Informe del interior, Paul Auster

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En la línea del inmediatamente anterior Diario de invierno, esta nueva entrega sigue apostando por las formas de la autobiografía, como si Paul Auster fuera el único personaje que el escritor aún supiera narrar.

El hacer de sí mismo el objeto de su literatura no es algo particularmente nuevo para Paul Auster. Es el autor que se dio a conocer con La invención de la soledad (1982), libro en el que narraba unos cuantos saltos a modo de caleidoscopio por su vida temprana, y en particular, la relación un tanto macabra con su familia y un posible hecho criminal en el pasado lejano.

En A salto de mata (1997), conocíamos las penurias y situaciones bizarras por las que había pasado como un escritor primerizo que tiene que publicar bajo otro nombre y buscar alternativas para la supervivencia tales como inventar juegos de mesa e intentar vender las patentes. En 2012 se publicaron Aquí y ahora, volumen que recopila un relativamente interesante intercambio epistolar entre Auster y el premio Nobel J.M. Coetzee, y Diario de invierno, que busca narrar una serie de experiencias autobiográficas desde lo que el autor llamó «una fenomenología del cuerpo»: los hechos se van hilando por sensaciones físicas.

En cierto modo, todos estos libros previamente nombrados cumplen una función para el seguidor habitual de la obra del autor de la Trilogía de Nueva York, pero Informe del interior tal vez sea la admisión en forma literaria de que el autor de ficción está en problemas.

Informe del interior no es un libro para el lector no iniciado, y aun así, tampoco encontrará un lugar demasiado firme en la biblioteca de sus lectores más fieles. «Tres de enero de 2012, exactamente un año después del día en que empezaste a escribir tu último libro, tu ya concluido diario de invierno. Una cosa era escribir sobre tu cuerpo, el catálogo de los múltiples golpes y placeres experimentados por tu ser físico, y otra explorar tu mente tal como la recuerdas de tu infancia, que sin duda será una tarea más difícil: quizá imposible. Te sientes, sin embargo, impelido a intentarlo. No porque te consideres un objeto de estudio raro o excepcional, sino precisamente porque no lo eres, porque de ti mismo piensas que eres como cualquiera, como todo el mundo».

El libro arranca con la continuidad de esa voz en segunda persona utilizada en Diario de invierno, que busca establecer el vínculo intimista y cierta empatía desde la cual emparentarnos con las vivencias del autor. Pero esta vez, la jugada no sale tan bien y la sensación, durante buena parte del libro, es que Auster no tiene mucho que decir, lo cual es, reconozcámoslo, un modo artero de definir un libro autobiográfico: tal vez en las grietas de un discurso aparezca lo realmente interesante. ¿Es el caso de este libro menor? Veamos.

Dividido en cuatro partes, la primera cuenta sus recuerdos entre la infancia y la pubertad: de naturaleza episódica y fragmentada —como las memorias de cualquier persona al indagar esos años—nos cuenta una vida urbana de clase media en Nueva Jersey, con algunos elementos particularmente divertidos, como cuando vuelve a indagar al nazismo o algunos pasajes del Antiguo Testamento, o mejor todavía, cuando aparece un amigo de la familia por la casa de los Auster junto a la leyenda del baseball Whitey Ford: ¿se trata del verdadero o es un impostor? El niño Paul no lo sabía entonces y no lo sabe incluso ahora, al escribir este libro.

La segunda parte es un ejercicio de autoindulgencia como pocas veces se ha visto: durante unas 65 páginas, habla extensamente de los argumentos de dos películas en particular, El increíble hombre menguante y Soy un fugitivo, e intenta compartirnos su entusiasmo y asombro, pero resulta tedioso y es durante esta sección que la amenaza de abandonar el libro por la mitad se vuelve tangible.

La tercera parte podría parecer una exploración del narcisismo del autor, aunque probablemente ese compilado de cartas que su exmujer Lydia Davis le ha devuelto poco antes de comenzar la escritura, se parezca un poco más al Auster que todos conocemos y más admiramos en los antes mencionados La invención de la soledad y A salto de mata. En esas cartas aparecen —miradas desde ahora, pero con la frescura de cierta juventud hace rato perdida— anécdotas de la Universidad de Columbia, del tiempo que pasó en París haciendo traducciones; sus dudas respecto a la guerra de Vietnam; un guion que está desarrollando, y lo que es más interesante, un estilo ya presente que, aunque un tanto más barroco, ya muestra algunos destellos del escritor que Auster sería en el futuro. Las últimas páginas de esta sección parecen un homenaje a Jack Kerouac (autor perteneciente al movimiento beat, escribió En el camino y Big Sur, entre otros) en su descripción minuciosa pero desenfrenada de unos días en los que Paul y un par de amigos andan de departamento en departamento, bebiendo a toda hora, recordando historias de excesos de familiares lejanos o terceros, y acostándose con alguna desconocida habitual.

La cuarta parte es un rejunte de fotos e ilustraciones de todo lo descripto previamente, jugando un poco —apenas un poco— al libro-calendario del que hablaba Cortázar.

Informe del interior es un libro prescindible, pero de ninguna manera una mala lectura. La razón es, como siempre, el manejo brillante de la palabra y el tono que consigue Auster (la broma habitual: qué bien escribirá que logra traspasar esas horrendas traducciones de Anagrama). Es un libro que encuentra su mejor sitio al ser leído por gente que aprecia estos métodos por encima de lo que se está contando. De cualquier modo, el autor sigue en deuda con la ficción y ya ha agotado el personaje autobiográfico. Lo que publique a continuación terminará de darle un marco a esta tanda de fugas hacia el yo interior.

 

Informe del interior, Paul Auster, Anagrama, 2013, 336 páginas.

 

 

 

 

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Juan Manuel Candal (Buenos Aires, 1976) se licenció como director/guionista de cine en 2001. Es editor del área de Literatura del portal Leedor.com, además de colaborar en otros medios. Desde el 2010, co-dirige la revista online Otro Cielo. También el sitio Buenos Muchachos, de entrevistas breves. En 2011 publicó su volumen de cuentos "Siempre tendremos Venezuela". Ha publicado relatos en revistas y antologías, y en 2012 su primera novela.