La irredenta

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En el Teatro del Angel la obra de Beatriz Mosquera desnuda la vida de cuatro prostitutas sin redención.

El frío artificial de la sala se amortiguaba con el calor de un merengue. Es ese ritmo el que nos recibe y el que abrirá la obra. Con un escenario donde sobresalen velas, flores de tela y una mesita con vasos y whisky, al que constantemente recurrirán las protagonistas, “La irredenta”, dirigida por Edgardo Moccia, desnuda la vida de cuatro prostitutas unidas por lazos tan distintos como la miseria y la esperanza.

Cuatro mujeres que no eligieron ser prostitutas (y esto se remarcará constantemente en el texto de la obra), cuatro mujeres desesperadas por sobrevivir en un territorio tan hostil como impaciente. Cuatro corazones apurados por latir en un exasperado intento por acelerar el tiempo (porque allá, en el futuro, está la mínima esperanza). Cuatro cuerpos prostituidos por el semen y el poder, marcados por el irreversible rastro del dolor y la tenue huella de la angustia constante.

“¿Dónde están las marcas de la prostitución?”, se pregunta impulsivamente Azucena, con el cuerpo completamente desnudo, y se responde sola: “no se ven”. Porque el poder tiene la extraña ¿ventaja? de invisibilizar la esencia. El poder de la madama, el poder de un sistema patriarcal que vigila y somete, el poder de un varón educado para controlar la sexualidad femenina, el poder de la prostituta sobre los cuerpos poseídos. Un complejo ajedrez de poder que Beatriz Mosquera, la autora de la obra, ofrece como una metáfora liviana, como una alegoría que llega al límite del análisis y rebota. El poder de personas sobre personas, y el de un poder político que opera desde hace siglos arrojando a la prostitución a un lugar de exclusión, lugar que no es inherente al oficio o profesión, sino que es la marginalidad a la que ha sido recluida desde siempre la sexualidad femenina.

Y si hoy estamos ante el debate feminista entre el abolicionismo y la elección del trabajo sexual, “La irredenta” plantea a la prostitución como un espacio no buscado y no deseado, un cuarto donde no hay salida de emergencia y donde con resignación, estas cuatro mujeres intentarán encontrar una pizca de felicidad.

Es en la habitación de una pensión donde Luisa, Azucena, Dolores y Lola compartirán los dolores más íntimos y las alegrías más bizarras, se pelearán con su presente y volverán a un pasado de amores muertos y abandónicos, esos que, acaso, sean los únicos que las ayuden a sobrevivir. En esa habitación buscarán, mediante golpes, llantos, risas y canciones, el paraíso, o eso que llaman felicidad.

La irredenta” se para sobre las tablas para ser ese territorio (terrenal y corporal) que violentamente sigue reclamando el patriarcado, por cultura impuesta, por historia mal-educada. Pero los territorios irredentos tendrán, siempre, el derecho a la autodeterminación.