Esquinas en el cielo, Mariana Mazover

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En una habitación cerrada, una niña –o no tan niña–, una muñeca sorda, una hermana invisible, un padre muy extraño, una madre muerta y una institutriz atrapada establecen relaciones basadas en la mentira, entendida como representación –figura, imagen o idea que sustituye a la realidad. 

Esquinas en el cielo, escrita y dirigida por Mariana Mazover, es una obra que no permite encasillamientos. Con algo del cuento maravilloso infantil y mucho del fantástico, el texto toca temas como la locura, el ocultamiento, la muerte, en una atmósfera por momentos onírica y por otros siniestra, aunque no exenta de cierto humor. Sigmund Freud en su ensayo “Lo siniestro” (1919) define el término a partir de su etimología y concluye que en alemán “unheimlich es, sin duda, el antónimo de heimlich y de heimisch (íntimo, secreto, y familiar, hogareño, doméstico), imponiéndose en consecuencia la deducción de que lo siniestro causa espanto precisamente porque no es conocido, familiar”. Lo fundamental, en consecuencia, es ese choque entre lo conocido y lo desconocido. En una realidad tan habitual como la de un padre viudo que busca una maestra para su hija, se impone lo extraño en el comportamiento de los personajes, en el espacio y en los propios diálogos.

Si comenzamos por la escenografía, es claro el contraste familiar/no familiar. Todo transcurre en la habitación de Lucrecia, la protagonista, donde predominan los colores pasteles –como el rosado, típico de las niñas–. Sin embargo, hay muchos elementos inquietantes: una pequeña ventana que deja de ser un contacto con el exterior para transformarse en una simulación de una eterna claridad de pesadilla que anuncia un verano inexistente; una pequeña puerta que solo se abre de afuera y por la que ingresan el padre y Adela, la maestra, siempre agachados como para mostrar que este lugar implica un encogerse físico, pero también psicológico; una escalera que continúa a la puerta y que desciende, porque la habitación de Adela está debajo de la casa, simbolizando lo inconsciente, lo oculto, lo que no debería salir a la luz, pero que lucha por manifestarse. Salvando las distancias, así como la parte de atrás de “Casa tomada” de Cortázar puede ser interpretada como el inconsciente que se va tapando a medida que se cierran las puertas, aquí también esta habitación puede ser analizada, desde el símbolo, como lo que hay que negar o silenciar: Lucrecia vive encerrada, no sabe nada del mundo, no tiene contacto más que con su padre y Adela, y vive representando el papel y la obra que el padre escribe todos los días para ella.

Asimismo, podemos hablar de ciertas características expresionistas en la obra de Mazover. En el teatro expresionista, se utiliza el decorado, el color y la vestimenta de los actores como instrumentos al servicio de las obras dramáticas. La vestimenta, en Esquinas en el cielo, también refuerza la idea de mentira, de representación: Lucrecia viste como una niña, con un vestido claro con tules y encajes, pero ya no es tan niña y no es tan inocente como lo sugiere su ropa; Adela es obligada a representar el papel de la madre muerta, Ingrid: debe usar su ropa y ponerse una peluca –en este personaje, además, el maquillaje exagerado es otra manifestación de la mentira–; el padre viste sobriamente, pero demuestra ser un hombre perverso, enfermo y absolutamente inquietante, sobre todo en la relación ambigua que entabla con su hija.

Los objetos también son simbólicos. Hay una muñeca sorda como ya adelantamos, un baúl en el que se esconde Lucrecia, un cuchillo y un revólver. Pero también hay un teatro de títeres improvisado por Adela. Entonces, hay una recurrencia temática, una isotopía que machaca siempre sobre los mismos semas que conducen al gran tema que es la mentira y la violencia que esta genera. Esquinas en el cielo es, entonces, una obra dentro de la obra, una representación dentro de otra, en la que los personajes –a la manera de Segismundo de La vida es sueño– pueden afirmar: ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño: / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son”. ¿Qué le pasa a Lucrecia? ¿Qué sucedió con su madre? ¿Por qué el padre la mantiene encerrada? ¿Qué le ocurre a Adela? Podemos intuirlo, podemos interpretar lo que vemos, pero en tanto puesta en escena, siempre nos queda algo oculto, porque –después de todo– la ficción que fabrica el padre para Lucrecia es solo eso, una impostura.

Por supuesto, el título, cuyo significado metafórico se revela casi al final, también se corresponde con la línea que venimos analizando. En este sentido, las manos blancas que aparecen por una abertura en la parte de abajo de la puerta adquieren un significado particular. Estas manos le entregan a Lucrecia regalos que ella paga con dinero ficticio –papeles celestes–. Lo inquietante es el tipo de regalos que recibe: cuentos que tienen alguna relación también simbólica con su realidad, como el de un vestido que se va achicando en el cuerpo de su dueña y que la oprime hasta matarla.

En cuanto a las actuaciones, los tres personajes acompañan los diálogos con las posturas, los gestos y los tonos más adecuados. Todos, además, trabajan muy bien la exageración y el volumen de la voz. Al comienzo, Adela es la más natural porque es la que viene del afuera, del mundo real, pero obligada a convivir con Lucrecia, ingresa en ese mundo representado y, hacia el final, se la nota actuando como lo hacen la nena y su papá.

Esquinas en el cielo es el tercer estreno de Mariana Mazover como autora y directora. Es, además, el resultado de un trabajo de investigación colectiva en torno a cuentos de Silvina Ocampo y Liliana Heker. Imposible dejar de verla en La Carpintería, imposible no salir movilizado por la obra que invita a desentrañar sus símbolos y ver qué representan para cada uno de nosotros.

 

Ficha técnica

Dramaturgia y dirección: Mariana Mazover; actúan: Daniel Begino, Alejandra Carpineti y Lala Mendía; producción ejecutiva: Natalia Slovediansky; asistencia de dirección: Camila Peralta; asistencia dramatúrgica: Ornella Dalla Tea; diseño de vestuario: Pía Drugeri; diseño de escenografía e iluminación: Félix Padrón; asistente de escenografía: Mauro Petrillo; diseño de Maquillaje: Ana Pepe; música original: Mariano Pirato; arte gráfico: Julieta Mora; fotografía: Luiza Lunardelli

Funciones: domingos a las 18; entradas: $ 80| $60 estudiantes y jubilados; sala: La Carpintería, Jean Jaures 858; informes: http://lacarpinteriateatro.wordpress.com