La máquina idiota

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La máquina idiota, de Ricardo Bartís, comienza su segunda temporada este viernes, 7 de marzo.

Detrás de la ironía, el humor y la crítica despiadada, La máquina idiota encierra un claro y contundente dejo de melancolía. Están casi todos muertos y a los que no los ronda la muerte como un estigma, como un deseo o una mala jugada del destino. Deambulan por el espacio inabarcable (inabarcable también para nosotros espectadores, por todo lo que no podemos ver: el arriba, el abajo, el afuera) y trémulo del anexo al Panteón Oficial de la Asociación Argentina de Actores, como el fantasma del Rey Hamlet, en busca de justicia, de algún consuelo para su desolado corazón. Estos, nuestros muertos, son figuras menores del espectáculo (actores menores, vedettes, contadores de chistes, extras de cine, etc.) que vislumbran en Hamlet (la obra), así como el rey lo hace con su hijo,  la posibilidad de redimirse, de cruzar al otro lado, al valedero, de vengarse (de la suerte que les tocó), de descansar por fin en paz, en el reconocimiento y la eterna visibilidad.

El sindicato los ha llamado nuevamente a la actuación para los festejos de Octubre. Hacer Hamlet es entonces la puerta de acceso al prestigio, al recuerdo (ese lugar inútil, intangible, último reducto que lo que ya no es, de lo que ya no somos). Pero este momento se dilata, se retrasa, se niega a llegar (como la venganza del Príncipe Hamlet): faltan los textos, falta el vestuario, falta la merienda. En la carencia, en la ausencia de recursos se construye obra, esta obra, atribuible a la autoría de Ricardo Bartís pero que cuestiona abiertamente esta categoría, en sus sentidos filosóficos, literarios y, sobre todo, políticos. La frase acuñada por Argentores, “Sin autor no hay obra”, es desmembrada, puesta en juicio, revertida: sin Shakespeare, con retazos, con pedazos de vida, de experiencia vital también puede haber obra porque hay cuerpos deseantes y hay otra forma de hacer teatro que excede a la lógica de la representación.

El autor quizá también esté muerto o por lo menos su rol soberano. Los fantasmas van a hacer Shakespeare pero tienen sólo una edición en hebreo y los otros ejemplares no llegan. Mientras tanto pronuncian fragmentos que recuerdan. El famoso soliloquio hamletiano se despliega, cambia de sujeto de la enunciación, vive. Los que saben textos, dicen textos. Cuando el material al fin cae se presenta otro problema, el de las traducciones: ¿Cómo ensayar en ese desfasaje de la lengua? ¿Cómo congeniar, discutir, discurrir?

“El lenguaje no es sólo el idioma” dice una actriz-fantasma-personaje. Y no: Está el cuerpo, la escena y todo lo que se despliega en ellos. El texto resulta un puntapié para iniciar el juego de la actuación pero pierde peso frente al cuerpo que se retuerce, grita, se tensiona. El lenguaje se desarrolla ahí, en ese cruce, en ese diálogo brutal.

Dice Roland Barthes acerca de la muerte del autor: Hoy en día sabemos que un texto no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura.” La máquina idiota remite a algo de eso: se construye como un espacio (real, tangible y también imaginario) en el que los cuerpos de los actores hablan, habla la cultura universal, el teatro, el canon (que ha colocado a Shakepeare en su cima) y también (y sobre todo) la Cultura Argentina. A modo de homenaje (pero también como mecanismo de funcionamiento, como motor de reflexión) se citan desde Shakespeare (¡claro!) hasta algunas publicidades argentinas de la década del 60.

Aparecen mencionados esos otros muertos tan nuestros (Evita, Perón) y los moribundos de la Cultura  Popular (El que cayó mil veces, el inefable Maradona). Hay un muerto ausente cuya presencia se materializa en un personaje (su personaje): Beatriz Viterbo nos trae a Borges y esa petulancia de artista culta/o, desubicada/o, ajena/o (tan él, tan ella). Pero también el recuerdo insoslayable del paso del tiempo, ese que (aun en su desquicio) borra los rasgos y hace avanzar el universo a fuerza de cambios y olvidos. Nada sirve al final de nada, ni los esfuerzos ni esa marquesina vana, con retratos borrosos de artistas desconocidos.

La máquina idiota es un mundo casi inenarrable, hiperbólico que se deja agarrar por cualquier lado sin someterse a ningún indicio porque se escurre, se escapa, juega, se multiplica.

“Alguien dijo que había un mundo en el sótano” se lee en “El Aleph”. Eso podemos decir también de La máquina idiota: un mundo casi inenarrable, hiperbólico que se deja agarrar por cualquier lado sin someterse a ningún indicio porque se escurre, se escapa, juega, se multiplica.

Y el público estará ahí  haciendo su propio esfuerzo, girando como loco en esa rueda del sentido y el sinsentido, de la muerte que avanza, del olvido que llega, sin saber  qué aplaudir (o si aplaudirse), consciente del vértigo, de la palpable maravilla.

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 Ficha técnica

Dramaturgia: Ricardo Bartís Actúan: Rosario Alfaro, Dana Basso, Facundo Cardosi, Fabian Carrasco, Flor Dyszel, Nicolas Goldschmidt, Mariano Gonzalez, Martín Kahan, Luciana Lamoglia, Darío Levy, Hernán Melazzi, Sebastián Mogordoy, Pablo Navarro, Lucía Rosso, Gustavo Sacconi, Matias Scarvaci, Sol Titiunik Vestuario: Paola Delgado Espacio escénico: Ricardo Bartís Realización de escenografía: Paola Delgado Audiovisuales: Adrian Jaime Fotografía: Vanesa Trosh Asistencia de dirección: Mariano Saba, Clara Seckel Dirección musical: Manuel Llosa Dirección: Ricardo Bartís  Funciones: Viernes y sábados a las 22 hs,  Sportivo Teatral, Thames 1426, CABA. REESTRENO 14 DE MARZO DE 2015