Conducta, de Ernesto Daranas, cine cubano 2014

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Hace un par de semanas se estrenó en Cuba la película Conducta, la última realización de Ernesto Daranas, un director singular y multipremiado, periodista, escritor, guionista en cuya currícula vale la pena detenerse  ya que siempre ha tratado en sus películas los problemas de la sociedad habanera. El estreno produjo conmoción en los espectadores y fue seguido de un gran debate.

 Ficha técnica:

Conducta, Dirección y guión: Ernesto Daranas. Cuba, 2014. Duración: 100 min. Música: Juan Antonio Leyva, Magda Rosa Galbán. Fotografía: Alejandro Pérez. Elenco: Armando Valdés Freire, Alina Rodríguez, Amaly Junco, Miriel Cejas, Yuliet Cruz, Armando Miguel Gómez, Silvia Águila, Idalmis García, Tomás Cao, Héctor Noas, Aramís Delgado. Productora: MINCULT / ICAIC / RTV COMERCIAL / FAMCA.

 

Conducta aborda temas invisivilizados como la prostitución, la pobreza, la ausencia de los padres, y otros hechos que causan gran cantidad de distorsiones en el entretejido social. El estreno en Cuba, que produjo conmoción en sus espectadores, fue seguido de un gran debate ya que la obra expone en forma crítica problemáticas aún no resueltas por la Revolución, y al mismo tiempo alza banderas sobre los logros, como la salud y pesar de las carencias, la educación.

Las numerosas críticas con abordajes desde ópticas diferentes que aparecieron después del estreno, despertaron mi curiosidad. Esto sucede por los múltiples contenidos tanto en el texto como en la construcción de las imágenes. La complejidad no se refiere al argumento en sí, sino a la experiencia de transitar los 100 minutos,  instalados en una bisagra siempre en movimiento, pivotando en los temas sociales de difícil abordaje y resolución.

El argumento de Conducta básicamente trata la relación entre Chala (Armando Valdés Freire), un niño proveniente de un entorno marginal, y Carmela  (Alina Rodríguez), su veterana maestra de sexto grado. A través de esta potente relación basada en el afecto y el respeto nos introducimos en esta obra, cuyas múltiples capas se pueden ir desgajando tras las cuidadas imágenes producidas por el fotógrafo Alejandro Pérez, y por la letra que aparece con sabia naturalidad desde los personajes.

El espacio escénico elegido donde se conjuga esta trama es la Ciudad de La Habana, el barrio del Centro, en los alrededores del Capitolio, área que no ha sido restaurada y permanece con los caracteres de la entropía y el olvido. No ha sido una elección al azar puesto que Ernesto Daranas habla de un hábitat específico, de las viviendas colectivas de esa zona donde las casas están a punto del colapso, y habla del espacio de contención, la escuela un lugar cuidado y estable, donde los niños son valorados y pueden expresar lo que les acontece  para poder desarrollar sus capacidades y por qué no ejercitar la potencia de las rivalidades entre pares.

No hay duda que Ernesto Daranas hace un relato profundamente cubano y arraigado en La Habana, su sociedad está en cada centímetro de película, con su marginalidad no resuelta, con sus vehículos antiguos reparados a pura imaginación, con sus bicitaxis,  con la persecución y segregación de los  residentes de otros estados a quienes se les impide asentarse en la capital.

La atención de la salud es aludida en alguna de las escenas, pero se centran en la educación de su país y en la convivencia de niños que vienen de hogares, inmersos en situaciones difíciles.  En este sentido, es inevitable que aparezcan los interrogantes sobre los niños de nuestro continente sudamericano y allí caben muchas reflexiones en cuanto al cuidado y la protección que desde el Estado se le da a este grupo social en nuestra América Latina.

Y si vamos a pensar en la pobreza y la marginalidad, en todos y cada uno de los países de este tan postergado Sur, hallamos en esta película un relato común a todos, un universalismo en cuanto a los problemas  sociales y a las formas urbanas del habitar la difícil situación de la pobreza extrema.

