Iván y los perros, Hattie Naylor

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Con la dirección de Mariano Stolkiner y Gustavo García Mendy, y protagonizada por Emiliano Dionisi, Iván y los perros nos enfrenta al abandono y a la soledad desde la visión de un niño de cuatro años. La obra se centra en un caso real ocurrido en 1998, en las afueras de Moscú, cuando se encontró a un chico de seis años que había vivido los dos últimos con una jauría salvaje.

Sin dudas, sostener un unipersonal requiere varios elementos que confluyan para mantener la atención del espectador durante todo el espectáculo. En la puesta de esta obra de Hattie Naylor, se destacan la actuación de Dionisi  –actor, autor, docente y director–, quien verdaderamente pone el cuerpo en su personaje, y todo el dispositivo escénico –visual y sonoro– que acompaña el parlamento del único protagonista.

Iván y los perros comienza en el medio de una narración: “Así que…” son las primeras palabras del personaje, como si nosotros formáramos parte de un relato previo del que ahora él nos va a contar el conflicto central. Ese conflicto –con la urgencia que caracteriza al hecho teatral–  se sintetiza en las palabras de Iván “Todo el dinero se había ido y no había con qué comprar comida. Así que Madres y Padres trataron de encontrar cosas que pudieran sacarse de encima, cosas que comían, cosas que bebían o cosas que necesitaban calor. Primero fueron los perros”. Aquí ya se adelantan todos los temas y los motivos sobre los que girará la historia del protagonista: el hambre, el abandono, la cosificación, la figura de los padres como constituyente de la personalidad de los hijos.

Como adulto, Iván va a recordar una parte de su infancia y la va a contar como si estuviera ocurriendo en el ahora del que escucha. La temporalidad asume así un rol fundamental: los espectadores pasamos a estar dentro de la obra –lo que está acentuado por la ausencia de escenario–, somos parte de esta como oyentes de la historia que nos refiere este sobreviviente. Pero ese contar es también representar ante nuestros ojos lo que ocurrió en otro tiempo: Iván más grande se pone en la piel del niño que fue. Con una madre que lo descuida y un padrastro alcohólico y golpeador, termina arrojado a la calle, y empieza a buscar un lugar para dormir y algo para comer. Los distintos grupos humanos marginales con los que entabla relaciones no le dan lo que necesita,  pero sí Bielika, una perra que lidera una jauría de perros salvajes. Es ella la que se transformará en una sustituta de la figura materna aun desde su animalidad.

En el nivel argumental, la obra es equiparable, en cierta manera, a los cuentos tradicionales, y puede leerse desde las funciones que Vladimir Propp analiza en estos relatos. Este análisis tiene analogías con el camino del héroe propuesto por Joseph Campbell, quien ve en aquellos metáforas universales del alma humana similares, a su vez, a los arquetipos inconscientes de Carl Jung. Iván y los perros se percibe, entonces, como el camino de un personaje en busca de ese aprendizaje que lo definirá como persona y que le permitirá un crecimiento luego de diferentes obstáculos y pruebas.

Volviendo a la puesta, el sonido es fundamental: se fusiona y se complementa con la narración de Iván; le confiere matices y crea climas; es profundamente emotivo pero no abusa de lo melodramático. Al respecto, Gustavo García Mendy, en una entrevista, explica que la obra era originariamente radiofónica y que luego fue adaptada al formato escénico por la misma autora. La música incidental proviene del piano y de las cajas orientadas al público, en tanto que las voces de personajes que se expresan en ruso, los sonidos ambientales de la naturaleza y los efectos sonoros, provienen de las cajas orientadas hacia el actor: todo esto ubicado a la derecha del espectador.

Por detrás del protagonista, una pantalla gigante reproduce diferentes momentos del día, diferentes estaciones del año, distintos lugares a medida que Iván va narrando. El espacio, además, se amplía hacia arriba y hacia abajo; y esto también tiene un significado especial: esos dos lugares a los que el personaje accede solo una vez necesariamente tienen que estar en otro plano porque representan ambos un cambio conceptual con respecto al espacio donde transcurre casi toda la obra. Desde arriba todo se ve más “limpio”, más puro; descender, a su vez, implica protección, calor, sentido de pertenencia.

La versión original, dirigida y editada por Paul Dodgson, ganó el Tinniswood Award en el 2009. La pieza ha sido traducida en ocho idiomas, y se han realizado producciones en Brasil, Holanda, Grecia, EE. UU. y Georgia.

Hay que tener en cuenta esta versión en El Extranjero: el teatro siempre nos invita a pensar, y nos recuerda, en última instancia, ese existencialismo eterno de sabernos arrojados en el mundo junto con otros en una búsqueda que empieza todos los días.

Más sobre la ficha técnica

Traducción: Alejandro Tantanian; música y operación de sonido en vivo: Gustavo García Mendy y Mariano Stolkiner; diseño de espacio: Mariano Stolkiner; diseño sonoro y música original: Gustavo García Mendy; diseño lumínico: Julio López; diseño de vestuario: Merlina Molina Castaño; diseño de ilustraciones: María Chevalier; diseño y animación en video: Julián Rur; diseño gráfico: Sebastián Ezcurra; fotografía: Guido Piotrkowski; asistente de dirección: Merlina Molina Castaño y Rodrigo Mujico; producción general: El Balcón de Meursault.