada ocasión.

“Muchas diseñadoras muy inteligentes que van al frente (…) no solo presentan diseños (…) sino que crean una conexión emocional con quienes los compran”. Bingo. Ahí está el meollo de la cuestión.  Suzy Menkes lo ha dicho con todas las letras. Conexión emocional: eso es lo que los diseñadores buscan para fidelizar a su clientela, eso buscan las publicidades de mujeres sexys, delgadas y felices; apelan a nuestro costado emocional, a nuestros complejos más profundos (creados muchas veces por la misma moda), a nuestras debilidades e inseguridad, a nuestros deseos de pertenecer, de no quedar afuera.

Quien parece hilar aún más fino es Albert Elbaz, de Lanvin, quien, según el artículo, “manifestó que diseña para distintos estados de ánimo”. El sólo hecho de pensar que una mujer puede cambiarse de ropa cada vez que experimenta un estado de ánimo distinto parece absolutamente impracticable. Imagínense que una mujer está trabajando de un excelente humor en su oficina y la llama su jefe para darle una mala noticia; ella deberá tener a mano una ropa que pueda dar cuenta del cambio en su estado de ánimo. O cuando nos deja un novio, o nos aumentó la cuenta del teléfono o pisamos caca en la calle, o nos cruzamos con un desagradable ex; en suma, cuando nos enteramos de cualquier cosa que altere nuestro frágil equilibrio, tendremos que traducirlo en nuestra imagen. Lo que intento decir es simple: esta idea de que la ropa transmite lo que somos o lo que sentimos es una falacia.

“Para esta segunda década del nuevo milenio hay algo que resulta claro: la decisión es de la usuaria. Tener acceso a un puñado de diseñadores forma parte del derecho de una mujer a elegir la moda”, afirma la periodista.  Por empezar, algunos dirán que, en esta época de interactividad, la decisión es siempre del usuario; pero este, creo yo, no es el caso de la moda. Esta  “usuaria” no es otra cosa que una consumidora a la que prácticamente se le puede vender cualquier prenda si se le dan los argumentos adecuados para convencerla: que determinada ropa la hará feliz, que la hará más deseada, que le traerá éxito en su vida. A todo esto, obviamente, apelan, como ya dije, las publicidades: las evidentes y las no tan evidentes; las que admiten serlo y las que casi pasan por periodismo (notas que nos muestran los estilos de vida de modelos, vedettes y actrices, como si se tratara de los dioses del Olimpo). Y otro punto que debo señalar: la nota alude al derecho de una mujer a “elegir la moda”. Me parece que, en una época en la que muchos derechos fundamentales de las mujeres son atropellados todos los días, el derecho a la moda puede difícilmente ser considerado un derecho; es más bien un lujo.

Por último, Menkes destaca que “allí donde hay moda, hay opciones”. Me gustaría cerrar este texto con la siguiente pregunta: allí donde hay moda, ¿hay opciones?