Philip Seymour Hoffman

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La trágica muerte del actor Philip Seymour Hoffman inspiró este obituario confesional, escrito por Aaron Sorkin, renombrado guionista de “The West Wing”, “A few Good men”, “The Social Network” y “The Newsroom”:  “Phil Hoffman y yo teníamos dos cosas en común. Los dos éramos padres de niños pequeños, y los dos éramos adictos en recuperación.”

Sorkin y Hoffman trabajaron juntos en la producción de “The War of Charlie Wilson”. Entre ensayo y ensayo se contaban historias sobre su adicción. En una de ellas Sorkin le confesó que era demasiado delicado para inyectarse, a lo que Hoffman respondió que lo mejor era que se mantuviera como un delicado. Recién se conocían.

“No es inusual tener estas mini-reuniones-de-AA. Gente como nosotros es la única a la que los cuentos sobre insanidad no les resultan insanos”, escribe Sorkin.

El personaje con adicciones es un personaje recurrente en las historias de Aaron Sorkin. Lo es Leo McGarry de “The West Wing” y lo es Danny Tripp en “Studio 60 on the Sunset Strip”. Los dos tienen el rol de ser el sidekick del protagonista, son ese compañero indispensable en el que siempre se recae. En “The West Wing” Leo McGarry lo es para el presidente de los Estados Unidos, Jed Bartlet (Martin Sheen), y Danny Tripp lo es para Matt Albie (Matthew Perry), escritor y productor de un programa de comedia. La adicción de estos personajes amenaza con volverse pública a cada instante en el que parece que por fin van a poder desaparecer en el éxito de sus carreras y encontrar algo de estabilidad en su vida personal. Con la redención en puerta y con el respaldo de ese compañero del que no pueden separarse acaban reconociendo públicamente su adicción. Sorkin mismo ha convivido con estas dos personas. El trabajador incansable -era el único guionista de la larga y exitosa serie “The West Wing”- y el drogadicto. “El problema de las drogas es que funcionan”, afirmo en un discurso otorgado a los recién graduados de la Universidad de Siracusa, la misma institución de la que él se recibió en 1983.

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“Si uno de nosotros muere de una sobredosis, probablemente diez personas que estaban a punto de hacerlo ahora no lo harán”, dijo Hoffman en una de esas reuniones.

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Los últimos días de Philip Seymour Hoffman han acumulado una serie de fotografías y memorias de fanáticos que se sintieron de suerte al encontrárselo en aeropuertos, festivales de cine, restoranes y cafeterías neoyorkinas, solo para que días después les dijeran que habían visto a un fantasma. Algunos testigos dicen haberlo encontrado en mal estado. Piel deteriorada, ojos perdidos, problemas para sostenerse los pantalones en el aeropuerto. Otros lo encontraron receptivo y amable, como siempre fue conocido.

Cada mirada hacia atrás tiene el aspecto de una precognición ignorada. Amigos y colegas, como Ethan Hawke, cuentan haberlo visto beber alcohol por primera vez durante la producción de “Muerte de un Viajante”, la obra de Arthur Miller, en el 2012. No bebía desde hacía más de 20 años. “Estuvo muy triste durante todas las funciones. Hiciera lo que hiciera, sabía que a las ocho de esa noche tenía que hacerse eso a sí mismo… Si lo haces continuamente, te altera la mente, y él lo hacía cada noche”, dijo su amigo David Bar Katz. Algunos críticos encontraron en la actuación de Philip Seymour Hoffman la mejor representación de Willy Loman.

Recientemente había estado en el Festival de Sundance para presentar dos nuevas películas: “God’s pocket” y “A most Wanted man”. En su última semana había estado viajando ida y vuelta para el rodaje de la nueva película de la saga “Los juegos del hambre”. También trabajaba en un proyecto para hacer una serie en la cadena Showtime y estaba tomando decisiones sobre algunas películas que le habían propuesto. El último registro de las horas más cercanas a su muerte lo encontró en un cajero automático retirando de a 200 US$ cada vez, durante una hora. Sus últimos contactos fueron con su proveedor, y un mensaje de texto que envió a David Bar Katz, invitándolo a ver el segundo tiempo del Super Bowl en su casa. Katz no leyó el mensaje hasta una hora más tarde. Él fue quien lo encontró muerto en su departamento.

“Phil Hoffman no murió de una sobredosis de heroína – murió por la heroína. Tenemos que parar de implicar que si simplemente hubiera tomado la ración adecuada todo hubiera estado bien”, escribió Aaron Sorkin.

Aaron Sorkin pide compasión sobre la muerte de Philip Seymour Hoffman, no reclama comprensión.

Philip Seymour Hoffman encarnó con ese sentimiento a algunos personajes retorcidos que cargaban con la culpa de sus perversiones como en “Happiness” de Todd Solondz, “The 25th Hour” de Spike Lee y en “La duda”, reprimidos como en “Boogie Nights”, en estado de depresion como en “Love Liza” o corrompidos por sus ambiciones como en “Capote” y “Before the devil knows you’re dead”. En los últimos años había ofrecido dos grandes actuaciones –y películas- adelantadas a su epoca, que son las de “Synecdoche, New York” de Charlie Kaufman y “The Master” de Paul Thomas Anderson. También supo encarnar personajes más agradables, como su conductor de radio con risa contagiosa en “Pirate Radio” o el amigo de los malos consejos en “Mi novia Polly”. Siempre memorables. Siempre demandando nuestra atención hacia esa violencia auto-contenida en un gesto, en la voz sin aliento. Siempre en los límites de cada emoción, en cada flexión del dolor, en un movimiento que le devuelve la vida al anterior, solo para permitir que nos recreemos en el hermoso acto de mirar como sucede. La mayoría de estos personajes eran infelices, y los acompaño a todos en su largo viaje hacia la oscuridad, sin que tuvieran que volverse por disculpas. Convirtiéndose en el mejor actor de su generación.

Hay una cita de “The Lion in Winter” que a Aaron Sorkin le gusta utilizar en sus guiones pero no parece aplicarse al fallecimiento de Philip Seymour Hoffman: “You fool! As if it matters how a man falls down.” A lo que se responde: “When the fall’s all that’s left, it matters a great deal.” De las diferentes personas que habitaban en Hoffman, tuvimos el privilegio de conocer al actor y sus personajes, y sobre cualquier momento de su carrera  se puede decir que ese era su mejor nivel. El último párrafo de Sorkin dice: “Él tiene su legado bien ganado – su Willy Loman que se alinea con el de Lee J. Cobb y el de Dustin Hoffman; su Jamie Tyrone, su Truman Capote y su premio Oscar. Agreguemos a esto 10 personas que iban a morir y ahora no lo harán.” Por la monumental carrera de Hoffman y el cuerpo artístico creado por Aaron Sorkin, esto último parece, por lo menos, poco pensado. Es una idealización. No agrega a nada. Sera cierto que la recaída del actor coincidió con su trabajo en “Muerte de un viajante”, pero considerar que ese acto respondió a un sacrificio implica una apreciación moral que siempre quedara irresuelta por las pocas luces que podemos tener sobre su vida interior.