Adiós al etnógrafo (A Juan Manuel Alegre)

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La muerte tiene ese efecto retardado, esa certeza que decanta. La recurrencia hiriente de lo irreversible. Suavemente se desliza con un filo desgarrador. Falleció el etnógrafo y con él se fueron algunos secretos de diferentes culturas. Lo llora la antropología, probablemente no la de la academia y la pompa, sino la verdadera, la que nace de la pasión y de la extrema curiosidad. La que admite el desafío de la participación consciente (como quería Malinowski) y desdeña, si ello es un obstáculo, la superflua vanidad institucional. Siempre estuvo del lado de los otros, alejado de las entrañas del poder de la UBA, que como toda entraña revuelve egoísmos y genera conflictos.

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La institución era, entonces, para Juan una herramienta. Una herramienta para poder hacer llegar a un público mayor, las maravillas de las culturas. Las delicias de la inventiva humana, en contextos alejados del mero capitalismo asfixiante. Donde hay algo más que hacer que únicamente acumular riquezas materiales. El quería mostrar la ridiculez de nuestros prejuicios, sembrando la duda, poniendo la lupa para hacernos ver la viga en nuestro propio ojo. Ponía en tela de juicio las verdades occidentales, con ejemplos etnográficos, que en una clara alusión a la reducción al absurdo, negaban y llegaban a una contradicción que mostraba la estrechez de nuestros prejuicios. Generalmente provocando una sonrisa.

Amaba la selva y siempre la traía en sus evocaciones. Evocaciones propias o ajenas; la magnífica complejidad humana que emergía de los habitantes de la fronda era un tópico recurrente. Y Colombia, la bendita Colombia, que tanto añoraba, tan verde, tan voluptuosa. Recuerdo que contaba de un “paisa”, que entre copas y nostalgias, decía que Gardel era colombiano, ya que la nacionalidad estaba determinada por la muerte. Y así también Juan era porteño, a pesar de haber nacido en Santa Fe y decirlo con orgullo, había mucho también de la calle Corrientes y de esa mirada siempre proyectada desde una izquierda anclada en la tierra, donde la acción era más importante que el purismo teórico.

El amazonas, tan levistraussiano, tan plagado de oposiciones binarias, era el mundo cultural que más disfrutaba. La creatividad en un entorno hostil; la mejor expresión de la humanidad transformando el paisaje, logrando convertir en un vergel constante, la voluptuosa fragilidad del bosque. Arcos y cestos, terra firme y varzea, ríos blancos y ríos negros. (Parece un ecosistema hecho a la medida del estructuralista). Y las experiencias y las vivencias viajeras del propio etnógrafo que él mismo era o del ajeno que siempre citaba. (Los antropólogos también viajamos imaginariamente con nuestros colegas). Un espacio donde la cultura desarrolló una de las máximas capacidades del ser humano, es decir el sistema simbólico, creando mitos alucinantes con claras implicaciones prácticas. La tierra sin mal como el paradigma de la esperanza.

En la bibliografía que incorporaba a su enseñanza, figuraba Archetti y su clásico “Masculinidades: fútbol, tango y polo en la Argentina”. El deporte era para Juan un fenómeno social en el que la antropología tenía cosas interesantes para decir. Pero fundamentalmente era, para él, una pasión. Su alma tenía atravesada una banda roja. Su mirada del fútbol saboreaba el paladar riverplatense. Siempre presente en las conversaciones o en las clásicas cargadas, que usaba como ariete para acceder al mundo cotidiano. El sesgo antropológico de observar la intimidad y correlacionarla con el medio cultural, midiendo los desajustes y sopesando las adaptaciones, era también una sana costumbre. La empatía por lo popular era un genuino sentimiento, alejado de los manierismos académicos.

La literatura, en su sentido más amplio, era otro de los tópicos recurrentes. Un rosario de escritores animaban nuestras charlas. Borges o Marechal, Gelman o González Tuñón. Poe o Whitman. Poetas de aquí o de allá. Del norte o del sur, de las ciudades que sangran tango o de las selvas donde los profetas también llevan el poder en la palabra. Por allí los buscaba, escarbaba en su memoria, en mi memoria, en tu memoria y de allí extraía las gemas del concepto, sucias aún por los restos de tu recuerdo, de mi recuerdo, de su recuerdo.

Homero Manzi y todo el cielo. Pink Floyd y todos los desayunos psicodélicos. Chamamé y rock’n’roll. Llevaba tatuadas en el alma, las marcas culturales de la nación y de su propia generación. Transitaba, con curiosidad antropológica, el tiempo y el espacio. Aquí y acullá, lo saludaba el pavimento o la foresta. Hoy todos decimos, adios al etnógrafo.