Se agradece que la película avive nuestras consciencias y que nos haga reflexionar si en este punto los niños pobres del resto del continente no estarán en un camino de dudosa salida y mucho peor preparados que los niños cubanos para afrontar el futuro.

Es un film de una riqueza especial, con un  núcleo de mucha dureza y muy conmovedor.

Ernesto Daranas, como un buen documentalista halla la esencia de vidas, las une de manera simbiótica a su espacio natural, trabaja en forma transparente con un minucioso entrelazar imágenes, sonidos, pensamientos e historias. Para poder realizar esta magia cuenta con un elenco solvente y un equipo técnico de excelencia que lo acompañan.

Brilla en una notable actuación Alina Rodríguez, en el papel de la maestra veterana. Ella encarna a Carmela, plantada sobre el pensamiento utópico de la Revolución Cubana, basado en la ética, la solidaridad y el respeto mutuo, pero a la vez deja aflorar su espíritu crítico hacia la burocracia que estanca los principios con reglas ortodoxas. Enfrenta desde esta postura a funcionarios incapaces de ver bajo sus narices las carencias de los que necesitan amor y no escuelas de conducta, en las que  separan a los niños del entorno y de sus amigos. Carmela es una “fuera de serie” capaz de defender a sus muchachos con toda la fuerza de quien conoce sobradamente las necesidades y el respeto que merecen los que sufren la marginación, su planteo ético es el sustento de su ser aún cuando esto le complica la vida.  Chala,  (Armando Valdés Freire) es el niño que cursa su sexto grado y que presenta el cuadro de la emergencia en el que convive junto a una madre alcohólica, drogadicta y prostituta (Yuliet Cruz),  es quien nos convence de su tristeza, de su orfandad, del peligro del abandono. Chala cría perros de lidia y palomas, con eso obtiene algún dinero que le asegura solo una subsistencia precaria.

Carmela expresa a todos aquellos que creyeron en la Revolución y trabajaron duro por los ideales, pero que a su vez apuntan a las limitaciones de un Estado burocrático y sordo, que se debe un cambio para dejar pasar el aire nuevo, algo que desde hace un tiempo es permanente reclamo de los cubanos.

El primer, acierto de Conducta, estriba en la presentación de una historia que atrapa al espectador desde los primeros minutos y que no oculta el historial documentalista de su realizador. Los aciertos siguientes se refieren a la historia signada por un planteo ético, al cuidadoso casting de  Mariela López, a la espléndida visión del fotógrafo Alejandro Pérez. Y siguen el montaje, la música, la dirección de Arte, que conjugan una pieza de calidad.

Las imágenes están cargadas  de metáforas, como la toma de la terraza donde nuestro personaje sostiene por las patas a “un llamador”, que aletea sin poder volar (Poster de la película). Otras metáforas  que también se sostienen por la imagen, están en el juego de las monedas filosas, en la toma de las hileras de celdas donde aloja, alimenta y cuida a las palomas, muy próximas a los perros de lidia  muertos de hambre, a los que da de beber agua pura.

No está ausente en la película la mirada piadosa sobre los chicos, quienes pujan por espacios de poder cuando juegan o aún cuando pelean, pero que al fin de cuentas, cuando hay un problema real sacan fuerzas para ayudarse entre sí. El amor extiende su enorme manto protector, el de un padre y su hija, el de Chala con Yeni, (la preciosa niña Amaly Junco), el de la maestra y los alumnos, el del protagonista y sus animales, el de los compañeros de escuela…

Como cualquier obra contemporánea la película nos abandona como espectadores dejándonos golpeados por emociones con gran amplitud de intensidades y  con más preguntas sin respuestas adecuadas.

Seguramente  es una película que marcará un hito en la cinematografía cubana. Conducta es una historia contada con transparencia, con mucho dolor y con mucho amor.