Nos acecha el defecto

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Desde el puente, se avizora un mundo estanco, putrefacto, cubierto de brea. El pesado líquido negro lo invade todo, hasta lo que queda de cordura. Lo único que parecería ser claro y certero, deforma. Son los espejos, que flotan en la superficie, amorfos y paradójicos.

Esparcidos en una brumosa extrañeza, brindan reflejos tergiversados. El logos y la verdad, consumidos en un grito desesperado, yacen aquí sepultados.

“Nos acecha el cristal” manifestaba, paranoico, un Borges sin tiempo. Nunca lo abandonó la pesadilla: el efecto multiplicador de los espejos (es decir, el ininteligible infinito detrás de esa cárcel cristalina). Sin embargo, aquí, en esta realidad paralítica, se hilvana otro miedo. El tiempo no circula y los espejos no multiplican, sino que desfiguran.

Es aquí, en la inquietante instalación de Cristian López Rey, que el logos, hecho ciervo, naufraga sin salida. Pero ¿por qué un ciervo? ¿Por qué podría ser recurrente este animal en sus creaciones? No por nada, este ser representado desde siempre, aparece en las paredes, entre seres también eternos. Capaz, allí, insistente y molesto, es el juez de sus defectos; lo yermo entre los dioses, aquello que les recuerda que no son del todo perfectos, aquello que es humano, que es animal, que está, que es ciervo.

Entonces, todo aquello que parecería ser claro y certero, (tanto dios como espejo), no es más que ciervo. El epítome de lo imperfecto, suspendido en el tiempo.

Exhibido, manifiesto, molesto… El defecto.

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